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¿Algo que añadir?

La esencia del periodismo es contar la verdad en aras de garantizar la libertad.

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En pleno trance de lo que todos conocemos como periodismo tradicional, por nombrar tan sólo uno de los sectores donde no sólo el azote de la crisis económica ha golpeado con más fuerza, sino que ésta ha ido bien acompañada de una profunda fragmentación social y de valores, va y fallece el director que al frente estaba del Washington Post en pleno proceso del Watergate.

Todos ustedes habrán leído infinidad de artículos, ensayos o novelas al respecto, o habrán podido ver largometrajes como el de Alan J. Pakula, Todos los hombres del presidente, donde unos magníficos Robert Redford y Dustin Hoffman daban vida, respectivamente, a los periodistas del Post Bob Woodward y Carl Berstein.

Tuve, por cierto, el privilegio –hace ya unos cuantos añitos– de asistir a una de las charlas que ofreció Woodward al hilo de aquellos cursos que la Universidad Complutense organizaba antaño en El Escorial. Todavía recuerdo las anécdotas relatadas y cómo destacaba el protagonismo fundamental de su director de entonces, Ben Bradlee. Recuerdo nítidamente también cómo una servidora mantuvo sus ojos abiertos como platos y los oídos bien afinados. Era una postadolescente a la que realmente impactaban aquellas palabras.

Porque, además, sin la confianza, el arrojo y el rigor de alguien por encima que te da no sólo la libertad sino el estímulo suficiente para seguir adelante con la noticia en cuestión, sin obviar nunca lo que debería seguir siendo el código sagrado y básico, es decir, la contrastación de la información de fuentes mínimamente fiables, no habría sido posible conseguir lo que sin duda fue el scoop del siglo.

Las averiguaciones que Bradlee impulsó no sólo derrocaron el Gobierno de Nixon, sino que sirvieron para clamar al mundo entero que la esencia del periodismo era contar la verdad en aras de garantizar la libertad. Sin más.

Decía, al comienzo de esta pieza, que justo se iba Bradlee en un momento donde, en España por lo menos, lo de cotejar informaciones es casi ya algo francamente exótico, donde la noticia-tweet vuela con unas alas frágiles y ligeras de equipaje y planea a una velocidad tan rápida como, en ocasiones, voluble.

"Tuve que echar a un periodista de The Washington Post –apuntó el exdirector– porque puso en boca de Robert Kennedy algo que éste pudo haber dicho pero que jamás pronunció". Así, sin entrar muy a fondo de la cuestión, ¿se imaginan algo así aquí?

Algo más. The New York Times ha llevado en su portada el obituario del director más famoso del periódico con el que más ferozmente compite a diario, ¿se lo siguen imaginando?

No hace mucho veíamos un fantástico vídeo promocional en el que Bradlee enseñaba a Woodward a manejar el Washington Post en un iPad, así como a tuitear las noticias, finalizando con un demoledor: "Estos críos piensan que los tweets se tuitean solos".

Y como la vida en sí misma es una dulce ironía permanente, Monica Lewinsky acaba de abrir cuenta en Twitter casi al mismo tiempo en que se iba uno de los maestros del periodismo de raza. Se define como activista social y conferenciante pública –no voy a hacer comentarios al respecto– y ha conseguido hasta el momento más de 70.000 seguidores con apenas tres tuits.

Y francamente, no puedo evitar el pensar el juego que les habría podido dar, seguido de numerosas columnas, quien en su día protagonizara casi tantas portadas como las informaciones que proporcionaba el que fuera el número dos del FBI, Garganta Profunda.

Con un simple "¿algo que añadir?" al final de cada crónica. Suficiente.

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