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Julio Cortázar: el artista como 'perseguidor'

No cabe duda de que le enorgullecía que a los jóvenes lectores les apasionara 'El perseguidor', como luego sucederá con 'Rayuela'.

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Si me pregunta alguien qué leer de Julio Cortázar, no dudaré en recomendarle "El perseguidor", un cuento largo o novela corta de unas 50 páginas, incluido en el volumen Las armas secretas (1959): una verdadera obra maestra, en la que brilla su talento narrativo y expresa claramente cuál es su visión del papel que le toca hoy a un artista.

Ésta es la dedicatoria: "In memoriam Ch. P.". Se refiere a Charlie Parker (1920-1955), uno de los genios del jazz, intérprete del saxo alto y compositor. Se le considera uno de los creadores del bebop, con su amigo Dizzy Gillespie. Adicto a las drogas y el alcohol, murió a los 35 años. En Nueva York, apareció entonces, en muchos muros y vagones de metro, esta pintada: "Bird lives" ("El pájaro sigue vivo"). Bird, su apodo, es también el título de la película biográfíca (1988), dirigida por Clint Eastwood, que lo vio en directo una vez, muchos años antes. Algunos consideran "el concierto del siglo" al que dio, en Toronto, el 15 de mayo de 1953, junto a Dizzy Gillespie, con un saxo de plástico (el suyo lo había empeñado para conseguir droga).

Una biografía desastrosa, una música extraordinaria: ése es el dramático contraste que presentan tanto el relato de Cortázar como la película de Clint Eastwood.

El epistolario de Cortázar nos da noticias sobre la escritura. El 12 de diciembre de 1955 (el mismo año de la muerte del músico) le cuenta a su amigo Eduardo Jonquières el proyecto:

Estoy penando con un cuento muy largo, que me gustaría saliera bien. He escrito diversos fragmentos, pero todavía me falta la verdadera unidad, la pieza que colocas en medio del puzzle y de pronto descubres la totalidad. El cuento es un poco la biografía de Charlie Parker, el músico de jazz que murió hace unos meses. ¿No sabes nada de él, no has oído sus discos? Quisiera usarlo como portavoz de un mensaje mío, y que quizá también fue suyo. Quisiera tantas cosas que no sé realmente lo que va a salir.

Nueve meses después, vuelve a referirse a esta obra con una valoración muy poco frecuente, en él:

Tengo un cuento muy largo (60 páginas!!) que me parece muy bueno. Me gustaría publicarlo en la Argentina, y no en México, donde me lo piden. Es una especie de testamento y por eso quisiera que saliese en mi país.

En enero del 59, comenta, con irónica satisfacción, cómo ha sido acogido:

Sigo siendo célebre en Buenos Aires, pero me doy gustos de rey, como negarme a una interviú por la TV. Me dicen que "El perseguidor" ha transtornado a todos los moins de quarante ans de B. A. Se entiende que en una superficie de diez cuadras por diez...

Pero no cabe duda de que le enorgullecía que a los jóvenes lectores les apasionara "El perseguidor", como luego sucederá con Rayuela.

Dentro del conjunto de su obra, este relato supone un quicio decisivo: decide abandonar el jugueteo estético e imaginativo, un poco en la línea de Jorge Luis Borges, para ahondar en los problemas humanos. Así se lo dijo a su amigo Luis Harss:

Por ese entonces había llegado a la plena conciencia de la peligrosa perfección del cuentista que, alcanzando cierto nivel de realización, sigue así invariablemente. En 'El perseguidor' quise renunciar a toda invención y ponerme dentro de mi propio terreno personal, es decir, mirarme un poco a mí mismo. Y mirarme a mí mismo era mirar al hombre, mirar también a mi prójimo. Yo había mirado un poco al género humano hasta que escribí 'El perseguidor'.

Si el lector de estas frases también escribe, probablemente sonreirá al leer lo de "la peligrosa perfección del cuentista". ¡Quién la pillara!... Evidentemente, Cortázar domina la técnica del relato breve como los más grandes, a los que sigue: Poe, Maupassant, Chejov. Pero no quiere quedarse en lo formal sino profundizar en el gran tema, el de la condición humana.

La voz narradora, en el cuento, es la de un crítico de jazz, un ejemplo del intelectual algo snob, que no puede dejar de envidiar la grandeza trágica del músico:

Envidio a Johnny, envidio todo menos su dolor, cosa que nadie dejará de comprender, pero aún en su dolor tiene que haber atisbos de algo que me es negado.

El desastre de su vida cotidiana no le impide a Johnny alcanzar una revelación, comparable a la náusea que siente el personaje de Sartre:

Cuando yo, pobre diablo con más pestes que el demonio debajo de la piel, tenía bastante conciencia para sentir que todo era como una jalea, que todo temblaba alrededor, que no había más que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco, para descubrir los agujeros... Todo lleno de agujeros, todo esponja, todo como un colador colándose a sí mismo.

Los agujeros: la conciencia de que la plenitud que anhelamos no se da, en este mundo. Por eso, el pobre músico se siente llamado a perseguir algo, como un cazador, aunque eso lleno su vida de sufrimiento.

Al final el crítico (y, con él, los lectores) comprendemos el sentido de tanto desastre:

Ahora sé que Johnny persigue en vez de ser perseguido, que todo lo que le está ocurriendo en la vida son azares del cazador y no del animal cazado.

El músico de jazz perseguía algo:

Bueno, toda mi vida he buscado, en mi música, que esa puerta se abriera al fin.

Con todas sus debilidades, Johnny representa al artista contemporáneo. A partir de ahora, los personajes de Cortázar serán perseguidores, buscadores de algo que dé sentido a su vida (a nuestra vida), en este mundo que parece descomponerse.

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