Los socialistas españoles, el último despojo intelectual del postmarxismo del 68 (que ya es caer bajo), han decidido que eso de que cada uno practique la religión que le dé la gana y que actúe en la vida pública en consecuencia, es un exceso de libertinaje que conviene extirpar de raíz.
Y como los españoles no tienen en estos momentos ningún problema significativo, el consejo de ministros con menor coeficiente intelectual de la historia mundial va a regular el asunto este de la libertad religiosa. La cuestión es prohibir cualquier moral ajena a la moral del estado socialista, única forma de que alguien tan mediocre como ZP y sus chic@s se eternicen en el poder.
La Iglesia Católica comenzó a educar a las jóvenes generaciones mucho antes de que el Estado hubiera pensado en que eso podría ser algún día una función suya. Desde los años 20 del pasado siglo, la izquierda comprendió que la mejor forma de ocupar el poder por métodos pacíficos era ocupar la enseñanza para imponer a las jóvenes generaciones su agenda política. Atención al proceso que se ha seguido por el estado porque es muy interesante:
Primero instauró la educación pública, después intentó prohibir por la fuerza la educación privada (católica en su mayor parte, sobre todo en España), pero como el invento no resultó como se preveía y sus inspiradores acabaron cruzando los Pirineos un poco desmejorados, la solución (la "solución final") ha sido hacerle a las instituciones católicas una agobiante competencia desleal, limitando hasta lo insignificante el derecho de los padres a elegir el tipo de educación de sus hijos. Por cierto, precepto constitucional este último que, si bien la izquierda tuvo que aceptarlo a regañadientes durante la transición, ha acabado convirtiéndose en papel mojado... que es lo que siempre quiso el socialismo.
Pero a Sor Mari Tere, cuyo aspecto de madre ursulina con problemas de tracto intestinal es cada vez más preocupante, todo esto no le parece suficiente, así que ha prometido regular la libertar religiosa, lo que viniendo de un equipo de sectarios como el que nos gobierna puede tener un resultado antológico.
¿Obligarán a nuestros niños a estudiar el Islam como fuente de respeto a los derechos humanos? ¿Les enseñarán a experimentar con la homosexualidad? (un momento, un momento, esto ya lo están haciendo) ¿o les explicarán que los que no voten de mayores a la izquierda irán a un infierno laico donde no tendrán hachís ni videoconsolas? Con la Madre Maritere y su capellán zejatero cualquier cosa es más que probable.
Si el próximo congreso nacional del PP de Valencia va a ser un congreso "a la búlgara", entonces debo decir que he visitado bulgaria al menos en un par de ocasiones ya, y no lo sabía hasta ahora. Y no era con Rajoy de candidato, sino con Aznar. Y tampoco era con el Aznar de la segunda legislatura, cuando presuntamente se convirtió en faraón autista afectado por el "mal de Moncloa". No. Era antes. Mucho antes. Sí, sí, justo, cuando Aznar era "el dialogante" porque o bien no tenía suficiente mayoría o bien ni siquiera la había conseguido por entonces, ni poca mayoría ni mucha. De hecho, creo recordar que jamás he estado en ningún congreso del PP post refundación, es decir, del PP, que no haya sido "a la búlgara". A la búlgara en el mejor de los casos. A la albanesa en el peor.
¿Que cuál es la diferencia entre un congreso a la búlgara y un congreso a la albanesa? Pues la misma distancia que hay entre un aplauso búlgaro y una votación "alla maniera" de Tirana, Hoxoniense (de Enver Hoxa, no oxoniense sin "h", que es otra cosa, o sea, de Oxford). Un aplauso búlgaro, si no estoy equivocado en mis evocaciones de la política de más allá del muro, aunque ya hace algunos años de aquello, era un aplauso con "mucha unanimidad", por utilizar la afortunada expresión del presidente del comité organizador del congreso PP de Valencia, Ramón Luis Valcárcel. Tanta unanimidad había en el aplauso búlgaro, que era un "muro de sonido" que no lo hubiese mejorado ni el productor Phil Spector con las Ronettes. Había más aplauso que manos de "apparatchikis" presentes. En cambio, una votación a la albanesa es una votación donde al contabilizar los sufragios se dan cuenta que hay más votos emitidos que votantes, y más votantes que personas en el censo, y más personas en el censo que personas vivas. O sea, una votación que ya la llevan echa de casa. Bueno, pues ésa es exactamente la impresión que me han dado hasta ahora todos los congresos nacionales del PP a los que he tenido la suerte de asistir y la desgracia de comentar para diversos medios. El candidato único era Aznar. Pero la política única que allí teóricamente se votaba era tan poca política que nunca supe si a lo que había asistido era un congreso de un partido o una convención dominical y eucarística de jabones "amway".
