Que el tiempo se nos va como el agua, la arena y demás entes metafóricos es rigurosamente cierto. Y que como no empiece a repasar las lecturas francesas del verano, que continúo este otoño, al final no escribiré nada es tan cierto como que el 2013 tampoco saldremos de la crisis. Sus y a ello.
Este año celebraba Francia –que aún no se avergüenza de su historia- el 600 aniversario de Juana de Arco, La Doncella (La Pucelle) de Orléans. Y como yo andaba ensimismado, entre jabalíes y patos, en los bosques de la Sologne, que está a tiro de tren de cercanías, me acerqué a esa ciudad, que no conocía. Volví dos veces más, porque de todos los puertos interiores del Loira es, sin duda, el más hermoso, el más mediterráneo, el más gentil. Pero volví sobre todo por la catedral, monumento monumental, si se me permite la expresión, que aún exhibía las armas y estandartes de los nobles que acompañaron a Jeanne en la más asombrosa aventura individual, religiosa, militar y política de toda la Edad Media europea. La visión de la catedral con el gran óleo sin marco de Juana triunfante y mártir, flotando en la inmensa nave central, producía un efecto pasmoso de calma y fervor. Si no he vuelto a la fe en Orléans, ya sólo me queda la ermita del Tremedal.
Pero como toda la región de la Sologne y los alrededores de Orléans guardan las huellas de su fabulosa cabalgada, me puse a leer la historia, digamos, canónica, de la Pucelle, que es la de Régine Pernoud y M-V. Clin "Jeanne d´Arc". Supongo que hay versión española porque de Pernoud ya se tradujo en los años 70 su obra más famosa: "La mujer en el tiempo de las catedrales", que no he vuelto a leer pero que en su día me encantó. Esta biografía también me ha gustado mucho, pese a algún detalle antibritánico en el prólogo que no tiene mucho sentido. Mais, c´est la France!
Lo esencial es que se basa en los testimonios históricos del juicio y muerte de Juana, recogidos por el afán documental de los perros de la Universidad de París que, para satisfacción del ocupante inglés, la quemaron, mientras el vil Delfín, convertido por ella en rey, no movía un músculo. Esta parte martirial de la biografia jeannesque resulta muy conocida por el cine, en especial por la versión Hollywoodiense que protagonizó Ingrid Bergman –bastante fiel a la historia- y obras maestras como la versión muda de Carl T. Dreyer, con Antonin Artaud en el papel de inquisidor universitario. Pero confieso que me ha interesado más en el libro de Pernoud y Clin la parte en que Jeanne, encomendada a sus voces, se presenta en la corte del Delfín y le dice que quiere un ejército para salvar a Francia y coronarlo en Reims. Estaban los ingleses, dueños de París, a punto de tomar Orléans, llave de toda Francia y de establecer el Reino de las dos coronas, Inglaterra y Francia, que habría cambiado por completo la historia de Europa y del Mundo. Y llega una joven campesina analfabeta a la Corte diciendo que el Rey del Cielo la envía para salvar Francia. Y en un año, en efecto, la salva. Si difícil es la hazaña militar, más aún lo es la odisea política para vencer la burocracia de la Corte y el más elemental sentido común y, al final, conseguir tropas que, en unas pocas batallas, acaban con los ingleses. Ni que decir tiene que el premio es el castigo, el martirio, la pena de la gloria.
La figura de Juana, archidocumentada, es absolutamente conmovedora, pero como bien dice Pernoud, lo más difícil es entender hoy el papel de lo religioso institucional y de lo que genéricamente llamamos sobrenatural en la política. Hoy es inimaginable una historia como la de Juana, no por loca -más loco estaba Hitler y más importante fue Alemania en los años 30 y el III Reich forjado por él que la Francia de la Baja Edad Media- sino por la imposibilidad de pensar lo religioso en el mundo actual. Salvo en los USA, claro está. Pero incluso ahí pierde las elecciones.
Cuando uno visita cualquiera de los pueblos recorridos por Juana La Doncella (nadie le llamó en vida Juana de Arco) alcanza a ver las ruinas, a veces bien conservadas, del castillo, pero para llegar a ellas hay que pasar por debajo de las vías del tren, esperar en los semáforos, comprar entradas y encontrar, al fin, restos materiales harto más humildes, no diré ruines, que los espirituales. Tal vez la Historia, escrita sobre ruinas, no es ni puede ser de otra manera. Pero antes, en Francia, en España, permitía volar más lejos.
(V. Régine Pernoud y M.-V. Clin, Jeanne D´Arc, Pluriel, 2010, 441 págs.)
Siendo penosa, antidemocrática y rabiosamente anticonstitucional la bronca del Rey ayer al Presidente del Gobierno por tener a Wert como ministro y a Wert como ministro del Gobierno de España (cinco horas después, desmentida a medias por la Casa Real) aún fue peor la reedición en papel cuché del Príncipe de Asturias del tomo en rústica de su padre.
Al Rey, despóticamente entrometido, puede excusársele –si es que queda alguien que lo quiera- por el desgaste propio de los años, el peso de su oscura fortuna o las malas compañías, íntimas cuanto onerosas. Pero al Príncipe puede achacársele algo mucho peor: seguir la torcida senda de su padre, que se resume en halagar a la izquierda y el separatismo mientras se preocupa de silenciar a la derecha nacional. El intolerable comportamiento del Rey ayer fue la prueba de que esta corona no merece la Jefatura del Estado. La locuacidad desnortada del Príncipe augura que el futuro Jefe del Estado Español no llevará corona, si ésta es incapaz de conservar la cabeza y de guardarle el respeto debido a la nación.
En los últimos años, por razones de mera prudencia histórica –el ya lejano fracaso de las dos repúblicas- y de razonable precaución nacional –el Rey como último valladar político y militar frente al separatismo- hemos querido mantener la esperanza de que el Príncipe no seguiría el camino de baldosas doradas que su padre transita desde el 23F de 1981 y la llegada del PSOE al Poder en 1982.
Las maneras educadas que suelen mostrar los Príncipes, lejos de la falsa campechanía del Rey, no hacen difícil –aunque siempre no resulte fácil- este trato cortés. Sin embargo, ayer Felipe asumió como propias tan groseras mentiras, tan burda colección de majaderías progres, que comprometió, sin necesidad, a la propia institución cuya continuidad debe asegurar. Si lo que el heredero del Trono quiere mantener es esta Corona que su padre ha convertido en coartada vagamente medieval de una política rabiosamente antinacional, tal vez disfrute del afecto de su familia. Del cargo, le va a resultar dificilísimo.
Mediante la fórmula oscurantista del off the record, es decir, del secretismo a voces y del discreteo indiscreto, el Príncipe dijo ayer, según El País - órgano oficioso de la Zarzuela, corroborado por las agencias y demás medios- que "Cataluña no es un problema". ¿Pero en qué país vive Felipe? Debe de ser el único que no se ha enterado del abierto separatismo catalán, porque hasta su padre firmó hace pocos días en la web de la Casa Real una torpe disquisición sobre galgos y podencos en la que exhibía una cobarde cuanto inútil equidistancia entre españoles y antiespañoles.
Pero el hijo fue ayer aún más lejos que el padre: "Confío más en la Cataluña real que en la espuma que estamos viendo con lo que hacen unos y otros". O sea, que la manifestación por la independencia promovida por la propia Generalidad, el espectáculo secesionista del Nou Camp, la votación en el Parlamento catalán de un referéndum separatista, la aún más apabullante votación en el Parlamento Nacional declarando ilegal ese referéndum, la salida a la calle en el mismo momento en que el Príncipe desvariaba ante los periodistas de decenas de miles de catalanes contra el proyecto separatista de Artur Mas no son manifestaciones de la Cataluña real, ente esquivo, invisible para la mayoría de catalanes y españoles, sólo al alcance intelectual de Don Felipe.
