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Salvador Ulayar

Se rompe

Ya pueden derramar homenajes, leyes de ayuda y solemnidades de todo género sobre las víctimas, que si la nación contra la cual fueron asesinadas se va esfumando todo es farfolla y hasta cruel sarcasmo.

Los Reyes y el Himno de España fueron recientemente abucheados en Bilbao durante la final de la Copa del Rey de Baloncesto. Pajín y Cospedal ante la prensa pretendieron, de un modo u otro, ocultar el hecho. La primera calificándolo de anecdótico y la segunda destacando que los Reyes acudieron a Bilbao gracias a que el clima político en el País Vasco ha cambiado. Ambas huyen de la realidad y se refugian en verborreas. Esa pretendida "anécdota" no es sino síntoma de una nada anecdótica realidad: el odio del separatismo a lo español. Y este género de reacciones en PP y PSOE reflejan su pusilanimidad y colaboracionismo intelectual con la demolición de la idea de Nación española. Estos partidos dizque nacionales llevan décadas apoquinando el peaje que les exige la antiespaña para gobernar el aparato del Estado de España. Lo más revelador de la concepción de esta nada hacia la que camina el país fueron las declaraciones de Patxi López . Redujo el asunto a una cuestión de urbanidad. Dijo que no le gustan las faltas de respeto para seguidamente aclarar que a él no le mueven los himnos, tomando una higiénica y progresista distancia. El tipo podría ser presidente de cualquier sitio donde haya urbanidad. Vamos, donde nadie se peda en la mesa. El representante ordinario del Estado español en el País Vasco -español de España, que otro español no hay– gasta estas pedagogías políticas de todo a cien. Como si los Reyes fueran unos más, la bandera un trapo insignificante y el himno una nana insustancial.

Tras el descomunal shock del 11-M, Zapatero, en lugar de suturar heridas y aplicar bálsamo reparador, asunto primordial para el bien de los españoles, aprovechó el Estado de aturdimiento de la derecha para demarrar del pelotón político en compañía de todo el espectro de la antiespaña, alejándose de cualquier intención de entendimiento con quienes identifica como la otra España, cosa letal para la nación, único ámbito posible de ciudadanía y libertad. La derecha habrá cometido muchas torpezas pero es innegable que el responsable de este insensato acelerón disgregador habita en la Moncloa. España es una corrala en la que las autonomías cogen el dinero y corren y pretenden siempre mayores cotas de poder. Dicho sea de paso, corrala a la que le importa un pimiento el fenomenal carro de irregularidades y mentiras que pueblan la investigación y juicio del 11-M, aquellos atentados que terminaron de aupar a ZP al poder. Qué decir de los separatistas, apoyos tantas veces imprescindibles para sentar un presidente en Moncloa. La clase política, en demasiadas ocasiones, se ocupa en asuntos que no son del interés común sino de su interés, de sus medros, del fomento artificial de los particularismos. Muchos se partían de risa con aquello de que España se rompe, en burlesca alusión a quienes avisaban de ello. Los españoles duermen, muchos hastiados, sobre una piel de toro estructurada por la podredumbre de intereses tribales y de partido, esas patrias.

Nada como las víctimas del terrorismo debieran simbolizar la nación española, pues que por matarla fueron matadas. Y en tanto que hablamos del símbolo no nos quedamos, claro está, únicamente en el nivel más personal, de "herido", sino en el de su significación política, nacional. Ya pueden derramar homenajes, leyes de ayuda y solemnidades de todo género sobre ellas, que si la nación contra la cual fueron asesinadas se va esfumando todo es farfolla y hasta cruel sarcasmo. No se trata sólo de acabar con los terroristas, no. No es cuestión de justicia penal únicamente, no. Se trata además de establecer una justicia política imprescindible, pues que las mataron por matar una nación que hoy permitimos que languidezca. La ETA es una pieza, parte de un movimiento separatista cuyo objetivo es romper España. Qué sin sentido el arrojo ciudadano de tantas víctimas que se la jugaron por nuestra libertad, la de una España que va quedando para la chatarra. ¿Valió la pena? Sólo un pacto de los grandes partidos para rescatarla de su secuestro separatista daría sentido a tanta sangre, nuestra sangre. Sí, una utopía. Y más, mientras el mendaz pirómano de la Moncloa siga allí.

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