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"Ja sóc aquí" (en el Hôtel Crillon)

Es triste imaginar cómo podría haber cambiado España los últimos 100 años sin el dolor de cabeza de una Cataluña y Vascongadas secuestradas por el nacionalismo.

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La primera decisión que tomó Tarradellas al volver a París en junio del 77, tras entrevistarse con Suárez y el rey en Madrid, fue la de instalarse en una suite del Hôtel Crillon con vistas a la Plaza de la Concordia, en vez de en un hotelucho como venía haciendo cada vez que iba a Paris. Fue su autentico "Ja sóc aquí". Tarradellas sabía que por fin el aire empezaba a cambiar y que había posibilidades de que pudiera volver la Generalidad y él con ella.

José Tarradellas llevaba exiliado en Francia desde 1939 en un palacete del siglo XVII en San Martin le Beau, en la Turena, viviendo míseramente de lo poco que se había llevado. Si a Carrillo le persiguió Paracuellos hasta la tumba, a Tarradellas fue el fantasma de abrir las cajas fuertes de Barcelona durante la guerra. Tarradellas, antiguo miembro de ERC, había sido nombrado en 1954 presidente de la Generalidad en el exilio aunque nunca formó gobierno, razón por la que el Rey y Suárez decidieron apostar por él para ocupar el trono de la plaza de San Jaime.

La factura del Hôtel Crillon no sabemos quién la autorizó, pero es una de las miles que a lo largo de estos 35 años se han pagado al nacionalismo catalán. Aquella suite acabó, como es sabido, con la Generalidad restablecida y la vuelta a Barcelona de Tarradellas. Luego Pujol ganó las elecciones y a Tarradellas el Rey lo hizo marqués. Podía haber sido una historia feliz, otro de los mitos de la Transición, pero aquello no fue suficiente y cada quince años ha habido que renegociar el acuerdo, lo que antes valía ahora es insuficiente, siempre en la misma dirección. Un sistema de alimentar a la bestia desde Madrid para ver si así se conseguía calmar la supuesta injusticia histórica con Cataluña. Ahora se empieza por fin a comprender que es inherente al nacionalismo colocarse siempre diez metros mas allá de donde se ponga el límite.

El verdadero inventor de este sistema de relaciones con Madrid fue Cambó, quien estuvo en todos los meollos de la primera restauración aunque haciendo siempre voto particular de todas las decisiones. Cambó, refinado, intelectual, millonario por cuenta propia y uno de los grandes coleccionistas españoles –su colección está integrada entre el Museo del Prado y el MNAC-, marcó un rumbo claro en lo que tenían que ser las relaciones Madrid-Barcelona. Este patrón lo han seguido todos los políticos catalanes, dejándose agasajar por Madrid pero siempre dejando claro que aquello era insuficiente y temporal.

Es tan paleto el nacionalismo que lo ignoraríamos si no fuera por su efecto expulsión, al principio se va la gente que se lo puede permitir (básicamente las clases altas), de forma que son las medias las que tienen que quedarse y sufrir las consecuencias. Igual que Italia ha pasado en 30 años de Agnelli a Berlusconi, Cataluña ha pasado en 50 años de Cambó a Artur Mas, entremedias Tarradellas y Pujol. Siempre un nivel más bajo que el anterior. Al principio eran ricos de casa, ahora se hacen riquísimos por arte de magia (y años en los cargos). Cosas que con el paso de los años da pie a gente como Carmen Chacón, la autentica NI-NI: ni trabaja, ni estudia, ni es catalana ni es española.

Es triste imaginar cómo podría haber cambiado la Historia de España los últimos 100 años sin el dolor de cabeza que han supuesto una Cataluña y Vascongadas secuestradas por el nacionalismo. Si hubiesen hecho un esfuerzo por unir y no por desunir. Su permanente deslealtad al conjunto ha colapsado los debates políticos, haciendo perder en miles de decisiones una oportunidad histórica para el resto de España.

En Chic

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