FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA
Somalia se ha convertido en un pequeño laboratorio para los teóricos de la
economía. Tras el caso de estudio de
hiperinflación que padeció el pueblo pirata de
Harardhere con el dinero del rescate del Alakrana, ahora viene una clase magistral de mercados financieros, sociedades anónimas y gestión del riesgo.
Según
cuenta un enviado especial de
Reuters, la última idea de los habitantes de esta pequeña localidad somalí que se dedica en exclusiva -24 horas al día y 365 días al año- al viejo oficio de la piratería, ha sido montar una especie de
Bolsa de Comercio. Los habitantes de Harardhere y cualquier forastero con algún
activo que invertir pueden participar en las campañas piráticas que sus paisanos llevan a cabo con gran éxito en el Océano Índico.
Los corredores del peculiar
parqué de Harardhere aceptan dinero en
metálico -la informática aún no ha llegado y las negociaciones son a la vista-,
armas o cualquier tipo de
efecto que sea de utilidad en el mar. Los bienes se
tasan y, si el secuestro culmina con un buen rescate, los accionistas de la operación reclaman la parte proporcional a su inversión.
Sahra Ibrahim, una joven de 22 años, está esperando recibir su “dividendo” en la cola que conduce al local donde la sociedad que asaltó el Alakrana reparte el botín. Sahra aportó un lanzagranadas que le había dejado su ex marido a modo de pensión compensatoria tras el divorcio. Esta feliz porque, esa aportación le ha proporcionado “75.000 dólares desde que me hice socia de la operación.
La Bolsa lleva cuatro meses funcionando, “empezamos con
15 compañías marítimas y ya hay
72” afirma Mohamed, antiguo pirata metido a
síndico bursátil. Por compañías marítimas hay que entender
partidas de piratas, grupos que, disponiendo de una embarcación, buscan en la cooperativa de Harardhere financiación para salir al mar y capturar un barco extranjero.
La
Bolsa funciona las
24 horas del día y se ha convertido en el centro neurálgico de Harardhere. Los corredores conocen mejor que nadie el estado de cada una de las expediciones que “
cotizan” en el parqué y son los primeros en enterarse si uno de los barcos ha sufrido
bajas o ha sido
hundido por alguna fragata extranjera.
En ese caso los inversores pierden el
100% de su inversión. Mohamed remata,
“nuestro trabajo es a vida o muerte”. Todo o nada.
Arriesgado pero estimulante, especialmente para los más jóvenes.
Abdirhaman Alí estudiaba secundaria en un instituto de
Mogadiscio hasta hace tres meses, “primero pensé en marcharme y emigrar, pero me acordé de mis paisanos que han muerto en el mar tratando de llegar a Italia, así que elegí esto, en lugar de morir en el desierto o a causa de un mortero en Mogadiscio”.
El negocio, por añadidura, no hace sino
aumentar. Según Mohamed en los últimos meses los recates se han doblado, “
de 2 ó 3 millones a 4 millones de dólares.” El responsable de semejante escalada de precios ha sido, sin duda, el
Alakrana, por el que se pagó 4 millones de dólares rompiendo el mercado y disparando el índice de la
Bolsa de Haradhere a
máximos históricos.
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