Estaba en el comedor de mi casa sentado en el sofá leyendo, comenzaba a anochecer. Decidí asomarme por el mirador y observé un hecho que me dejó atónito, dos hombres de negro estaban a la puerta de un viejo edificio en la esquina de mi calle.
¿Serán dos policías de paisano?, ¿o serán delincuentes? ¿O gente normal y corriente? Uno de ellos logró entrar en el edificio después de tocar en el interfono, no contestó nadie pero una mujer que entraba le abrió. El otro hombre de negro se quedó custodiando la puerta.
Unos minutos después llegaron a la puerta del edificio dos coches, los ocupantes bajaron, entraron en el edificio, uno de ellos se puso a hacer fotografías. Poco después llegó una ambulancia, bajaron dos enfermeras, entraron también en el edificio mientras el conductor se quedó en la calle charlando con el hombre de negro.
En un momento subieron las enfermeras a la ambulancia, también el conductor despidiéndose del hombre de negro y se marcharon. Volvió a salir a la calle su compañero. Pensé, son policías de paisano.
Cada vez estaba más oscuro. Se iluminaban las farolas de la calle. Entonces, aparecieron dos hombres, llevaban a un joven que parecía sedado y se dirigieron a uno de los coches aparcados. En un instante otros dos hombres con otro joven, que también parecía sedado, se dirigieron al segundo coche y subieron. Pensé, son de la policía secreta.
El cielo se había cerrado en una casi total oscuridad. Los hombres de negro, los otros hombres y los jóvenes se habían ido. Enseguida llegó un tercer coche, aparcó en la esquina de la calle, bajo una mujer rubia y se puso a hablar por un transistor en la puerta del edificio, echó un vistazo, regresó a su coche y se fue.
Dejé de mirar, me había quedado estupefacto, volví a mi sofá con el libro entre mis manos y me dije: ¿Acabo de contemplar una detención? ¿Y si no hubiera ocurrido nada?
Francisco José Blas Sánchez
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