La única diferencia, si acaso, de aquellos congresos aznarinos con el congreso de Rajoy, al que van a aclamar, por una cantidad exorbitante de unanimidad, más compromisarios del PP de los que hay contabiizados, es que en los de Aznar se vendían, en los tambalillos de la planta baja del parque ferial de Madrid, raquetas de pádel con la gaviota, y no recurdo si también esos pelos sobrantes del bigote que, conforme pasaban los años, los asesores de imagen iban arrancando a la cera del labio superior de Aznar. En lo demás, idéntico un congreso que los otros. El PP, para bien o para peor, no se ha hecho búlgaro ahora. Yo creo que lleva en ello más años que Hristo Stoichkov.
La homilía dominical de Pedro Jota tenía ayer un interés especial por su agudo comentario en torno a la celebración del dos de mayo por parte del gobierno socialista.
En efecto, regalar el librito de Artola a los periodistas, como hizo M.T. Fernández etcétera la semana pasada, es como si el presidente del Barça regalara a sus socios la enciclopedia de grandes hazañas del Real Madrid, o sea, una chorrada.
El problema de la vice es que comparte con su jefe una ignorancia insondable sobre la historia contemporánea española. Al parecer, ambos piensan, y con ellos el PSOE en pleno, que la guerra de la independencia fue un conflicto entre los progresistas (afrancesados, partidarios de Napoleón) y los reaccionarios (curas y gente inculta, partidarios de los borbones). Es un nuevo ejemplo de interpretación de la Historia en clave de la lucha de clases, pero más tosco de lo habitual.
La realidad es que los afrancesados no eran de izquierdas, como pretenden los zetajeros, aunque sólo sea por el simple hecho de que el concepto de izquierda política no estaba ni siquiera esbozado en nuestro siglo XVIII.
Entre los afrancesados predominaban los funcionarios obligados a "afrancesarse" bajo la amenaza de perder el puesto, y cierta oligarquía oportunista que se arrimó a las ascuas bonapartinas pensando que la victoria francesa era inevitable. Aún más, cuando el ejército francés fue finalmente rechazado, casi todos volvieron poco a poco del exilio, disculpando su pasado bonapartista con el expediente de que era la única forma posible de no entregar todo el poder a un gobierno extranjero (una de las tesis del libro de Artola). Por otra parte, hubo un gran número de ilustrados preminentes que rechazó aceptar la constitución de Bayona y entrar a formar parte del gobierno afrancesado. ¿Ha oído la vicepresidenta hablar de Jovellanos? Por supuesto que no. Ni falta que le hace.
Pero yo quiero ir más allá y traer a colación otro elemento estructural que explica el neoafrancesamiento de nuestros socialistas. La guerra contra Napoleón fue un fenómeno patriótico, en que el bajo clero y la gente humilde defendió la integridad de la Nación española frente al invasor.
Si nuestros gobernantes actuales no creen en la nación española y eso del patriotismo les parece nada más que un residuo franquista, se entiende perfectamente que traicionen la memoria de sus antepasados situándose en el bando antipatriota doscientos años después de la gesta. En eso, la vice y su jefe son perfectamente coherentes.
Al parecer, Rajoy se ha dado cuenta de que a Soraya Sáenz de Santamaría la pones debajo de un edificio en llamas y te salva ella sola a toda la gente que se tira por las ventanas, sobre todo si no son de su partido. La colocas al pie del campanario de Manganeses de la Polvorosa, le arrojan encima la famosa cabra y la cabra se salva de estrellarse contra los lugareños porque Soraya no es que políticamente sea blanda, sino que es como la lona de los bomberos. Así que Mariano, al parecer, busca un perfil más duro para sus vicepresidencias del partido, más que nada para mantener las formas y que su partido no se fusione de momento, por razones de Estado, con el PSOE, que para hacer de PDNI ("el pedín", como lo llamaban los viejos comunistas) siempre habrá tiempo.