Puesto a meterse en jardines y pisar arenas movedizas, el Príncipe aseguró que hay catalanes que "no encuentran siglas para su opción política". No sé tanto como él de la Cataluña real pero hasta donde sé esos insatisfechos pueden formar el partido que quieran y con las siglas que les dé la gana. En cuanto a opciones políticas, hoy en Cataluña hay dos: independizarse de España o continuar formando parte de ella. "La Casa Real seguirá haciendo lo que hemos hecho siempre", añadió el Príncipe. O sea, nada.
Pero lo peor es eso de "lo que hacen unos y otros". Lo que hacen unos es atacar a España y lo que hacen otros es defenderla. Si al Príncipe de Asturias le parecen actitudes política y moralmente similares, si el heredero del Trono de España piensa que su tarea es mantener la misma distancia con los que atacan y los que defienden esa nación que él debería cuidar, siquiera para reinar en ella, reconozco que me he llevado un chasco. Me equivoqué al pedir que su progenitor, cómplice de Zapatero y Mas en el Estatuto de Cataluña que ha destruido el régimen constitucional, abdicara en un Príncipe libre de ataduras y negocios.
No hay atadura más fuerte que la intelectual ni peor negocio que la obcecación dinástica. Si la abdicación supone la continuidad política y no sólo institucional, puede seguir el Rey atropellando la nación española y protegiendo el naciente Estat Catalá. No será por mucho tiempo ni le queda demasiado al Príncipe para rectificar. Si no lo hace, acaso dentro de poco le sobren horas para pensarlo. Hoy, mi obligación es avisar lealmente, como español, de que una corona sin cabeza acaba siendo, fatalmente, una cabeza sin corona.
Ha querido el destino que Letizia Ortiz, princesa de Asturias, cumpla los 40 años, parteluz y parteaguas de la vida, la misma semana en que España ha iniciado su desguace con la anunciada secesión de Cataluña. Como casi siempre en la periodista asturiana, tan española en sus gracias y desgracias, resulta conmovedora esa forma puntualísima de llegar tarde. Pero el álbum de fotos del aniversario la muestra como centro indiscutible de su familia y puntal de una Corona caediza. No es que el príncipe se deje mandar por esta marimandona sino que, ya que se empeña... Total, no hace mal a nadie.
Algunos critican que las fotos entregadas a todos los medios –por una vez, no usufructuadas por la secta destructiva PRISA, en la que trabajó y sigue abducida Letizia- parecen un reportaje del ¡Hola! ¿Y qué quieren? ¿Que como casi toda la Familia Real parezcan personajes de El Caso? ¿Puede una monarquía constitucional moderna sobrevivir en la opinión pública como huéspedes fijos en la sección de Tribunales y no en la de Sociedad, sea en la tele, la radio, internet o el papel couché? Indiscutiblemente, no. Ahora bien, ¿puede la monarquía española sobrevivir a la desmembración de España? En buena lógica, tampoco. Salvo, quizás, si los príncipes se reinventaran como la negación del Rey y encabezaran la reinvención nacional. Pero de eso no parece capaz el príncipe y si Letizia lo sueña, no se atreverá. Por eso su destino, siendo afortunado, resulta azaroso y triste: porque esta España es una pena.
Hace veinte años, en los Juegos Olímpicos de Barcelona, un Felipe recién salido de la adolescencia desfiló con la bandera española al frente de nuestra selección olímpica. La infanta Elena, emotiva y limitada, lloraba de emoción al verlo tan guapo. Toda la España que quería serlo quedó encantada con aquel chico tan alto, tan alegre, que llevaba la bandera con facilidad de deportista y confianza de propietario. Pero aquella luz completa, mediterránea, ocultaba el Sol de Breda, la fatalidad de todos los ocasos. La víspera de aquella inauguración, otro hereu, el de una dinastía trapisondista que se había enseñoreado de Cataluña y pastoreaba a distancia la Zarzuela, sacaba en el maletero de un coche oficial de la Generalidad que presidía su papá una pancarta con el lema "Freedom for Catalonia", que exhibieron en las narices del Rey, pitado y abucheado por los hijos de sus acompañantes en el palco. De aquellos pitos, estas flautas. De aquellos polvos, estos lodos. La riada que no se quiso encauzar se ha desbordado esta semana, anegándolo todo: bienes, aperos, títulos, legitimidades, labrantíos y coronas.
Pero en 1992, al cumplirse los quinientos años del descubrimiento del Nuevo Mundo, Letizia no era distinta de cualquier otra veinteañera española. Ni siquiera había llegado a América. Tampoco se había casado, ni divorciado, ni comenzado su carrera en la televisión, ni nada. ¿Quién recuerda aquella belleza acelerada? Nadie ha querido hacerlo. Y la que menos interés tendrá es esta mujer que hoy cumple los cuarenta y nos regala unas imágenes que nadie, ni ella misma, pudo soñar: hermosa, poderosa, en un lujoso chalé, con dos preciosas niñas y casada con el heredero de la Corona de España. A su lado, lo de Cenicienta es una broma austrohúngara o monegasca.
Hay dos dones enigmáticos en aquellos a los que el destino parece sonreír: el talento, a veces genio, y la popularidad, capricho de la vulgaridad. Y en estas fotos de Letizia que, hoy por hoy, son su único trono, sobrevuelan ambos confundidos, el del espíritu y el del barro. Vale la pena comentar las imágenes una a una, en el orden que, por alguna razón, ella misma ha elegido.
Elizabeth Gaskell, Cranford, Ed Alba minus
Lo realmente milagroso de la lectura no es descubrir títulos olvidados, autores minusvalorados, géneros dispersos o aventados por la historia. Eso es estupendo, pero no prodigioso. Sabemos que no sabemos de tantísimos libros que hallar alguno para nuestro solaz es jugar al azar pero sobre seguro, como el solitario de Windows: en algún momento tienes que ganar y ganas. El milagro de leer no es descubrir antártidas, sino mediterráneos.
La generación de Dickens, empezando por el propio autor de tantas novelas descubrideras (si se me permite el término), es uno de esos mediterráneos de la literatura universal que, como Cervantes, uno descubre o redescubre cada tanto tiempo, al hilo del tiempo que se nos va. Eso me ha pasado con Cranford, tan popular en Inglaterra que por lo que me dice Rosa Belmonte hasta han hecho una teleserie, que no he visto y no sé si quiero ver.
Se trata de la vida de un pueblecito inglés donde no pasa nada, excepto que se cuenta lo que no pasa. Es un soberbio ejercicio de humildad, una delicia sin demasiado azúcar, algo dulce y amable, casi triste, siempre gentil, que te deja con una sonrisa al terminar, aunque luego te quede la duda de si la sonrisa debería ser melancólica. El prodigio es que vuelves a zambullirte en sus páginas y de nuevo te abandonas a la bondad del escritor, del relatar, que va más allá del relato.
Marilynne Robinson, Gilead, Ed. Galaxia Gutenberg
Lo contrario me pasa con este libro, sin duda meritorio y bien escrito, siglo y medio más tarde. También es la crónica de un pueblecito, esta vez de la llamada América profunda (como si no lo fuera Nueva York), pero en el que no he descubierto nada. Estaría dispuesto a darle un Pulitzer como el que recibió en 2005, pero no a releerlo. No he redescubierto el Atlántico.
Qiu Xialong Visado para Shangai, Ed. Tusquets
Este formidable autor chino en el exilio nos deslumbró con su primera novela, Muerte de una heroína roja, y luego ha ido publicando Tusquets hasta media docena de libros con interés, pero de intensidad decreciente. Pero de pronto sale este Visado para Shangai, que cronológicamente es la segunda de sus novelas aunque, por esa absurda política editorial de alterar el orden de las historias de un personaje central y omnisciente –el detective, que en esta serie se llama Chen Cao– que lógicamente va madurando, para bien o para mal, a lo largo de las distintas historias.
