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¿Un poco fresca?

La flamenca y folclórica Carmen provoca rechazo y admiración al mismo tiempo. Es un personaje que no pasa de moda.

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Paz Vega fue Carmen para Vicente Aranda | Archivo

Siempre he odiado esta expresión, la de "ser fresca", con esa connotación machista y desagradable -como si no hubiera ‘frescos’-. Incluso eso de "un poco puta" puede ser más descriptivo, con todos mis respetos hacia este colectivo de profesionales -ironía aparte-. Y es que hoy reflexiono sobre un personaje explotado hasta la saciedad y que más allá de ser un personaje de ficción se ha convertido en un producto comercial e incluso una filosofía de vida.

Personaje -o "personaja"- que da su nombre a unas de las óperas más conocidas de Bizet, inspirada en al novela de Merimée, ha llegado a tener su versión violinística de Waxman y de Sarasate; ha conseguido protagonizar una película con Paz Vega -cargada de escenas casi pornográficas-, y llenar durante años y años teatros y todo tipo de salas. Hablamos de Carmen. Tampoco se ha salvado el sector de la moda y la estética -pues de modas y modos va esto-: de hecho, recuerdo un desfile de Roberto Verino en la Fashion Week Madrid en septiembre de 2013 -para la colección de primavera/verano de 2014- inspirado plenamente en la tabaquera-prostituta sevillana.

Más allá de su vulgaridad atractiva, su ausencia de tacto y su profesión discutible y discutida, no podemos negar la aportación de Carmen a la moda y la estética -sea musical, de danza, de ropa, de discurso, de cine…- en el mundo entero. La representación de Sevilla a través de una señora flamenca y folclórica -en realidad nunca fue demasiado guapa- y su melodrama, acabado en una desgracia que hoy se consideraría con mucho acierto como maltrato de género -un tema muy serio con el que no se puede frivolizar- en manos de un soldado desequilibrado y con algún que otro trastorno no identificado.

El machismo en las clásicas óperas ha sido más que una tradición que, a día de hoy, si bien protestamos por las letras de reguetón, los eruditos y los elitistas lo aceptan en silencio.

Pero está bien: no vengo a meterme con el genuino género de la ópera -aunque ya puestos prefiero la zarzuela, que tiene más gracia, menos pretensión y más España-.

En realidad vengo a entender mi conflicto interno con Carmen como personaje: eso que me provoca sentimientos de admiración y de rechazo al mismo tiempo.

La semana pasada acudí a ver Carmen en el Teatro Nuevo Apolo. La ópera llevada al flamenco, por la compañía del Ballet Flamenco de Madrid y dirigido por Luciano Ruiz. Para los que quieran pasar una tarde entretenida y poco profunda de Carmen, les animo a que no dejen pasar esta ocasión. Realmente las entradas están muy bien de precio y es una representación amena.

Aún guardo en mi memoria la versión de Carmen de Sara Baras: una interpretación totalmente abstracta y llena de técnica y ‘savoir faire’. Se avecina Carmen con Víctor Ullate, y en la próxima temporada del Teatro Real, liderada inteligentemente por Joan Matabosch, la ópera Carmen tradicional y tal como Bizet la parió. También está el director de orquesta Juan Paulo Gómez con la Orquesta Partiture Philarmonic -la misma orquesta que acompaña a José Mercé- rindiendo tributo a Sarasate y a sus arreglos de óperas conocidas para violín y orquesta -Sarasate Il Divo- con la hermanísima, Elena Mikhailova, de solista. No olvidemos que en 2018 se celebra el 110 aniversario de la muerte del compositor navarro.

Con todo esto y más, está claro que Carmen sigue siendo tendencia, no pasa de moda, y la sociedad prefiere quedarse con la parte estética y no con la del discurso que esconde una trama más que caduca. Para todo lo demás, siempre nos quedará Paz Vega que es guapa, amable y además actúa bien.

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