Se habla para mi sorpresa de Javier Arenas, que, hombre, lo que tiene más duro es la dermis y la epidermis a la hora de mantener ante los periodistas, con la misma convicción, una tesis y su contraria, y su contraria y otra vez la tesis, según toque, o de Michavila, quien demostró bien demostrado que se pueden encender fósforos en su mejilla recién afeitada en aquellos pasteleos suicidas que se llevó el Gobierno de Aznar con los comisionados socialistas y cuyas consecuencias nefastas para el Sistema de división de poderes estamos pagando ahora. ¿Ésos son los tipos más duros que tiene el PP? ¿Ésos son los Josey Wales de El fuera de la ley que le van a quitar el papel a Clint Eastwood porque ellos escupen gargajos de tabaco líquido a la pechera de los tahúres y los vendedores de crecepelo más lejos, más fuertes y más negros? Pero si la postura más dura en que le han pillado públicamente a Arenas es haciéndose limpiar los zapatos en Sevilla, porque pertenece a esa "cultura andaluza del zapato límpio" (Antonio Burgos dixit) que a mí particularmente me resulta muy humillante de ver, no ya por el "limpia", sino sobre todo por el limpiado.
Alguien más duro tendrá por ahí el PP, digo yo. Alguien que no sepa hacerse el nudo de corbata Windsor (¿o es Wilson?), que lo más aventurado que se eche al estómago no sean los sandwiches de Rodilla o que al irse de vacaciones exóticas no lo hagan a Cancún y con la pulserita, como el resto de oficinistas. ¿Por qué no han pensado, por un poner, en el diputado cartagenero Andrés Ayala (el que fue y supongo es todavía paragüero de Federico Trillo)? A Ayala yo le ví una vez un inquietante parecido con el crudelísimo fiscal turco de El expreso de medianoche pero desde que públicamente se zarandea y se insulta con decanos del colegio de ingenieros, incidente del que son testigos los consejeros del Gobierno murciano de Valcárcel, resulta que ha acabado pareciéndose mucho más, yo diría que todo más (excepto el litro diario de gomina en el pelo propia de las caricaturas fachosas de tele progre, a Mauricio Colmenero, de la teleserie Aída), el que pretenden trasunto de Aznar época castellanoleonesa trufada con su segunda legislatura. Eso sí es un duro para Rajoy, aunque sea de guardarropía.
Los niños es lo que ven en casa. El juez Salvador Calero, hijo de Juan Ramón Calero, el que fuera portavoz protolassalliano o antesorayano (o sea, derecha colectivista y con ecos de los años treinta disfrazada de "liberalismo social", una imaginativa fórmula que hubiese firmado firme el ademán hasta José Antonio, que sentía por el liberalismo una pasión pareja a la que tenía con el comunismo) de los populares en el Congreso, ha intentado llegar como togado a donde no pudo llegar su papá en vida política. A vengarse del hoy presidente murciano Valcárcel, que acabó con la era de su papá, dándole una patada pero en el culo del pepero alcalde de Torre Pacheco. Y aunque sea aliándose con el comando de zapadores de la Secta, o sea, el ministro Bermejo, los fiscales del callejón oscuro y demás anticorrupciones esencialmente corruptas. Ha tenido un mes en la cárcel al alcalde de Torre Pacheco, por la valoración de una permuta de terrenos que, con los datos que ha dado en la prensa la propia señoría (por la boca muere el juez), fue, no ya correcta, sino exquisita de más. Un mes de cárcel por una cuestión técnica municipal que además resulta que, insisto, por lo que ha declarado el noble por oposición, estaba bien hecha. El fiscal anticorrupción, ese órgano siniestro que ve las cagadas de mosca en el ojo ajeno y no la gusanera de la podre en el propio, pretendía además que el burgomaestre pachequero estuviera en la cárcel hasta que las ranas criaran pelo. También todos los demás de la chupipandi, incluido el juez Calero, el niño que hace lo que ha visto en casa. La Audiencia provincial de Murcia ha sacado de la cárcel al alcalde, y sin fianza. La prensa añade que "la Audiencia respalda la actuación que han seguido el juez y la fiscalía". Precisamente al contrario. Si por la chupipandi zapadora y zetajera fuese, el presunto inocente señor García Madrid no saldría de la trena antes que el señor Charles Manson, de la familia Manson de toda la vida. Bofetada judicial, pues, a la bermejada piafante. Con el poco encaje que tiene Bermejo (quien insulta "ad mulierem" a las periodistas de la región que le preguntan un poquito), se espera que vuelva a la carga con los de la UCO del coronel Hernando, pero esta vez montados en tanquetas de la Brunete. Por abusar de autoridad y de las leyes no va a ser.