Pues bien, tal vez por ser la segunda de sus complicadas indagaciones, en esta historia vemos lleno de vigor y de encanto literario al comisario Chen, que va de acá para allá y de ayer a hoy, desde el Partido (al que no se le llama Comunista, claro; es EL partido, o sea, el Poder entrevisto por Kafka) a la turbia, insondable realidad social china tras la muerte de Mao, con sus infinitos pecios humanos en la orilla de una playa nunca del todo vacía. Por una vez, la errática costumbre editorial española de alterar el orden de publicación de las series nos beneficia. Es un Chen Cao casi flamante. En lo lírico, mejor incluso que el Adam Dalgliesh de nuestra reina, PD James.
John Verdon, Deja en paz al diablo, Roca Editorial
Ese escombro humano al que, en la tradición norteamericana, debe asemejarse un detective, que aquí se llama David Gurney, está entre retirado y zumbado, renqueante de su último, estresante y mortífero caso. Dicho así puede parecer estúpido o, peor, banal. No lo es porque la novela está muy bien escrita y porque el deambular del escombro por una nueva aventura intransitable está perfectamente dosificado, medido, graduado, en suma, contado. Para el que le guste la novela negra, en general, es una apuesta segura para el verano o cualquier otra estación.
Juan Valera, Asclepigenia, Ediciones 98
Con un prólogo, excelente como suyo, de Andrés Amorós y un epílogo de Azaña, brillante en su final, que recuerdo bien por haberlo incluido en mi antología de Ensayos del malhadado Presidente del Gobierno y de la II República Española (Ed. Alianza Editorial. Bolsillo), texto dialogado o, por decirlo de algún modo, teatralizado, en el que sin duda Azaña se inspiró para su olvidable obra La Corona, estrenada por Margarita Xirgu. Esta pieza del egabrense y elegantísimo Don Juan se estrenó en El Mirlo blanco, teatrillo de los Baroja, y siendo mejor que la del alcalaíno, tras leerla con atención me hallo entre las dos opiniones que según Amorós han discrepado en el juicio a esta brevísima obra: ¿Magnífica o sin interés? Pues, sinceramente, no lo sé. Magnífica no es, pero en cuanto al interés... decídalo el lector.
Willa Cather, Mi enemigo mortal, Ed. Alba minus
Otra que tal. Tengo por Willa Cather el mayor aprecio, creo que es la mejor escritora americana de comienzos del siglo XX después de Edith Warthon y en algunas obras, incluso por delante. Pero este cuento largo onouvelle me deja bastante perplejo. No sé si se me escapa algo o le falta algo para que, como lector, me interese. Supongo que es un mérito sembrar la duda en el lector pero, la verdad, a mí no me hace demasiada gracia. Tal vez al lector o, más probablemente, lectora, le encante. O desprecie tanta sutileza en esa forma de fracaso que también suele llamarse melancolía.
Henry James, Gabrielle de Bergerac, Ed. Impedimenta
He aquí la prueba de que Jane Austen siguió escribiendo después de morir.
Donna Leon, La palabra se hizo carne, Seix Barral
Nunca esta americana instalada en Venecia ha llegado a ser lo que prometía en su primera novela Muerte en La Fénice, publicada hace veinte años. Su comisario Brunetti ha ido alternando historias con interés o fabulaciones sobre lo que en cada momento le interesa a la autora, que no siempre tiene interés. Es el caso. Pero lo que me extraña en este libro, el que no extraña casi nada, es por qué el título original "Beastly things", o sea, "Cosas bestiales", se presenta como "La palabra se hizo carne" y con un subtítulo en portada aún más disparatado: "La avaricia está servida". Supongo que en una autora en mala forma pero con grandes expectativas comerciales, recurrir a claves anticristianas o anticlericales resulta comercial. Alguien explicará alguna vez por qué. El microclima asfixiante barcelonés, tal vez.
Peter Blauner, Luna de Casino, Es Pop Ediciones
En su día me gustó la película Atlantic City, y creo que al autor también, porque recrea muy bien el paisaje de fondo, melancólico y bastante absurdo de la ciudad del juego, cuyo futuro está siempre a merced del juego de las indecisiones políticas y las decisiones mafiosas. Es una novela negra bien escrita y algo posmoderna, con un poco de Ellroy pasado por Paul Auster. No, no tan insoportable. Esta se deja leer y cualquier día dará lugar a una película bastante buena.
A.J. Kazinsky, El último hombre bueno, Ediciones B
Esta es la típica historia que detesto en una novela negra: según la leyenda (relato danés, en este caso) el mundo se salvará gracias a treinta y seis hombres buenos. Bobada notable. Alguien los va matando y al final sólo queda uno. Un detective llamado Niels Betzon se encarga de protegerlo y conjurar el peligro. No sé por qué empecé a leer esta ordinariez, en el sentido literal del término. Pero sí sé por qué la he terminado: es una pieza de relojería, nórdicamente sólida, editorialmente impecable.. Llegas al final.
Georges Flipo, A la comisaria no le gustan los versosy A la comisaria no le gustan los clubs de vacaciones, Ed. El Aleph
Desde las primeras novelas de Fred Vargas (sobre todo El hombre de los círculos azules, la mejor de esa época) no aparecía un autor francés y un detective, en este caso detectiva, tan amable y tan llamado a cierto éxito, no sabemos cuál, cuándo o cuánto. Han salido prácticamente a la vez ambas novelas y sólo puedo decir que las he leído de un tirón y las he olvidado de inmediato. En invierno, tal vez no; pero en verano éste es un sincero elogio..
David Foenkinos, La delicadeza, Ed. Seix Barral
Tengo la impresión de que tras la Era de la Novela Negra llega la de la Novela Rosa. De hecho, en la Novela Negra el elemento amoroso, sea en clave fatalista o, más a menudo, ternurista y genuinamente rosácea, está cada vez más presente, del mismo modo que en la novela policíaca de los años 60 el elemento sexual misógino, machista era omnipresente, ridículo, y hoy resulta sencillamente insoportable. No, no sólo James Bond. Los americanos eran aún más atroces. Y, por supuesto, mucho peores que los dos grandes, Hammet y Chandler, en los que el factor sexual convencional no llega nunca al sexualismo convencional y cretinoide, ese que florece hoy en los periódicos deportivos con ferocidad de adolescencia senescente.
Esta novela, convertida en película a mayor gloria de Audrey Tatou, sigue la estela del escritor exitoso que deviene director y que ha inaugurado en las listas de ventas Federico Moccia, verdadero reinventor de un género, el de la novela rosa, tan popular y de masas leyentes (casi mejor que lectoras) como desatendido fuera del mundo editorial anglosajón, que nunca ha dejado de cuidarlo. Barrunto que en Europa funcionará con esa forma fina de cursilería cuyo secreto guardan en París. La delicadeza es eso, una novelita rosa tan delicada que no nos avergonzamos demasiado de leerla. Además, es breve.
Anna Gavalda, Juntos, nada más, Ed. Seix Barral
Esta, en cambio, es larga A medio camino entre lo que se podría exhibir en una mesa de Les deux magots sobre Le Figaro y lo que habría que esconder en el café Flore bajo Le Monde, lo que más me ha sorprendido es que dure tanto lo que sabes que va a pasar al final. Sin duda esa es una de las claves del éxito comercial de género, igual que la novela negra puede dar mil vueltas a un crimen que, al final, tras infinitas peripecias, queda resuelto.
Marc Lévy, La química secreta de los encuentros, Ed. Planeta
Foenkinos y Gavalda nos llevan, siempre descendiendo, hasta el mayor vendedor de novela rosa del momento. Esta novela es como La pasión turca pero en francés: la prueba industrial de que las fantasías sexuales femeninas son como las masculinas: pocas y recurrentes. Lo del zoco y los perfumes es tan previsible que casi resulta obsceno. Eso sería algo. Atroz.
