Junio 2006
19 de Junio de 2006
Una barrera cada vez más impermeable separa a la casta política de la ciudadanía. Se fue blindando en toda Europa a lo largo del último tercio del siglo XX. Hasta llegar a esto de hoy que, en España, toma dimensiones de caricatura. Las reglas del juego son perversas pero claras: yo, ciudadano, os pago un sueldo desmedido, aun a sabiendas de que es todavía más desmedida vuestra incompetencia; a cambio, os conformáis con eso y me dejáis en paz. Es un acuerdo ficticio, por supuesto. Porque el político acaba por imponer siempre, en mayor o menor medida, su interés sin más límite que el que pudiera oponerle una resistencia ciudadana, por desgracia, cada vez más leve. Queda la última trinchera de la resistencia pasiva: la abstención electoral. Es un espectro que avanza en las sociedades europeas. Y que aquí, entre nosotros, parece ya el último refugio para el ciudadano desvalido.
Más de la mitad de los ciudadanos de Cataluña han juzgado a sus políticos lo bastante locos como para ya ni querer saber de su existencia. Y han desertado de las urnas. Pero la casta política es inmune a moral o ridículo. Y la humillante bofetada la deja indiferente. Menos de un tercio del electorado catalán decidió ayer violar la Constitución vigente y hacer saltar por los aires la nación española. Lo escalofriante es que la infinita mayoría que componen los ciudadanos españoles acepte resignadamente guardar silencio. Y rumie su resignación frente a una casta fuera de control ahora, como siempre lo estuvo fuera de decencia.
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6 de Junio de 2006
Para obtener la paz, sólo hace falta rendirse. A eso se reduce todo. A eso se redujo siempre. Aquí y en todas partes. ¿Vale la pena combatir para ser libre? ¿O es mejor ser apaciblemente esclavo? Rajoy vaciló durante meses. Hoy fue claro. Aguardan tiempos malos. Pero es mejor mirar al mal de frente.
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4 de Junio de 2006
El disparate africano. Oleadas de gentes que huyen. Y un gobierno español que afirma querer ejercer como suplencia de los inexistentes Estados del África Negra. Pero eso tiene un nombre. De onerosa tradición. Colonialismo. Y un arquetipo, la Bélgica del rey Leopoldo, exterminando a todo indígena que se cruzara en sus designios. Y un monumento literario:
El corazón de las tinieblas. Conrad hace, allí, que su mitológico Kurz dé todas sus ilusiones ilustradas por cerradas en una sola certeza: "¡El horror!" El horror. Ahora.
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