El "liberalismo social" esbozado recientemente por Doña Soraya, debe ser el responsable de la decisión de la junta castellano-leonesa de enviar a los colegios el cuento en el que se instruye a los niños sobre el rico mosaico de la familia posmoderna. La protagonista del cuento tiene una mamá y una mani, como Dios manda, en lugar de una mami y un papi como venía siendo tradicional.
Los socialistas (de todos los partidos) tienen un grave problema y es que cuando sus deseos chocan con la realidad, lo que ocurre siempre, en lugar de cambiar de opinión niegan la existencia de lo real.
En su mentalidad primaria, no reconocen que el ser humano se organiza socialmente de una determinada manera, no porque lo digan los curas ni porque nos obligara Franco, sino porque la tendencia natural de todo hombre y mujer es conducirse instintivamente de una determinada forma y no de otra.
Es lo que los liberales clásicos definen como "el orden natural" y los conservadores como "la tradición".
La sociedad humana necesita la existencia de unas cuantas instituciones, sin cuyo adecuado funcionamiento el progreso no es posible. Básicamente estamos hablando de la propiedad privada como base de la libertad, el libre intercambio del fruto del esfuerzo personal como forma de organización económica y la familia como célula de organización social.
Ninguna de estas tres instituciones básicas fueron inventadas por un sanedrín de sabios, reunidos en una cueva del Neolítico, sino que responden a la tendencia natural del ser humano en tanto es un ser racional.
Los socialistas (de todos los partidos) intentan socavar estas tres instituciones, pues la única manera de someter al individuo es despojarlo de las herramientas que le hacen libre.
El caso de la ofensiva contra la familia tradicional responde exactamente a este objetivo, igual que ocurre con la supeditación de la propiedad privada al llamado "interes social(ista)" o las cada vez mayores coacciones de los gobiernos contra la libertad del individuo para intercambiar bienes y servicios con sus semejantes.
El socialismo actúa así como un agente descivilizador, un elemento reaccionario que busca despojarnos de las herramientas analíticas necesarias para defender nuestra libertad individual.
Por eso, no importa que el consejero del ramo considere positivo inculcar a los niños la belleza de las relaciones homosexuales. Lo que debería pensar, si es que acostumbra a realizar ese ejercicio de vez en cuando, es que cuando la derecha hace dejación de su principal función, que no es otra sino proteger, defender y salvaguardar las instituciones que nos hacen libres, está haciéndole el trabajo sucio a su rival político.
Pero eso sí, el político que adopta ese perfil queda de un progre inmaculado. Su enemigo jamás le concederá el salvaconducto de demócrata-progresista, pero a algunos le basta con vivir esa ficción.
Que les aproveche.
No ha habido en Murcia un intento serio de regionalismo desde que un político recientemente fallecido propuso el nombre de "región frutalense", en aquellas fechas previas al estatuto de autonomía, cuando los murcianos no sabían lo que eran ni qué querían llegar a ser pero sí cómo se querían llamar. De esos días acá, el regionalismo ha ido de peor en mucho peor. Nunca ha existido en Murcia un partido regionalista que alcanzase siquiera a pagar el alquiler de su sede en sus edificios de renta antigua y sin ascensor. En Cartagena había unos que se llamaban "partido cantonal", unos vanguardistas cachondos que se basaban para su inspiración política en las volutas de habano de casino del siglo XIX. Pero una vez llegaron al poder en el Consistorio de la ciudad departamental y dejaron las arcas munícipes y nictálopes a buenas noches nos dé Dios, siendo más difícil recuperar lo desaparecido que lo que jamás pagaron a los bancos los de la operación del reformismo de Miquel Roca.
