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Nora de Liechtenstein, una princesa campesina que vive en una finca extremeña

De su hijastra, Isabel Sartorius, se niega a hablar. 

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Nora de Liechtenstein | Gtres

Liechtenstein es un pequeño país que no llega a treinta mil habitantes, con una extensión de ciento sesenta kilómetros cuadrados. Situado en pleno corazón de Europa, cuyas lindes son Suiza y Austria. Vaduz es su hermosa capital, donde sólo habitan cinco mil ciudadanos. Subiendo por una pequeña ladera se encuentra el castillo de la familia reinante, presidida por Hans Adam. Su única hermana se llama Nora, tiene el título de Alteza Serenísima y vive en España desde que en 1988 contrajo matrimonio con Vicente Sartorius y Cabeza de Vaca, marqués de Mariño. Asistí a sus esponsales el 11 de junio de aquel año. La lluvia que cayó a la entrada y salida de los novios del templo deslució un tanto el cortejo nupcial. Treinta y siete años tenía entonces la princesa, veinte menos que el aristócrata español. Pude hablar tranquilamente con la pareja la víspera de la boda. Era imprescindible preguntarles dónde y cuándo se habían conocido: "En septiembre del pasado año, 1987, en casa de unos amigos".

Nora de Liechtenstein, ferviente católica, había viajado hasta Madrid para reunirse con un grupo de católicos seglares en diferentes ocasiones: "Trabajé con un grupo católico, pequeño, que se ocupa de divulgar aspectos de nuestra religión y de atender los problemas de gente humilde". Hablaba ya entonces la princesa un español fluido, correcto, aunque con ligero acento germánico, aprendido hacía cinco años merced a unos cursos acelerados, y luego estuvo algún tiempo en Costa Rica. El marqués de Mariño contraía sus segundas nupcias pues había estado casado con una dama peruana, Isabel Zorraquín. Matrimonio roto tras declararse su nulidad eclesiástica, del que habían nacido tres hijos, Isabel, Cecilia y Luis. La primogénita contaba entonces veintitrés años. Para los reporteros españoles desplazados entonces a Vaduz el nombre de Isabel Sartorius nada nos decía. En la boda lucía un traje color fucsia complementado con una amplia pamela de igual tono. Apareció desde luego en los reportajes gráficos de todas las revistas. Y en ninguna de ellas, ni siquiera ¡Hola! se hizo la más mínima mención de su identidad. No mucho tiempo después se filtraba el rumor de que el entonces príncipe Felipe de Borbón llevaba algunos meses viéndose con ella, en viajes fuera de España o en la finca cacereña propiedad del padre de Isabel.

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Han pasado ya veintinueve años exactamente de aquella boda de los marqueses de Mariño, que así decidieron ser llamados. "Yo no soy príncipe –me había dicho él– por lo que siendo mi mujer princesa, ella será la que saldrá perdiendo". El final de la frase naturalmente la expresó en broma. Nora de Liechtenstein me pareció extraordinariamente afable y comunicativa, culta y de agradable conversación y sobre todo advertí su extraordinaria sencillez. Supe de su elevada preparación académica, de su pasión deportiva, presidiendo el Comité Olímpico de su país, de la práctica de la equitación, el esquí y la pesca submarina, también de su afición musical, desde la clásica hasta Los Beatles, sus preferidos en el terreno pop.

Como miembro de la Familia Real le correspondía poseer una vasta posesión de cuadros, entre los grandes maestros del flamenco, Rubens, Rembrandt; colección de importancia, que seguía en valoración a la de la Corona británica. Superior a la del barón Thyssen. Y desde luego perteneciente a un linaje con grandes posesiones, y una elevada fortuna, de las más grandes de Europa. En cambio, del marqués de Mariño se decía que, título aparte, se ganaba la vida en su bufete de abogado en Madrid,sin conocérsele más patrimonio que una finca cacereña, Vivencia Dehesa, situada en el término de Peraleda de la Mata, desde donde se contempla las sierras de Guadalupe y Gredos.

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Allí vive ahora la princesa, después de unos años residiendo en Madrid, capital que le gusta, pero que siempre le pareció demasiado ruidosa para su manera de ver la vida. Se adaptó cuanto pudo tras casarse con el marqués de Mariño, tuvieron una hija en 1992, María Teresa. Y diez años después falleció Vicente Sartorius. En esos años de matrimonio, aquellos que coincidieron con el noviazgo del príncipe Felipe con Isabel, la princesa Nora de Liechtenstein trató de aparecer en público al margen de esa relación, por pura discreción como corresponde a una persona de sangre real educada en esas situaciones. Y ha seguido manteniendo tal conducta en la actualidad cuando contadas veces concede una entrevista: nunca habla de su hijastra Isabel. ¿Quiere esto decir que se lleva mal con ella? ¡No, todo lo contrario! Pero separa su trato íntimo, familiar con su decisión de respetar la vida de quien pudo haber sido Reina de España. El destino, la oposición de la reina Sofía a aquel posible enlace o, vayan ustedes a saber qué circunstancia (la de ser hija de un matrimonio separado, quizás), impidieron lo que al final no pudo ser. Se dice que Isabel Sartorius se lleva bien con Letizia. Y desde luego ella y sus dos hermanos van con cierta frecuencia a la mentada finca cacereña (el nido de amor en bastantes ocasiones de Isabel y Felipe) donde Nora de Liechtenstein los acoge con gran afecto familiar.

Vivencia Dehesa, que en vida del marqués de Mariño costó al matrimonio mucho dinero mantenerla sin tener a cambio rendimiento alguno con los cultivos sembrados, fue después de fallecido aquel un privilegiado lugar donde la princesa, gracias a la ayuda de un austriaco, experto en agricultura, se siente feliz viendo cómo crecen y crecen las plantas, por ejemplo, de las que se sirve para comercializar ciertos productos de cosmética, aprovechando sus virtudes medicinales y aromáticas. Allí, en pleno campo extremeño, Nora de Liechtenstein no echa de menos la vida social, dado su elevado rango, que nunca le gustó. Viste de un modo natural, de acuerdo con el ambiente en el que transcurren sus días. Y nadie diría que quien con esmero y atención vigila sus cosechas es la princesa descendiente de un país de ensueño, aunque de reducidas dimensiones.

En el pasado siempre se escribía de Liechtenstein que era un paraíso fiscal. Cierto que el coste de la vida es superior al de la mayoría de los países europeos, como pude comprobar personalmente. Le cuesta a la princesa abandonar de cuando en cuando lo que constituye su hogar en soledad tras quedarse viuda. Y sólo se desplaza fuera cuando no tiene más remedio. Cada mes de noviembre, se celebra en Madrid El Rastrillo, de carácter benéfico, donde ella suele acudir para atender alguno de los puestos, y allí es fácil comprobar que sigue comportándose con la sencillez que ha presidido siempre su vida, muy lejos y contraria a cualquier severo protocolo o alguna ya desterrada frivolidad cortesana.

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