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La accidentada boda de Eduardo Rodrigo y Teresa Rabal, hace 40 años

No querían casarlos por la Iglesia y al novio lo acusaban de bígamo.

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Teresa Rabal y Eduardo Rodrigo | EP

La reciente muerte del cantautor Eduardo Rodrigo, fallecido a los setenta y tres años a consecuencia de una insuficiencia pulmonar, me ha traído algunos recuerdos de cuando lo conocí, a poco de llegar a España, donde obtuvo un resonante éxito que le sirvió de trampolín para introducirse entre los cantantes pop-románticos de la época: el primer premio del Festival de Benidorm de 1972 con "María yo encontré". Era la época en la que en España tenían éxito las voces criollas, desde el mítico Atahualpa Yupanqui, pasando por Jorge Cafrune y otros baladistas más jóvenes, como Rafael Amor. Eduardo Rodrigo componía sus propias melodías y venía precedido de un estimable "curriculum" musical en su país natal.

Mi primer encuentro con él sucedió en Barcelona, en los estudios de grabación de la firma Belter, con la que Teresa Rabal registró varios discos. Las canciones se las había compuesto Eduardo. La hija de Paco Rabal y Asunción Balaguer tenía por entonces un novio universitario, al que dejó a poco de conocer al cantautor argentino, con quien convivió unos años. Al matrimonio de actores les pareció bien aquella relación extra matrimonial y el propio Paco les dijo un día: "Tenéis mi bendición, así es que por lo que a nosotros respecta, ya sois marido y mujer". No obstante, Teresa quería casarse con el ritual religioso católico y a tal fin hizo las primeras gestiones para la boda. Pero el cura de la parroquia murciana de Águilas, donde pensaban casarse, no dio su autorización. Argumentó que no bendeciría aquel enlace por las ideas izquierdistas del novio, del que le habían llegado noticias de que era bígamo. Cierto que había estado anteriormente casado con una compatriota, pero ya estaba divorciado. No hubo forma. Aquel párroco seguía en sus trece y ningún otro sacerdote del lugar se avino a contradecirle.

Paco Rabal tomó aquella prohibición como una ofensa y dio con un cura amigo de la familia que, enterado del caso se ofreció a casar a la pareja. La ceremonia tuvo lugar el 1 de mayo de 1977, hará por tanto pronto cuarenta años. Fue en la ermita de la Cuesta de Gros, el lugar donde vino al mundo el recordado actor murciano, una pedanía donde por cierto reposarían sus cenizas. Aquella boda de Teresa Rabal y Eduardo Rodrigo constituyó un acontecimiento no sólo regional: los enviados de las revistas del corazón ofrecieron puntual y amplia información gráfica y literaria, acentuando en las crónicas aquellos primeros inconvenientes del casorio antes mentados. La familia Rabal quería que fuera una fiesta popular y a tal fin invitaron a todo el pueblo lo que unido a dos centenares más de asistentes, entre familiares y amigos hizo necesario que se implicaran en el convite los restaurantes de los alrededores. Previamente, durante la ceremonia religiosa, sucedió un imprevisto. Y es que, entre esos invitados de postín de Paco Rabal se encontraba el famoso bailarín Antonio, que se puso a taconear ante el altar, en un baile respetuoso con el lugar, que originó un estruendo de ovaciones en el pequeño templo.

Ya en la calle los paisanos de Paco Rabal, atendiendo la observancia de éste que les pidió acudieran previstos de plato y cuchara, se vivió un verdadero festín, a base de arroces de la zona, migas, morcillas y chorizos, y un sinfín de viandas, que iba sirviendo el propio Paco y la madre del novio, una maestra de escuela, ambos provistos de cacerolas y cucharones. El vino de Bullas y otras zonas vinícolas de la zona no faltó en aquel jolgorio.

Eduardo Rodrigo y Teresa Rabal formaron un matrimonio dichoso, cuya felicidad incrementaron con sus dos hijos, María y Luis. Este último los haría abuelos. Teresa se dedicó a su doble faceta de actriz y cantante en tanto su marido prosiguió su faceta cantautora. Los discos que grabó hasta 1993, año definitivo de su retirada como intérprete, fueron tres álbumes y varios "singles". Con títulos como "Canción para Teresa", "Javier", "Yo no me siento extranjero", "Vidala para mi sombra" y el último, "Gallegos". A partir de su retirada como cantante se dedicó a acompañar a Teresa, que había elegido un hermoso campo para sus actuaciones: el mundo de la infancia. Presentó programas en televisión para los niños, como el recordado Veo, veo, tema que le servía de introducción y sintonía, compuesto por Eduardo. El matrimonio, ante las buenas perspectivas que se les abrió, inició un negocio que, al menos en sus primeros tiempos, les proporcionó no sólo extraordinaria notoriedad sino buenas taquillas: el circo de Teresa Rabal. Aquellos espectáculos bajo la carpa fueron contemplados por millones de pequeños de toda España. Y en sus últimas representaciones eran escenario visual elegido para ser grabados por las cámaras de Prado de Rey.

No se les conoció nunca otros problemas que los derivados del negocio del circo, pero nunca de los afectivos como pareja, que gozó siempre del cariño, el afecto y la admiración de cuantos la trataron. Pareja ahora rota sí por el negro destino que se ha llevado al otro mundo a un buen artista, un inspirado músico, aceptable cantante, excelente esposo y padre de familia, llamado Eduardo Rodrigo.

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