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‘Rango’: por qué me gusta más el cine de animación que el real

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Rango brilla con luz propia dentro del panorama de la animación digital por varias razones. Su superioridad técnica y visual, evidente casi desde la primera escena que abre la película, es casi lo de menos. Gore Verbinski, que pasa aquí a formar parte de la lista de directores de acción real que experimentan con la animación, realiza aquí precisamente eso: casi un experimento en el que recupera su humor surrealista y que, aún respetando la bonhomía necesaria para un producto familiar, se aleja de las coordenadas marcadas por productos para todos los públicos de Pixar o Dreamworks Animation.

Tras abandonar la saga Piratas del Caribe, en la que tuvo que subirse con el barco en marcha y amoldarse a los parámetros del cine de productor, Verbinski triunfa ahora donde Zack Snyder fracasó -con Ga’Hoole-, y donde incluso Michel Gondry se dejó media piel con otro filme fallido como The Green Hornet, por mucho que éste último sea de acción real. Como aquellos y también como Robert Zemeckis, responsable de Polar Express, Beowulf y Cuento de Navidad, Verbinski está aquí con un pie fuera de su tiesto, en el cine de animación, pero al contrario que los dos primeros consigue anular las teóricas dificultades poniéndolas incluso a su favor, y sin que los logros técnicos anulen el encanto de la propuesta, como en el caso de Zemeckis. En efecto, el humor cartoon de Un ratoncito de roer; el barroquismo bizarro de los mejores momentos de la saga Piratas del Caribe; la continua sensación de extrañeza y angustia existencial de un drama infravalorado como El Hombre del Tiempo.... todo ello está presente en Rango, una rara avis en el cine de animación; una ensoñación en forma de neowestern en la que Verbinski libera todo su potencial y da, atención, uno de los primeros espectáculos del año.

La puesta en escena en Rango, así como el detallismo y surreal diseño de los personajes, alcanza cotas superlativas en diversas escenas. Todas ellas dan cancha a un grupo de profesionales de primera categoría para que den rienda suelta a su creatividad. Hans Zimmer ofrece otra partitura brillante y hasta experimental (y van varias en menos de un año) mientras el director de fotografía Roger Deakins (habitual de los Coen y nominado al Oscar por otro western como Valor de Ley) aporta sus conocimientos en la disciplina, visibles tanto en las escenas de interior como de exterior, así como en las abundantes alucinaciones del protagonista. El mesiánico camaleón, mentiroso compulsivo, en busca de sí mismo y de una metáfora, respira igual que el mejor Jack Sparrow de Johnny Depp -un héroe que es, en esencia, un fraude-, sólo que ahora reforzado con un coro de búhos mariachis.

Es por eso una lástima que, pese a todo lo señalado más arriba, el ritmo de la narración sea altamente irregular y en ocasiones peligrosamente lento (¿acaso no lo era Sergio Leone?), que el aliento poético de la historia a veces no vaya de la mano de su humor grotesco, y que al final carezca del aliento romántico de un título más sencillo como Enredados. Si así fuera, Rango sería una indiscutible obra maestra, aunque ya les decimos que en esta ocasión los tiros van por otro lado.

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