El regionalismo, en Murcia, ha sido una mera excusa normalmente para dirimir navajeos de comunidad de vecinos, el pequeño y espeso ajuste de cuentas entre unas castas desalojadas del poder contra la casta concreta que en ese momento sí disfrutaba del poder. Nada de extraño que el regionalismo haya venido teniendo mala fama y peor pelaje en esta comunidad autónoma uniprovincial desde que se desgajó de Albacete y el término meteorológico/franquista de "sureste español" se quedase para publicidad pintada a brocha en las viejas tapias de carreteras secundarias, normalmente anunciando marcas de pienso para cerdos o guano de alcatraces para abonar lechugas. Nunca ha existido un regionalismo que no consistiera en un qúitate tú que me pongo yo. El presidente Valcárcel, a quien llaman "barón territorial" para su indignación, en la campaña de estas últimas elecciones dijo que se consideraba "más murciano que del PP, pero más español que murciano". Valcárcel, o la época de moderado desarrollo que ha transcurrido desde que llegó hace catorce años al poder, ha devuelto incuestionablemente a los murcianos el orgullo de identificar su todavía modesto origen por ahí afuera, cosa que antes, en los años de plomo del franquismo y su continuación asfixiante del socialismo no existía en absoluto.
Pero el Gobierno de Rodríguez Zapatero ha ido mucho más lejos, involuntariamente. No es que haya devuelto, sino que ha resucitado el regionalismo murciano de donde no estuvo nunca (porque no existió jamás), de entre los muertos. Y más que regionalismo, un "sinn feinn" de la panocha, un "nosotros mismos" que ve que de Madrid no se puede esperar nada, porque cuando te lo dan llegan los otros y te lo quitan. La primera y depredadora legislatura de Z con la región ha dado aire a esos tipos que iban diciendo que la morcilla de sangre con cebolla de Murcia es "lo mejón que hay". La primera legislatura de Z ha provocado el hartazgo hacia la centralidad de una región sometida al asedio medieval por parte de las instituciones de la nación. De momento el naciente regionalismo murciano está contenido dentro de los límites del PP. De momento. Cuando no le sirva el PP porque éste se revele como lo que no ha sido nunca ideológicamente (cosa que corre el peligro de ocurrir), ya veremos qué pasa. Pero es innegable que ha surgido la idea, todavía confusa, de fundar una especie de autosuficiencia regional que no dependa de la abusiva, cuando no escandalosa, política de "ducha escocesa" que lleva a cabo el Gobierno central, ora esté en manos de los amigos (en realidad, demasiado poco amigos para lo que deberían), ora de los enemigos. El propósito declarado de llegar a pagar, si hiciese falta, un trasvase desde el Ebro o incluso desde Francia íntegramente a cargo de manos privadas es sólo un síntoma de ese profundo resquemor contra las instituciones del país que está cogiendo cuerpo en un, aunque parezca paradójico, separatismo murcianístico de raiz españolista que pretende cerrar fronteras o, todo lo más, servir de pasillo hacia el mar a los españoles no murcianos que deseen seguir siéndolo, españoles, digo.
Y también late de fondo, reconozcámoslo, un pesimismo radical sobre que las cosas puedan cambiar en España a medio plazo, sobre que la manera de gobernar del Pasmo de Valladolid no cree contagiosa escuela, tanto si tras las próximas elecciones manda el PSOE como si lo hace el nuevo PP de Feijoo, Lassalle, Gallardón y demás. Murcia, nación. Por española, pero nación. Es el gran legado de Zapatero a Murcia, precisamente el que no nos hacía falta.
La otra noche acudí a los premios de poesía "Los Odres" en su primera edición, que prometen ser una referencia prestigiosa, de gran dotación económica y de alcance internacional. Están patrocinados por la fundación López Rejas, vinculada al ladrillo, como casi todo en la estructura productiva española. Por allí andaban desde el académico Gregorio Salvador al cofrade del liberalismo espantado por lo que estamos viendo y oyendo Horacio Vázquez-Rial, o la escritora Dionisia García acompañada de su esposo notario, poseedor de esa sensatez propia de los tiempos en que los hombres eran distinguibles unos de otros y no parecían de molde. A más de una recalcuza de gentes mucho menos respetables y vestidas de color antracita (no falla: o es atavío de Armand Basi, el estilista de Esquerra, o es de mercadillo), cristobitas de la rapsodia que viven de las administraciones del PSOE pero cobran primero de las del PP, que se dan más prisa.
