Caja Madrid

Simancas, mal ejemplo

Emilio J. González

2003-05-29
Unos días antes de las recientes elecciones autonómicas, un destacado militante de la Federación Socialista Madrileña comentó en un cenáculo privado que no sabía que sería peor para el PSOE de Madrid, que Esperanza Aguirre ganara las elecciones autonómicas o que el triunfo le correspondiera a Rafael Simancas. La frase fue lapidaria pero hoy empieza a cobrar pleno sentido. Simancas todavía no es el presidente de la Comunidad de Madrid; aún tiene que llevar delante de ese cargo la palabra previsible. Sin embargo, ya está hacer de las suyas. Todavía no ha sido investido y ya ha empezado a decir que preferiría que en Caja Madrid hubiera un presidente con un “talante más progresista”. Un deseo que define a la perfección el talante del sucesor de Gallardón y lo que cabe esperar de él.

De entrada, Simancas acaba de enseñar a todo el mundo que su estilo de gestión va a ser más parecido al del presidente de Andalucía, Manuel Chaves, que a cualquier otra cosa. Un Chaves que se ha caracterizado por el intervencionismo permanente en las instituciones políticas, económicas y sociales de la región con consecuencias desastrosas para la misma, en forma de atraso económico y una tasa de paro que duplica a la media nacional. Chaves intentó controlar las cajas andaluzas y aquello terminó en enfrentamientos dentro de las entidades crediticias que perjudican a las mismas y a quienes depositan allí su dinero. Por lo visto, Simancas quiere repetir ese modelo en Madrid, con independencia de cualquier consideración relativa a la gestión de Caja Madrid y a los intereses de los impositores.

Simancas no entiende que entidades crediticias como Caja Madrid, para funcionar adecuadamente, necesitan una gestión profesional, exenta de intereses políticos, como tampoco entiende que los beneficios de Caja Madrid, como los del resto de cajas de ahorros españolas cubren un déficit de políticas e infraestructuras sociales, como las residencias de ancianos, que el sector público no financia. Su politización, como pretende Simancas, va en contra de todo esto y acaba por convertir a las cajas no ya en instrumentos al servicio de la administración regional o local de turno, sino del partido que gobierna en ella. Eso no se puede permitir.

Afortunadamente, a Simancas le han fallado, hasta ahora, dos cosas: la aritmética y las formas. La aritmética porque no ha tenido en cuenta que la Asamblea de Madrid sólo elige a 40 de los 172 miembros de la asamblea de Caja Madrid, mientras que los ayuntamientos eligen más del doble. Y, conviene recordarlo, las municipales en Madrid las ha ganado el PP. Además, la asignación de representantes del parlamento regional se realiza teniendo en cuenta los votos recibidos por cada partido en las elecciones y los escaños obtenidos. Por tanto, desde esta óptica, el presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, puede estar tranquilo.

En cuanto a las formas, el comentario de Simancas ha suscitado inmediatamente el rechazo de Comisiones Obreras, que se ha negado a participar en este asunto y que rechaza la “andalucización” de Caja Madrid por los problema que ha traído y trae para todo el mundo.

¿Qué se desprende de todo esto respecto al talante de Simancas, que ya tiene tablas políticas? Que su intención es imponer nuevamente a la Comunidad de Madrid esas restricciones a la libertad y ese férreo control de las instituciones y de todos los ámbitos sociales que caracterizó a los peores tiempos del PSOE. Afortunadamente para la libertad y los ciudadanos, parece más torpe que sus antecesores. ¿Es este el ejemplo de lo que le espera a este país si José Luis Rodríguez Zapatero gana las elecciones generales?