Le Pen desea acabar con la farsa de los políticos, y en esa misma plaza de la autenticidad acampa nuestro 15-M con su "no nos representan" y su "democracia real".
El vídeo que mostraba a los matones de Amanecer Dorado obligando a gritos a los periodistas a rendir tributo a su líder y la subsiguiente arenga del personaje, no sólo documenta el perfil de los neonazis que han entrado en el parlamento griego. Ha enseñado al mundo la cara más repulsiva de un auge del populismo que no conoce fronteras; ni nacionales ni ideológicas. En unos casos, prevalecen los tintes chillones nacionalistas, en otros, los anticapitalistas, y algunos los combinan: el vociferante griego clama, desde el nacionalismo, contra los "especuladores globales", como Marine Le Pen contra los "ultraliberales" de izquierda y de derecha. No es este híbrido una criatura nueva, ni mucho menos, pero había estado encerrada en los sótanos. En cambio, a la extrema izquierda, que comparte aquella hostilidad, siempre se la ha recibido en los salones.
Todos esos grupos, partidos y movimientos tienen en común su mesiánico rechazo al modelo político y económico: democracia liberal, economía de mercado. Ya no es sólo la izquierda más tronada la que presume de antisistema. Le Pen se declara así con orgullo, consciente de que es un atractivo. El "sistema" dispone de muchos tentáculos, pero el populismo descarga su artillería contra la cabeza. Se presenta como la verdadera voz del pueblo, fustiga privilegios y corrupciones y propone soluciones fáciles de entender. No soporta la lentitud, la complejidad de la política tradicional, el respeto a las leyes, el compromiso, la negociación. La líder del Frente Nacional desea acabar con la farsa de los políticos, y en esa misma plaza de la autenticidad, acampa nuestro 15-M con su "no nos representan" y su "democracia real". Para los discípulos griegos de Hitler no hay nada que no deba de arrojarse a la hoguera purificadora. No, no estamos hablando de reformistas.
La plaga populista se extiende en un mundo desarrollado en el que mucha gente experimenta una caída del nivel de vida, la reducción o el fin de prestaciones que se daban por garantizadas, la amenaza de un empeoramiento incesante. Acosados por un flanco minoritario pero alborotador, propensos a la vida fácil de la demagogia, los partidos de gobierno se contagian del acento populista. Es el caso de Rubalcaba cuando censura ahora, que haya dinero público para los bancos, pero no para sanidad y educación. Fue el del PP cuando se opuso al miniajuste de Zapatero en nombre de los desfavorecidos. Y es el coqueteo de la izquierda con el 15-M, su propio movimiento populista, al que desean resucitar como sea. Deberían saberlo. Cuanto más los imiten, más crecen.
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