José Carlos Carmona, Martino y Martina, Ed. Planeta
No me ha costado encontrar al autor español que en la estela de los Moccia y Lévy vende libros rosáceos a porrillo. No sé si por razones biográficas o comerciales –Italia siempre vende mucho en el imaginario femenino- este autor andaluz tiene una peculiaridad, digamos, estilística: escribe en prosa con frases cortas que semejan versos, si tuvieran poesía. Me ha recordado "El Secreto", no sólo por esos trucos para gente poco acostumbrada a leer sino porque el papel de la portada tiene ese tacto de melocotón vagamente obsceno que sin duda conecta con algún centro neuronal entre el sexo y el sentimiento, pasando por lo táctil y lo retráctil. La larga y sinuosa historia entre un profesor de música y su joven alumna sólo tiene un defecto: que no se hiciera como película erótica italiana (clasificada S) en los años 70. Pero seguramente Laura Antonelli era demasiado adulta para esta cosita.
Marie Gray, Ruborízate aún más. Cuentos eróticos, Ed. Entre paréntesis
Estos siete relatos breves constituyen otra variante de la nueva novela rosa: la que se presenta como excitante sexual de tipo hogareño, matrimonial, de pareja que sabe de dónde vienen los niños. Es tan higiénico este brevísimo volumen de cuentos verdes en la estela de "La casa Tallien" que la autora, canadiense ella, se lo dedica a su hijo, para cuando sea mayor y lo entienda. Seguramente, la raza humana habrá perecido para entonces.
Y no, no he leído "Cincuenta grados de Grey". Con Sade, Pierre Louys, Pauline Réage y Elizabeth Mc Neil, entre tantos otros, creo tener una idea general bastante aproximada al sexo con imaginería sadomasoquista, viejo como el mundo y de moda como siempre, hasta en su banalización actual. Lo que nunca he encontrado es un buen ensayo sobre el sexo y la violencia. Si algún lector lo conoce, por favor, notifíquemelo, a cambio de tanto libro.
Feliz verano.
PD. Tres libros de poesía, para no descuidar los orígenes y así llegamos a veinte recomendaciones o advertencias, salvadas todas las distancias.
El primero, de Olvido García Valdés, Lo solo del animal (Tusquets). Tiene versos fulgurantes aunque algunas veces obstruidos por una métrica desesperantemente moderna, premoderna o posmoderna. Innecesariamente dificultosa para mi gusto. Aunque tal vez sea el camino de arena y agua que hay que cernir y cerner para encontrar el oro, que está.
El segundo, Haiku. Antología de poemas japoneses de Stephen Addiss, Fumiko Yamamoto y Akira Yamamoto (Ediciones DOJO). Para empezar a adentrarse en ese mundo o, tal vez, para salir de él. Literatura sin literatura.
Y el tercero, que no último, La Poesía de Fray Luis de León, en la edición de bolsillo de Alianza Editorial o en cualquier otra antología. Es suficiente con que aparezcan estos versos, los primeros de la canción VIII:
Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo,
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,
el amor y la pena...
Etcétera.
Hay libros que el lector puede de inmediato aconsejar o desaconsejar a otros lectores. Sin embargo, hay libros, o, mejor, lecturas que abocan a una experiencia esquizoide, donde lo bueno y lo malo del libro se disocian, pero no son fáciles de separar. En estos últimos meses he leído mucho y de muy diverso pelaje, así que, cumpliendo la tradición pre-veraniega del blog, voy a recomendar lo recomendable y lo que recomendaría evitar si yo hubiera podido hacerlo. Son fichas de lectura, más que críticas, pero espero que animen o disuadan a los lectores de estío, tan propensos a la voracidad.
Lev Tolstói, "La felicidad conyugal". Acantilado
Antes de Ana Karénina, el genio ruso escribió lo que para muchos es un ensayo fallido, para otros una joya y para algunos, entre los que me cuento, ambas cosas. La primera parte, sobre el enamoramiento, es excelente: está perfectamente contada la sorpresa ante los propios sentimientos, la muda y pavorosa incertidumbre, la dicha mareante del sí y el arrobo ensimismado de los enamorados. Hasta ahí, la felicidad conyugal es sólo la forma conyugal de la felicidad. Sin embargo, a mitad del relato, Tólstoi se aburre de los personajes y despacha rápidamente el súbito enfriamiento del amor, inconcreto y difuso, para presentar sin explicación alguna una felicidad que sería la de la conyugalidad, algo así como una feliz renuncia a la felicidad. Vale la pena leerlo –es una nouvelle, breve- por la primera parte y pese a la segunda. Pero puede haber lectores que tengan la decepción al revés.
Maj Sjöwall Per Walöö "La habitación cerrada" RBA
Excelente novela de las diez que escribieron los padres literarios de Mankell, pero está trufada de tales progradas antiamericanas sesenteras que uno duda entre lo reconfortante de una buena historia policíaca y lo decepcionante de una descripción de Occidente sectaria y cretinoide. Pero como Occidente sobrevive, lo decepcionante puede resultar reconfortante.
Joseph Wambaugh "Hollywood moon" Mosaico
En el prólogo de Michael Connelly sobre la novela de Per y Maj se cita como uno de sus grandes fervores a este antiguo policía con un don notable para las descripciones despectivas, casi a lo Baroja. Joseph Wambaugh Relectura tras el prólogo de Michael Connelly a la novela de Maj y Per. Había olvidado el libro y lo volveré a olvidar, lo cual es tal vez sólo la prueba del éxito de un cierto tipo de libro, sólido de estructura, simpático, amable, previsible y largo. La banalidad refrescante, la canción del verano.
Susan Hill "Las distintas guaridas de los hombres". Edhasa
Reconfortante del todo. Es una novela de intriga en la mejor tradición inglesa: femenina, costumbrista con una excelente historia de amor y un paisaje de fondo muy curioso: el curanderismo new age. Puede hacerse algo larga por el temprano destape del criminal (440 sobre 570 pp) y sobra la maldita interpolación con la confesión del asesino, que parecen imponer ahora todas las editoriales. Como suele ir en cursiva, es fácil saltársela.
Dennis Lehane "Coronado" RBA Negra
Cinco relatos y ninguno bueno. "Hasta Gwen", quizá el peor, se convierte en una obra de teatro en dos actos titulada "Coronado", regalo del autor a un hermano actor. Caridad fallida o venganza oculta. No decepcionará a quienes, como yo, consideran que el autor está muy, muy sobrevalorado.
Ann Rosman "El cofre del alma". Salamandra
Esta novísima autora sueca de éxito –que en unos meses será viejísima- no me ha llamado la atención por la historia, muy convencional y en la estela de Camilla Lackberg, sino por las cinco páginas, cinco de minucioso agradecimiento a la gente de su pueblo, donde ella vive y transcurre la acción. Por la foto de la autora, de una ingenuidad alucinada, no me extrañaría que un día sucediera en la idílica ínsula una tragedia de verdad.
Sherwood Anderson "Muchos matrimonios" Gallo Nero
Título estupendo, novela decepcionante. No se atrevió a hacer el relato de un incesto y se quedó en una angina de pecho del viajante de Arthur Miller.
Francis Scott Fitzgerald. "Tres historias en torno a Gatsby". Rey Lear
Reconfortante, estimulante, refrescante, burbujeante: importante.
Francisco García Pavón, "Una semana de lluvia" Rey Lear
Desde que leí en mi adolescencia "Las hermanas coloradas", no había frecuentado los casos de Plinio, celebrado detective de Tomelloso. Falta de madurez por mi parte. Lo soberbio del libro es la recreación de una suerte de castellano arcaico, en su vocabulario que no en su sintaxis, parecido al que se conserva o se conservaba en otras comarcas de la España profunda. La intriga está muy bien temperada y aunque acaso sobran homenajes particulares y algunas páginas dedicadas a la manufactura y cocinado de las gachas, el conjunto es sorprendentemente bueno. O a mí me lo ha parecido.
