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'Thor': La grandeza de las historias ridículas

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La noticia de que el británico Kenneth Branagh, acostumbrado a adaptaciones modernas de Shakespeare, dirigiría una cinta de superhéroes Marvel como es Thor despertó incredulidad e ilusión a partes iguales. O no tanto: el material ideado por el gurú Stan Lee admite una interpretación shakesperiana -ya presente en los comics- que Branagh explota hasta casi sus últimas consecuencias, llevándose a su terreno la adaptación del personaje de una manera que roza el desafío con los cánones industriales que la férrea productora Marvel viene imprimiendo a sus adaptaciones.

Con esto quiero decir que Thor (estreno el 29 de abril), funciona plenamente como cinta de género y a la vez da dos pasos hacia atrás para observarlo con detenimiento y hacerle coger algo de aire, una vez éste se ha instituido como tal hace ya varios años. Branagh, gracias a Dios (el del Trueno u otro) no ha hecho una reflexión intelectual sobre el mismo. Pero tampoco se ha limitado a facturar una cinta de acción más, como fueron la lamentable Iron Man 2 o la espectacularísima El increíble Hulk, de Louis Leterrier. Thor es, además de esto, una perfecta mixtura entre temas graves shakesperianos y la bellísima levedad pop de un tebeo Marvel, o como dice el personaje que interpreta el excelente Stellan Skarsgard en un momento de la cinta, un perfecto ejemplo de la grandeza de las historias ridículas, puesto en escena por Branagh con una sencillez que revela el profundo entendimiento de ambas disciplinas, la del cómic y la alta literatura, y sin duda del cine.

Verdadero festín de traiciones familiares, amores imposibles y amistades inquebrantables, desde esta óptica todo engrandece la película de Branagh, se la aborde desde donde se la aborde. En ella encontraremos el sentido del humor, el optimismo y la bondad de la que aún es la mejor fantasía superheroica plasmada en el cine, el Superman de Richard Donner que protagonizó Christopher Reeve, de la cual recoge también la importancia de la fantasía y la imaginación en la reproducción del reino de Asgard. Pero también el nuevo público podrá rememorar las escenas de batallas de El Señor de los Anillos (como la que transcurre en la Tierra de los Gigantes, al principio de la cinta) y el espectáculo de músculo más palomitero exigible a una gran producción veraniega, como la batalla contra el Destructor en pleno desierto (demorada hasta el final y resuelta con una brevedad y sentido de la épica casi grandioso: el Dios del Trueno recuperando por fin su martillo sacrificándose como mortal...).

Pero donde Thor sorprende en su larga sección central, que Branagh dedica casi íntegramente a desarrollar sus personajes, ya sea en el reino de Asgard o en el pequeño pueblo de Oklahoma donde aterriza el desterrado Dios del Trueno. Branagh delega en sus actores y consigue que casi todos ellos acaben teniendo su oportunidad en la cinta, todo ello mientras su habitualmente inquieta cámara (¿recuerdan los histéricos travellings de su Frankenstein?) busca nuevos espacios y encuentra nuevos ángulos para inyectar dinamismo a la colorida aventura, y se dedica a narrar la historia como si de una comedia (en la Tierra) o un intenso drama palaciego se tratase (la sección en la que seguimos el trágico destino de Asgard).

Lo dicho: probablemente Thor no es la mejor cinta de superhéroes de la historia, pero tampoco lo necesita. Es un verdadero gustazo.

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