Muere Marifé de Triana

Un mito de la copla española

Siempre fue mujer sencilla, ausente de todo divismo, cariñosa y cercana a cuantos se acercaban a ella.

Manuel Román

En Benalmádena (Málaga), donde residía desde hace cuatro décadas, ha muerto la sevillana Marifé de Triana a la edad de 76 años, víctima de un cáncer. Sus restos serán enterrados en Torremolinos.

Se llamaba María Felisa Martínez López y vino al mundo en el pueblecito de Burguillos, cercano a La Algaba, en el seno de una modestísima familia que, a la muerte del padre, se trasladó a vivir a Sevilla. Muchas privaciones tuvo que padecer la futura estrella de la canción, a quien el que fuera uno de los más prestigiosos locutores, David Cubedo, bautizaría con el apelativo de Marifé de Triana, aludiendo a la popular barriada en la que ésta vivía.

Cuando sólo tenía trece años, Marifé ya actuaba en las plazas de muchos pueblos acompañada de su madre. Malvivían con el poco dinero que ganaban. Hubo noches que sólo cenaban un mendrugo de pan. "El día en el que podíamos freírnos unas mondaduras de patatas, podíamos considerarnos afortunadas", nos recordaba Marifé en alguna de sus entrevistas. La misma artista que al terminar de cantar cada día pasaba el platillo entre los espectadores para ver si le caían algunas monedas de níquel.

Más adelante, en 1950, entró a formar parte de la compañía de Manolita Chen, que tenía unos teatrillos que recorrían España de arriba abajo. En uno de ellos se curtió la de Triana, interpretando coplas de Conchita Piquer y Juanita Reina, sus artistas favoritas.

A mediados de los 50 es cuando Marifé de Triana empieza a ser reconocida, gracias a Torre de arena, que junto a La loba serían sus dos canciones más aplaudidas, de las más de quinientas que grabó. Destacó siempre en ella su vena dramática. Tanto era así que fue llamada "la actriz de la copla". Fue durante aquella época en la que la radio era el mejor vehículo para hacerse popular, pues aún la televisión en nuestro país estaba en mantillas.

Consecuencia de esa notoriedad llegaría el estreno de espectáculos de variedades en los teatros de toda España, donde Marifé de Triana revalidó sus éxitos discográficos. Precisamente en uno de ellos, La maestra Giraldilla, encontraría el amor en la persona de un atractivo y elegante recitador leonés, José María Calvo, que iba contratado en la compañía de la estrella andaluza. De la admiración mutua pasaron a la intimidad, conviviendo unos años hasta oficializar su matrimonio en 1982. Lo celebraron en la intimidad. Por mi amistad con la pareja, pude publicar la exclusiva del acontecimiento, semanas después de su celebración.

Marifé de Triana, aconsejada por el maestro Indalecio Cisneros -que dirigía el departamento artístico de Discos Columbia-, no sólo estrenó números propios, también hizo inigualables versiones de éxitos de Estrellita Castro, Concha Piquer, Juanita Reina y otras consagradas del género, caso de María de la O, Rosa de Capuchinos, Me embrujaste, Romance de la Otra, Coplas de Pedro Romero...

También sufrió los avatares -¡cómo no!- de la censura franquista. Un ejemplo de cuanto decimos, que nos fue relatado por la propia Marifé, es que a la hora de solicitar permiso para grabar la célebre copla ¡Ay, Maricruz!, le prohibieron reproducir la siguiente estrofa:

 "... y por jurarte yo eso, me diste en la boca un beso, ¡que aún me quema, Maricruz...!"

En su lugar, la frase quedó así:

"... me vi de cariño preso, por tus ojos, Maricruz".

Así se las gastaban aquellos celosos veladores de la moral pública. Protagonizó dos películas. Y como no quedó satisfecha, rechazó cuantos nuevos contratos cinematográficos le ofrecieron. Discográficamente, según me confesó, su única decepción fue cuando grabó un álbum de rancheras mexicanas, una rareza en su bagaje musical.

Marifé de Triana acusó, como todas sus compañeras, la crisis de la copla, que se cernió en el mundo del espectáculo a partir de la década de los 70. Aun así, ella no dejó de cantar y grabar discos. En los años 90 comenzó a resurgir ese género, cuando ya Marifé era admirada por sus propias colegas. Su magisterio también era admitido por las jóvenes generaciones copleras. Quería entonces retirarse en plenas condiciones artísticas. El destino aceleró ese deseo, porque tuvo que ocuparse de la quebrantada salud de su marido, quien moriría hace pocos años. Con el nuevo siglo, aún tenía Marifé de Triana renovadas ilusiones para seguir en activo. Pero un cáncer traicionero fue cercándola. Ella tuvo mucha entereza para afrontar esa otra trágica puñalada de la vida. Confesaba en sus entrevistas tal enfermedad. Siempre fue mujer sencilla, ausente de todo divismo, cariñosa y cercana a cuantos se acercaban a ella. Un mito de la canción española, que hace mucho tiempo entró en la historia de la copla y hoy la lloran los muchos que la quisieron y admiraron.

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