Conforme envejezco y me entero de más cosas (recuérdese aquello de que el conocimiento no hace más tolerante, sino menos) me parece más abominable la idea de sentarme a cenar con un sector o género que supera la impaciencia que me producen los periodistas, y es el de los culturetas. Monté un pequeño pollo público con un ministro periférico de la Kultur, del que por cierto me considero amigo en cuanto se despoje del personaje de exquisito oficial y vuelva a bajarse del "audi" de la consejería, si es que alguna vez lo hace, y a quien siempre he apoyado desde que era pequeñito (él). "Yo es que soy partidario de que el partido viaje al centro", decía el don ministro periférico. "¿Qué viaje es ese? Todo lo que no es liberal o conservador dentro de la derecha es totalitarismo falangista, es decir, socialista; perdona, es que soy un señor muy antiguo que me quedé en el parlamentarismo inglés de los "pelucones" y los "tories", y esto de los experimentos en España no sé de qué va". "Bueno, yo siempre he sido un liberal con matices". Los "matices" deben consistir en recibir en la consejería nada más que a ésos "performancios", todos zapateristas como su propio nombre indica, que expiden oficiosamente el carné de ingenioso y las credenciales de ocurrente, pagados por el PP con auténticos perús procedentes del dinero público de quienes abrumadoramente no les han votado. Para que no quede duda, le he pedido expresamente al ministro periférico de la Kultur que por favor no me compre con ninguna subvención, bufanda ni nada, que yo seguiré ahí para echarle una mano el día en que sus "agradecidos" y supermillonarios culturetas de hoy estén echándola paladas sobre su ataúd político. Viajar al centro. Viaje con nosotros, si quiere gozar. Un "nosotros" que nos está dejando de incluir, de propósito, a demasiada gente. Como cantaba el primer y añoradísimo Gurruchaga, antes de ser abducido por el PSOE: "Y disfrute de todo al pasar, y disfrute de las hermosas historias que les vamos a contar". Más bien historietas, y de las que son para no dormir. Como esa de los socialdemócratas en el PP.
Mi ministro periférico de Kultur me dio la velada y finalmente la cena. Como que me marché tras el pescado y sin esperar a que sirvieran la carne, sintiéndome indispuesto ideológicamente por una mala digestión de lípidos "populares" transgénicos. Me imagino que los libros de poesía premiados, dado que han sido comisariados por el catedrático de literatura por el plan antiguo e ideólogo para una nueva educación en España Javier Orrico, serán excelentes, los criterios de selección serios y los galardones llamados a ser los más apetecibles de España tras el "Planeta". Pero, por comparanza, casi estoy tentado para otra vez de aceptar cenas con periodistas retestinados de los que arreglan el mundo cada mañana (bueno, no mañana, sobremesa, cuando se pasa la resaca), que por lo menos me dejan llegar a los postres. Qué melancolía, qué inmensa melancolía.
Un alto cargo del PP me dijo una vez lo siguiente: "He oído que dicen ahora en el partido que tenemos que ser liberales, ¿qué es eso de liberal? Yo no soy liberal porque para ser liberal hay que ser rico, como Rato". Qué nivel, Maribel. Eso es lo que se cuece fuera de los contornos exquisitos de la FAES, y la razón inexcusable de su fundación hace pocos años. De hecho, cuando Juan Ramón Calero, espídico portavoz PP en el Congreso de los Diputados (espídico por "Speedy Gonzales", o sea, por lo visto y no visto en el cargo, que no por patología) dejó el PP para fundar el PADE, lo intituló "gente de principios", porque, según él, el PP los había abandonado. O sea, tipos de fundamentos. Y no precisamente liberales.
Lo más liberaloide que yo le he oído a Juan Ramón Calero fue cuando, siendo aún mandamás del PP, telefoneó en el ferragosto estando vacía la ciudad y a deshoras de la noche a casa de mis papás pidiendo a un amigo mío de entonces, Julián Martínez-Iglesias de Torres, mero conocido de una vecina suya, que le fuera a cerrar la puerta de su Palacete de Vinader, do moraba, porque no recordaba si se la había dejado abierta y no tenía en toda Murcia a nadie que quisiera cumplir su orden. Aunque ahora que lo estoy pensando a lo mejor eso de llamar a deshora a las casas tampoco debemos tenerlo por liberal, y deja entrever la cantidad de militantes del PP que estaban entusiasmados por hacerle la merced.