Andrea Camilleri, "La edad de la duda". Salamandra
Una novela que parece menor pero que es bastante mayor y para mayores. No tan densa de intriga como las habituales de Montalbano pero que se limita a contar una historia de amor o de deseo o simplemente de vejez y melancolía que el personaje contempla al mismo tiempo que el lector. Me ha resultado triste, leve y corta pero no me ha decepcionado en absoluto.
Benjamin Black "Muerte en verano". Alfaguara
Hasta ahora no me habían gustado las novelas policíacas de John Banville, afamado novelista irlandés. Me parecía que estaba demasiado pendiente de recordarnos que él es un autor serio, importante, por encima del género. En esta ocasión, sin embargo, se ha atenido a sus reglas y el resultado es no sólo bueno sino superior. Metáforas e hipérboles, sencillamente, soberbias.
Bernhard Schlink "Mentiras de verano". Anagrama
Siete historias: tres formidables, tres flojas y una, mitad y mitad. Sólo para amantes de los matices, o sea, de la literatura.
(Continuará)
El ensayo de Recarte sobre La salida de la crisis de la España del euro, cuyos cinco capítulos pueden –y deben- consultarse en Libertad Digital, ilustra la complejidad técnica del problema económico que afrontamos, los españoles en particular y los europeos en general. El arbitrismo, que retoña endémicamente en la opinión pública, ha vuelto a popularizar soluciones de café que se resumen en la frase: "eso lo arreglaba yo en 24 horas". Como la alineación de la Selección Nacional de Fútbol, todos tenemos en la cabeza una solución o una escala de soluciones y prioridades para remediar lo que cada día tiene más aspecto de caos abocado a un apocalipsis de bolsillo. Hasta ahí, lo normal, aquí y en todas las sociedades con cierta libertad política. Lo preocupante es cuando la clase dirigente de una sociedad se muestra todavía más despistada que los ciudadanos sobre lo que tiene que hacer. Lo cual no sería grave si se debiera a que tiene mayor información que el común de los ciudadanos sobre la complejidad de la crisis, pero temo que en el caso español se debe a un extravío total en sus funciones, sus obligaciones y sus capacidades. Vamos, que ya no saben por qué ni para qué gobiernan, ni a qué se deben, ni lo que deben ni a quién lo deben.
En las últimas veinticuatro horas se han producido dos declaraciones o, más precisamente, dos actuaciones que muestran, en mi opinión, un estado de ánimo en el Gobierno que además es bastante representativo del de la sociedad española. La primera ha sido la muy importante de Rajoy en Sitges; y la segunda, la muy significativa del portavoz del PP en la Comisión de Exteriores del Congreso, José María Beneyto. Rajoy ha pedido una especie de protectorado fiscal, económico e, inevitablemente, político de la Unión Europea para que la cáscara común evite el estallido del huevo o de la cesta de huevos contra el suelo. Beneyto ha dicho que "la intervención en España no sería tan grave", y aparte de provenir de alguien que tiene la fundada convicción de seguir conservando su empleo, uno de esos miembros de la casta dirigente que probablemente no sería despedido, expresa algo muy parecido a lo manifestado por Rajoy: que reformen ellos.
Por desgracia, no son los únicos que piensan o pueden llegar a pensar lo mismo. Un excelente informe de Pablo R. Suanzes y Javier G. Gallego en el suplemento Mercados del diario El Mundo explica los drásticos ajustes que un control de la economía española desde Bruselas impondría a España. Y, curiosamente, se parecen mucho a los que parte de la sociedad viene pidiendo a nuestros políticos: medio millón de funcionarios menos, recorte radical del gasto público en general, control de las autonomías, con prohibición de duplicidades administrativas, límite claro en la disposición de fondos y jurisdicción igualmente limitada y clara en todos los ámbitos -empresariales, laborales, educativos o sanitarios- que ahora se mueven dentro o fuera de la Ley, según les conviene a los reyezuelos autonómicos.
Pero resulta que esas son las reformas mínimas que se vienen pidiendo al Gobierno, antes del PSOE y ahora del PP, y que el Gobierno es incapaz de acometer, así que es inevitable que cunda la convicción de que tiene que venir Europa a arreglarnos, porque nosotros solos no tenemos arreglo. En el fondo, es la actualización de la célebre frase de Ortega: "España es el problema y Europa la solución". Si situamos el aserto entre la primera y la segunda guerra mundiales, entre el nacimiento del bolchevismo y su reduplicación especular en fascismo y bolchevismo, puede tomarse como disparate casi perfecto. Pero también como propensión castiza a dejar en manos de otros las dificultades o los asuntos desagradables. Todo con tal que nos dejen en paz. Y que nos llegue para pedir otra de gambas.
Pero eso que exageradamente llamamos Europa sólo quiere cobrar. Le da igual que el Estado nacional español se haya echado a perder con el Estado de las Autonomías; le da lo mismo que se politice todavía más la Justicia, le importa un rábano que se refunde el régimen constitucional de 1978, que se reforme la enseñanza o se acabe con la ruina universitaria. Ellos quieren cobrar y hasta otra. El problema es que, por cobardía y vagancia, nos hemos ido quedando sin España y, además, vamos a quedarnos sin Europa, porque una Europa reducida a Cobrador del Frac, de la que no seamos parte sino sobra, no nos sirve de mucho, por no decir para nada. Ni siquiera para salir de la crisis. Sin España, no habrá Europa, porque no seremos siquiera una sola voluntad de pedir. Y con sólo Europa, sea eso lo que sea, no puede haber España.
Lo peor de esta Copa políticamente envenenada de 2012 es que ya la apuramos hasta las heces el 13 de Marzo de 2004. Como entonces, la gran máquina de mentir, la todopoderosa industria del embuste, la empresa de la estafa informativa ha funcionado a todo trapo, convirtiendo a los culpables en inocentes y a los inocentes en culpables, a los buenos en malos y a los malos en buenos, a los terroristas en víctimas y a las víctimas en terroristas. Y como en aquella jornada de reflexión que sólo sirvió para flexionar las normas de la democracia hasta romperlas, de nuevo un hato de periodistas deportivos progres ha hecho el trabajo sucio de los políticos de izquierdas. De nuevo se ha acusado al PP de algo que en realidad estaban padeciendo junto a los españoles de bien. De nuevo se ha hecho con total impunidad. De nuevo se ha hecho con absoluto desprecio de la verdad. De nuevo se ha presentado una visión absoluta y vilmente falsa de España en el extranjero. Y de nuevo la derecha se ha rendido, impotente o ha atacado a la derecha que no se rinde, queriendo comprar el perdón de la titiritería periodiprogre.
Nada ha cambiado, salvo que lo que entonces nos resultaba nuevo, ahora nos resulta repetido. En 2004, el malo era Aznar; en 2012, la mala es Esperanza Aguirre. Entonces, los periodistas futboleros de PRISA llenaron la calle Génova de indignados precocinados; ahora, los mismos periodistas del imperio prisaico o instalados en otros medios han presentado como indefensas víctimas del nacionalismo español a los etarras o proetarras de Amaiur que recibieron como anfitriones en el Parlamento a los separatistas de toda laya y llamaron a las aficiones del Barça y del Athletic a afrentar los símbolos de España. Y a la única que se negó a admitir como normal el abuso permanente de los antiespañoles en la capital de España, Esperanza Aguirre, que pidió que si no se respetaban los símbolos españoles en el Campeonato de España, se jugara el partido a puerta cerrada, la progrez política y periolítica la ha atacado aquí y fuera como la agresora de unos pobres aficionados indefensos que tenían pánico a ir a un partido de fútbol en el irrespirable ambiente de la España nacional. Al final, la diferencia de fondo es esa: la nación. Mientras unos se resisten a la degradación y muerte de España, otros insisten en que pase de "discutida y discutible" a "abatible y abatida", respaldando siempre a los separatistas con pistola o pistoleros.