Va a tener razón Mariano Rajoy cuando se pone a rajar por mitad de la barba y coge, agarra, va en Elche y dice que liberales, lo que se dice liberales, son veinticinco personas en Madrid, y me creo que aún se queda largo. El "novísimo" poeta José María Álvarez rebajaba la cantidad a siete u ocho, pero en todo el mundo, considerándose uno de ellos. Pero uno creía que la ideología liberal, contuberniada con la conservadora, era el metro de platino iridiado del PP, la unidad de medida, como si dijésemos, de cualquiera que deseara saber por qué el PP se presenta a las elecciones para ganarle al PSOE, es decir, contra el PSOE, y por contra no se vuelve soluble en este partido. Si liberales hay veinticinco tirando muy por lo alto, como estima generosamente Rajoy, yo pensaba que liberalconservadores en cambio eran buena parte de esos millones que votan al PP en España, siendo que los democristianos, esos cristianos raritos, se comieron primero a los leones y luego se devoraron entre ellos o se fueron a perder elecciones como el profesional de eso Javier Arenas, los socialcristianos están demasiado ocupados dando clases de marxismo revolucionario como para ir a votar y los socialdemócratas, desconfiando de la copia, votan al PSOE tapándose la nariz con una mano y con la otra poniéndola "a la egipcia" a ver si les cae algo.
Pero las "nuevas formas" en el PP anuncian ahora que no, que hemos cometido un trágico error. Según Rajoy, el PP es un partido "popular", como si eso pudiese ser una ideología, y en él no sobra ni un socialdemócrata, aunque sí todos los liberales y conservadores que lo deseen. Ya decía yo que el problema del PP es que todos estos años me ha venido pareciendo que hay poquísima gente afín al PP en los cargos del PP. No sabía hasta qué punto acertaba con mi intuición sólo aparentemente paradójica y contradictoria. Como que lo próximo que nos revelará el sorprendente Rajoy (a quien sigo queriendo y apoyando, porque ocho malos años los tiene cualquiera, ya lo decía Camba: hay milenios en que uno no está para nada) es que en el PP son de otro partido que no tiene nada que ver. ¿Hay salvación para los que no nos resignamos? Porque para reciclarnos en el marxismo revolucionario de la iglesia afín al frente Farabundo Martí ya a algunos nos pilla algo mayores.
Así que el partido popular es un excelente refugio socialdemócrata, y si alguien sobra es el elemento conservador y liberal, al que gustosamente acaba usted de indicarle el camino a la puerta. Hombre D. Mariano, esto se avisa.
Fíjese que yo no voté en las pasadas elecciones a Rosa Díez porque su partido es señaladamente socialdemócrata, y yo no comparto ni el papel preponderante que atribuye al estado ni su visión sobre el orden social y económico que debe regir a un país para aumentar el bienestar de sus ciudadanos.
Que los dirigentes del PP son socialdemócratas, al contrario que su base social, era algo conocido. Pero muchos pensábamos que se trataba de una mera estrategia de imagen diseñada por Arriola a efectos de márketing electoral. Es cierto que el programa del partido popular no era un canto a la revolución liberal-conservadora que con tanto éxito se llevó a cabo en otros países hace un par de décadas, pero al menos intuíamos que los principios básicos del pensamiento liberal-conservador eran el núcleo programático de un partido al que, precisamente, votan todos los liberales y conservadores españoles.
Por eso voté al Partido Popular, a pesar de que la sensación de todos era que iba a perder las elecciones contra Zapo. Por poco pero las iba a perder, como finalmente sucedió.
Ahora bien, si resulta que la socialdemocracia no es un señuelo electoral sino uno de los elementos básicos del pensamiento popular. Si resulta además que los liberales y conservadores "podemos irnos a otro partido cuando queramos" (porque en el PP no se necesitan esas ideas), pues entonces D. Mariano votaremos a Rosa Díez, que tiene más cojones que usted. Puestos a perder elecciones y a sufrir a Zapo veinticindo años, lo haremos apoyando a la única diputada que, en los asuntos importantes, no acepta ni consensos ni diálogos y, además, no necesita esperar a ver cómo se desenvuelve en el día a día el gobierno de Zapo para saber que es el mayor peligro hoy en día para la unidad de España y la libertad de sus ciudadanos.
Si hubiera explicado usted su opinión unos días antes del pasado nueve de marzo se lo hubiéramos agradecido más aún. En todo caso más vale tarde que nunca.
Gracias Señor Rajoy por haberme solucionado ese pequeño dilema.