Ante la repetición de la vileza, el Gobierno del PP con mayoría absoluta de 2012 ha actuado como el Gobierno del PP con mayoría absoluta de 2004. Si el de Aznar no fue capaz de reaccionar ante la máquina de mentir y dejó absolutamente solo al Rajoy aterrado del 13-M por la noche, el de Rajoy se ha apresurado a desautorizar cobardemente a Esperanza Aguirre por decir lo que todos sabíamos que iba a pasar: exactamente lo mismo que había pasado dos años o dos finales antes, con la bronca atronadora de las dos aficiones nacionalistizadas contra los símbolos de España, incluido el Rey.
Aguirre sencillamente había opinado en una pregunta de una entrevista en la radio sobre el llamamiento que desde el Parlamento habían hecho etarras o filoetarras y separatistas dizque democráticos para atacar públicamente a España y sus símbolos. La Presidenta madrileña hizo lo que deberían haber hecho el PP y el PSOE. Pero Gobierno y PP desertaron de su obligación, y el PSOE, por boca de Tomás Gómez, llegó a acusar a Aguirre de "incendiar campos de fútbol". Pasmoso. Si Gómez tuviera talento sería Münzenberg.
Y más pasmoso aún ha sido el destape político de los periodistas dizque deportivos, que primero disimularon la gravedad del llamamiento a insultar a España, luego atacaron a Aguirre por rechazarlo y han acabado diciendo que de pasar algo es culpa de Aguirre, pero que en rigor no ha pasado nada. Las grandes figuras de As y Marca han competido en tergiversación y han cobardeado en tablas desvergonzadamente. Santiago Segurola, la gran figura de Marca, se despachó con un artículo en Italia donde no se sabe qué llama más la atención: el tamaño de la realidad que se oculta o la mentira que burdamente se inventa. Estos son los dos párrafos más destacados:
"El clima previo al partido se ha visto alterado por Esperanza Aguirre, la presidenta de la Comunidad de Madrid y representante del sector más conservador del Partido Popular, en el poder actualmente en España. Aguirre, cuya capacidad demagógica no tiene rivales en el ámbito de la política española, dijo esta semana que la final debería suspenderse, si se producen los habituales silbidos de los aficionados del Athletic y del Barça al himno español. El mismo día en que realizaba estas declaraciones, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid daba permiso para la celebración de una manifestación fascista el mismo día de la final en el centro de la capital española".
"Por todo ello, la final de Copa ha adquirido un color extraordinariamene político. Muchos aficionados del Athletic y del Barça tienen miedo de viajar a Madrid. Creen que no serán bien recibidos y temen al clima de violencia, artificialmente provocado por algunos políticos irresponsables".
Los lectores de La Gazetta dello Sport no son mínimamente informados en este libelo antiperiodistico sobre quién ha empezado a politizar, nada menos que desde el Parlamento, un partido que con los mismos clubes y el mismo trofeo en juego supuso hace dos años la apoteosis de la politización. Lo de que los hinchas vascos viajan con miedo a Madrid sería de broma si los anfitriones de las injurias a España no hubieran sido los que se niegan a condenar los mil asesinatos de ETA, banda terrorista vasca, que, aparte de su solar, ha matado en Madrid más que en cualquier otro lugar de España. Desde hace décadas, si alguna vez se produjo alguno, no ha habido un solo viaje a Bilbao o Barcelona para afrentar ikurriñas o segadors. ¿Cómo se atreve Segurola a presentar así en Italia una realidad tan criminalmente presente en España desde hace décadas, y especialmente en democracia?
Pues atreviéndose. Si la SER se inventó terroristas suicidas el 13-M, ¿por qué no va a inventar este legendario puntal prisaico el miedo de los que tras la llamada de terroristas y separatistas viajan a Madrid a insultar a España? En realidad, lo de Segurola es como lo de Polonia en TV3, que, según cuenta Periodista Digital, sacó a Franco diciéndole a Aguirre que "se pasa de facha". También dice PD que lo de sacar a Franco para linchar a sus enemigos ya lo hizo en 2010 con Intereconomía y en 2006 conmigo, o sea, que Toni Soler, as de la gracieta polonazi subvencionada, se repite. No otro es el primer secreto del éxito nacionalista: repetirse hasta aburrirnos.
El segundo es decir que no pasa nada y que el que diga que pasa, está loco. Alfredo Relaño, tras la manipulación de la pitada al himno en TVE, dice en As: "El himno duró poco, la final también. La organización decidió ofrecer una versión de 27'' de la Marcha Real, ya que no estaba el Rey, aunque sí su heredero. En el campo la pita lo hizo inaudible, pero a las casas llegó, muy por encima de los pitos que, sí, se escuchaban al fondo. Todo muy breve y, entiendo, poco grave."
Claro, abuchear el himno de España en el campeonato de España no es algo que deba parecer grave a los españoles. A los progreñoles de As les parece que lo es poco. Y que se reitere la injuria, menos. Juan Cruz, bardo oficial de las hazañas azulgranas, elogia a las aficiones del Barça y del Atletic, cuyo comportamiento público ha sido la negación del fútbol en favor de la injuria. Yo entiendo a los etarras, no a sus seguratas del PNV o el PSOE y, mucho menos, a los segurolas. Yo comprendo que los enemigos de España tomen Madrid para agredirla, si pueden, Lo que no me cabe en la cabeza es que el defensor de las aficiones bárbaras del Barça y el Athletic, o sea, Juan Cruz, acabe de publicar un libro que se titula "Contra el insulto". ¡Qué cara!
La diferencia, se dirá, entre la Copa de 2012 y el 13-M es que ahora no hay casi doscientos muertos y dos mil mutilados, como en el 11-M. Cierto. Pero el 13-M no fue una máquina de matar sino de engañar. A los vivos y sobre los muertos. Y esa máquina infernal sigue funcionando a la perfección. Lo demuestran todos los periodistas deportivos y, ojo, también políticos que proclaman que lo único importante de la Copa ha sido el fútbol, los dos goles de Pedrito y no la habitual y "poco grave" injuria a España. Pues no. El fútbol no es lo único importante. Ni lo más importante. Ni siquiera algo importante al lado de la libertad y del aire necesario para que respire, que para los que nos consideramos españoles es el de nuestra Nación y sus leyes. Eso de hacer como que no se ve lo que está a la vista es un síndrome muy propio de la España actual, demediada y degradada. Pero no ha nacido en esta Copa de 2012, sino en aquel 13-M que se propuso enterrar en el olvido la masacre del 11-M. Son dos caras de una misma moneda. De las de Judas.
En una nota al comienzo de "La muerte llega a Pemberley" (Bruguera, 2012) PD James cita a Jane Austen, cuya obra más famosa, "Orgullo y prejuicio" prorroga al anglicísimo modo de la novela policíaca. "Que se esparzan ("espacien", prefiere el traductor) otras plumas en la descripción de infamias y desventuras. La mía abandona en cuanto puede esos odiosos temas, impaciente por devolver a todos aquellos que no estén en gran falta un discreto bienestar". La mejor escritora de novelas sentimentales se ve así homenajeada por la mejor escritora de novelas policíacas. Y no se trata sólo de un recurso muy razonable en quien con 91 años a cuestas y tres años para escribir cada una de sus obras –sólo una veintena- no se ve con fuerzas para emprender una novela nueva. Tampoco de quien ha preferido despedirse de las letras y, en cierto modo, de la literatura, rindiendo tributo a su escritora favorita. Yo creo que en la cita de esa nota previa, PD James escribe la novela de esta novela, la razón de fondo que llevó a Austen y le ha llevado a ella misma a cultivar con deslumbrante brillantez un género modesto, si alguno no lo fuera.
Lo que pretende Austen tratando esos odiosos temas de la infamia y la desventura hasta depositar al lector en el discreto bienestar que por sus no graves faltas merece es lo mismo que James, en muchas entrevistas y, sobre todo, en el prólogo a las novelas de Dorothy Sayers (Ed. Blume), ha explicado sobre el fin moral de la novela policíaca: el modesto bienestar de saber que, pese a todas las vilezas y atrocidades del mal, esa noche puede dormir seguro de que el bien ha triunfado. Al menos, esa noche. Al menos, ese libro. Al menos, en los escritores que respetan su género: el amor que triunfa sobre todos los obstáculos; el crimen que es finalmente descubierto y derrotado por los que lo persiguen. Austen no desconoce las dificultades del amor para triunfar (las padeció durante toda su vida) y James no tiene la menor duda de las mil maneras que tiene el mal para apoderarse de la vida más inocente para destruirla. Pero ambas creen en una obligación moral para los escritores y para con los lectores: que en el tiempo suspendido, inconcluso de un libro sepamos el final, aunque no sepamos cómo termina. El amor debe sobrevivir a la pena y a cualquier obstáculo; el policía debe descubrir al asesino y llevarlo ante la Justicia, si evita hacerla por sí mismo. Estamos seguros de ambas cosas porque el género literario nos lo garantiza.
La novela es un género de madurez, no importa a qué edad se escriba, que propende a la piedad, que encuentra en ella el sentido del propio género. En la literatura española, El Lazarillo, El Quijote y Galdós explican la compasión que la vida suscita en los que la quieren ver a fondo, aunque a menudo con un fondo amargo, como fruto intelectual último de lo que el lector puede encontrar en la novela: ejemplo y desengaño. Pero en Lázaro y en Don Quijote la pena domina la aventura, la risa es triste, vivir es un ejercicio melancólico al que nunca acabamos de acostumbrarnos.
En Galdós, el género novelesco que su admirado Dickens edifica, entre otros cimientos, sobre la obra de Austen, nos exime de amargura aunque no nos evita la descripción de la crueldad de vivir, que es siempre más difícil de leer. Y ahí, en los libros, yace una piedad anterior incluso al Quijote: la de un género, el de los libros de caballerías, en el que Alonso Quijano vivía feliz, hasta que no mantuvo los límites de novela y lector, se salió del género y se trastornó. De forma sublime, pero enloqueció. Sólo al final de su vida, que es su novela, Don Quijote se vuelve Alonso Quijano "El Bueno". Y es que la lectura es un consuelo para tantas buenas personas –y no tan buenas, pero personas al fin- a las que les cuesta conciliar el sueño o simplemente vivir, y se refugian en la cura literaria del mal de amor o la lucha contra el poder del Mal en el mundo. Siempre ha sido así, pero pocas veces se ha hecho de forma tan deliberada, tan moralmente consciente como Austen en el XIX y PD James en los siglos XX y XXI.
En "La muerte llega a Pemberley" se advierte, como es lógico, el difícil ensamblaje de una narrativa sentimental clásica con la moderna novela de crímenes. La primera parte del libro se recrea en la primera; en el último capítulo, el del juicio, triunfa la superioridad técnica de la segunda y el talento de su reina, acaso la escritora más grande entre las vivas. Si de Austen me admira su capacidad de emocionar, de James me emociona su capacidad de admirar. También en esta novela y todo lo que ella alberga de literatura para lectores, de piedad para los que buscan en un determinado género literario, rosa o negro, ese consuelo nocturno que nos permite vivir el día.
Esta tarde, como tantos, he vuelto a ver El Guardaespaldas, la película de Lawrence Kasdan protagonizada por Kevin Costner que hizo de Whitney Houston una estrella. Ayer la encontraron muerta en la bañera de un hotel pero todos la consideraban ya perdida o echada a perder desde hace años. No parece fácil encontrar a alguien que, teniéndolo todo, muere tan sin nada. Pero no es difícil encontrarlo entre las estrellas de la canción. De hecho, Whitney ha vivido 21 años más que el selecto Club de las Estrellas Muertas a los 27, en el que ingresó hace sólo unos meses Amy Winehouse. La genial cantante británica se unía a Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Brian Jones y Jim Morrison, entre otros muchos, ya inolvidables. Morir joven y dejar un hermoso cadáver es una garantía para la relativa inmortalidad del mundo del espectáculo. Desde Aquiles en La Ilíada hasta James Dean. Lo triste de la historia de W.H. es que ha vivido casi hasta la cincuentena y la hemos visto arrastrando la imagen y la voz que cautivaron al mundo por "los derribos de los cielos yertos / donde vomitan muerte los borrachos", como escribió otro muerto inmortal. La vimos, con su diógenes a cuestas, acarreando bolsas de basura de la calle a su casa, perdido su corazón por un sujeto del que nadie se acuerda –aunque, si vive, se acordará la televisión– y perdida su cabeza entre curas fallidas de la rehab de la que se reía Amy.
No recordaba que en El Guardaespaldas W.H. fuera una actriz tan horrible. Tampoco que, como tantas veces, la guapa es él: Kevin Costner. Quizás no lo recordaba dando esa exhibición como intérprete, porque él es, en definitiva, un actor, aquí extraordinario; y ella, en cambio, es sólo una estrella, que en la primera parte de la película nos convence sin dificultad de la estupidez abisal de las grandes figuras de su género. Sin embargo, hay algo en la canción de Dolly Parton que Costner se empeñó en que W.H grabara, siquiera para los créditos del film: I will always love you. Y no es posible cantar algo así sin talento, sin gracia, sin magia, sin duende.
Me he pasado el resto de la tarde en You Tube, buscando o encontrando la canción de esa canción, la voz de esa voz, el eco perdurable de esa vida. He aquí tres versiones maravillosas de la compositora Dolly Parton cantando su propia canción, uno de tantos éxitos en la voz de otro.
He aquí a las tres cantantes –su madre Cissy, su tía Dionne Warwick, y su madrina Aretha Franklin– que acunan el talento de W.H.
Porque lo tuvo, aunque en la película que se verá esta noche en todo el mundo nadie podrá advertirlo. Está en esas grabaciones de absurdos programas de TV en las más dispares y sorprendentes compañías.
Y está sobre todo en ese villancico que canta con su madre, y que hoy recordarán las mujeres cantantes de su familia, si alguna pudiera no serlo. Vuelvo al blog –en el que sólo escribiré sobre asuntos no políticos- para recordar la paradoja de las estrellas. Muchas de las que vemos en el cielo se apagaron hace millones de años, pero su luz no ha muerto para nosotros, o sólo con nosotros morirá. Nos maravilla como la memoria de lo ignoto, como el fulgor incomprensible de la vida.
Reconozco que el nuevo Gobierno me tiene boquiabierto o, según la célebre expresión de Dinio, confundido. Ha hecho cosas horribles, como nombrar ministro de Justicia a Gallardón, el tío que más ha humillado y manipulado la Administración de Justicia contra un periodista que, por casualidad, era yo; pero, ojo, no era su primera puñalada desde los juzgados a la libertad de expresión. De hecho, su carrera política comenzó secuestrando dos veces Cambio 16 por publicar que un guardaespaldas de Fraga estaba buscado por pertenecer a la Triple A argentina. Tampoco cabe olvidar las campañas calumniosas de Cobo, o sea, de ARG, contra Aguirre, lo del espionaje de pega, la gestapillo de broma y las traiciones sin gracia a Mariano, como a Aznar antes y siempre, hasta que después de la derrota por la mínima de 2008 Rajoy se gallardonizó o lo fingió. Pero como en El Linchamiento hay muchas páginas dedicadas a esas y otras fechorías, a ellas me remito.
Por supuesto, si Gallardón lo hiciera bien como ministro, es decir, si cambiara por completo, lo aplaudiré, y por tres motivos: en primer lugar, porque nada necesita más España que una Justicia despolitizada e independiente, tarea que sólo puede emprenderse a fondo desde el Gobierno; en segundo lugar, porque a nadie querría parecerme menos que a ese Tiberio de la política y Nerón de la economía; y en tercer lugar, porque sería un placer elogiarlo con motivo y quedar como un señor. Lo tercero y lo segundo me importan poco. Lo primero, todo. Pero, de momento, Ambiciones no me ha permitido el placer de alabarlo. Sea porque Rajoy lo ha sometido a dieta de esclavitud moral, sea por el síndrome de deprivación mediática que aqueja a los pupilos prisaicos, lo único que ha anunciado Gallardón es que pretende que los tribunales funcionen en agosto. Donosa ocurrencia que ha dado para un día de titulares y que no creo que tenga detrás una idea o un proyecto serio. Yo me conformaría con que los juzgados funcionaran mejor diez meses, e incluso ocho, pero, por supuesto, me encantaría ver a la Justicia trabajando doce meses al año y, si es preciso, en turnos de mañana, tarde y noche... Falta que ARG nos diga cómo hacerlo sin multiplicar plantillas y gastos, porque un ministerio no es como un Ayuntamiento, que lo aguanta casi todo. Pero, insisto, si en Justicia, clave de cualquier cambio, Gallardón acierta, lo aplaudiré encantado. ¡Qué digo aplaudir! ¡Lo ovacionaré!
En realidad, estas Navidades he tenido que entrenar en el deporte del elogio. Un día, va y leo que han nombrado Fiscal General del Estado a Eduardo Torres-Dulce, sucesor –y negador– de Cándido (El Malo) Conde Pumpido, que entre sus muchas fechorías perpetró la de perseguir a nuestro cowboy de medianoche. De no leerlo en LD, no creerlo. Pero no ha sido la única grata sorpresa: en Interior, Fernández Díaz ha puesto al frente de la Policía a Ignacio Cosidó, veterano colaborador de LD y látigo de faisanes (al menos –pensé, egoísta– la Fiscalía y la Policía no me perseguirán tanto). Y más aguinaldos: García Margallo, habitual colaborador prisaico, ficha a María Claver, colaboradora de César, para Comunicación y Diplomacia, valga la redundancia. Y además, al que fue hombre de Aznar en Cuba. Más nombramientos dignos de elogio: los equipos de Economía, Hacienda y la Oficina Presupuestaria, por lo que cuentan mis recartes y cabrillos, son de primerísima; por ejemplo, los Nadal. Sólo falta que a José María Marco lo hagan algo Lassalle o Martínez Castro y que el grupo Libertad Digital siga siendo bodega de altos cargos, porque seguro que serán buenos; si no para nosotros, para nuestra amada y arruinada Nación. Y hay cantera de sobra.
Lo que no entiendo de este Gobierno, con gente indeseable pero también con mucha gente respetable, es que haya elegido gobernar poco; y lo poco, contra sus votantes; y además, instalarse en el eclipse informativo. Lo primero y único que ha hecho Rajoy en público es recitar en un minuto y cuarenta segundos el nuevo Gobierno y, según dice la Vice, desaparecer del Congreso cinco semanas. Subir salvajemente los impuestos y no ir a las Cortes para explicarlo me humilla como ciudadano, me ofende como periodista y, sobre desagradable, me parece incomprensible.
El pasado jueves, seguí atentamente la rueda de prensa de la Portavoz y Vicepresidenta Sáenz de Santamaría, que, por acumulación de poder real, es más Vicetodo que cualquier Vice anterior, incluido Alfonso Guerra. Me interesaba, sobre todo, ver cómo explicaba el cambiazo en materia fiscal y económica; y también cómo escenificaba la estructura real de poder en el ámbito de las decisiones económicas. Explicar, no explicó nada, pero escenificar, lo escenificó absolutamente todo. Nunca un Dos se ha parecido tanto a un Uno. Recuérdese que el desvergonzado demagogo sevillano –me refiero esta vez a Guerra– tenía en Miguel Boyer no sólo a un virrey omnipotente en lo económico, sino en el codiciado puesto de hurí favorita del califa González. Ahora bien, cuando estalló la guerra, triunfó lo institucional –la legítima, decía Pedro J.– y Boyer se fue por lo de la Preysler y, sobre todo, porque Felipe no lo hizo Vicepresidente. Sin embargo, Guerra no triunfó del todo, porque nadie puede hacerlo teniendo a un césar por encima y Tigrekán II era mucho césar. Mariano Rubio y Solchaga, con el respaldo de Polanco, mantuvieron la economía a salvo del guerrismo. Y cuando Solchaga se desplomó en la Bolsa de Ibercorp tras arruinarnos en su campaña presidencial, Solbes fue un mero apósito, una simple cataplasma. Cuando se repitió el vendaje pasó lo sépticamente previsible: la herida se infectó. Y así estamos.
Con Aznar llegó Rato, cuyo poder –magnificado en el tiempo– era grande pero no autónomo, porque se limitaba al que le concedía Aznar. Barea primero y Montoro después frenaron la expansión natural de un político nato, o sea, con pocos escrúpulos y mucho talento. Pero, ay, como Solchaga y a lomos de la virtuosa salida de Aznar, financió su campaña presidencial con las reformas que dejó por hacer. Tampoco Aznar estaba ya para otra cosa que levantar su pedestal y bruñir su efigie, así que la economía quedó en las manos a que ha vuelto: las de Montoro. Que, pese a su aspecto de ingenuo profesor, ha acreditado astucia política para enterrar a cualquiera. Temo que a Guindos lo haya enterrado ya.
El problema es que el Santo Temor al Déficit de nuestros bisabuelos liberales, que sin duda padece Montoro, es menos vehemente que el temor a la defenestración. Y como Rajoy ha asumido de hecho la Vicepresidencia Económica, para ocultar el vacío en la despensa ha decidido llenarla de ratones. Ante un problema de tesorería, que es lo más verosímil, ha recurrido a lo más fácil: subir los impuestos directos, sobre el poco trabajo y el escaso capital, más incluso de lo que proponían los comunistas de IU. Malo es que el PP traicione su programa electoral. Horrible es que no crea en lo que en tiempos de Aznar, no tan lejanos y no menos montorizados, ya ha demostrado su eficacia: recortar el gasto público y bajar los impuestos. Sin embargo, uno tiene la impresión de que Montoro actúa como tesorero electoral de Arenas más que como el Don Cicuta del derroche de dinero público en las tres administraciones del Estado, casi todas en manos del PP. Y algo más que la impresión: la convicción de que Rajoy ha decidido pasar a la reserva o eclipsarse por completo sin explicar las razones que le han llevado a cambiar radicalmente su programa económico, que, por otra parte, es el del PP de toda la vida.
Ver un país que, como España, está al borde de la quiebra pero cuya casta política es incapaz de cerrar el infinito despilfarro de las televisiones públicas, pese a haber forjado en los años de ZP un duopolio televisivo que es incompatible con el pluralismo ideológico y la competencia empresarial, deprime a cualquiera. Que ni siquiera cuando perpetran una subida fiscal tan salvaje tengan la urbanidad de explicarla en las Cortes, ofende a todos. Y que la explicación de la Vicepresidenta sea que, puesto que el déficit es mayor que el que decía el PSOE (algo que se ha cansado de repetir el PP), hay que ser más de izquierdas que los de izquierdas y subir los impuestos directos a los ciudadanos –no los indirectos– manteniendo básicamente el gasto público, sólo demuestra que el Gobierno no tiene argumentos para hacer lo que hace, que es deshacer lo que iba a hacer. Y se le votó para eso.
Uno tiene la vieja impresión de que Mariano se aburre de nosotros. Y de Luis de Guindos. Y de su programa. Y de la obligación del Gobierno en un régimen democrático o que aspire a serlo de explicar sus decisiones. El eclipse de un líder omnímodo –el Gobierno demuestra hasta qué punto lo es Rajoy– acrecienta la sensación de Poder y seguramente su disfrute, pero no suple unas decisiones políticas que, además de decorosa y pulcramente democráticas, tienen que ser eficaces. Las que hasta ahora han tomado en Moncloa no son una cosa ni la otra. Son –o parecen– improvisaciones para salir del paso, no pasos en alguna dirección. Salvo, quizás, Despeñaperros. Y no es seguro que lleguen a Bailén.