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'Un dios salvaje'

Un dios salvaje es una fiel traslación cinematográfica de la obra teatral de Yasmina Reza, quien ha colaborado con el propio director, Roman Polanski, en la adaptación del libreto del filme que nos ocupa. En menos de ochenta minutos, tanto la parisina como el polaco disparan contra todo y contra todos en una sátira puñetera y venenosa, aunque al final conciliadora (relativamente), sostenida exclusivamente por cuatro actores casi en estado de gracia.

Un dios salvaje convierte un apartamento de Brooklyn en un verdadero campo de batalla después de que un McGuffin aparentemente anecdótico, una pelea violenta entre dos niños, reúna en el mismo salón a los padres de la víctima y los del agresor. A partir de ahí, las dos parejas se enzarzan en una discusión inabarcable, tan inicialmente incómoda como progresivamente desquiciada, en la que se ponen de manifiesto todas las hipocresías y tensiones de la sociedad moderna, y que es servida por Polanski con su habitual sarcasmo.

La sátira, literalmente, no se deja nada en el tintero. Los roles sociales, sexuales, de género, de clase, políticos... todos ellos sirven a Polanski para canalizar el fluído diálogo y estructurarlo hábilmente en torno a las competiciones, alianzas inesperadas y confrontaciones de los cuatro personajes, para dar testimonio de sus hipocresías y añadir capas y capas a la película. Valiéndose de cuatro actores excelentes y bien elegidos (aunque Christoph Waltz y John C. Reilly están mucho más cómodos que ellas), Un dios salvaje es una comedia venenosa que cuestiona todos los principios morales de una sociedad construida en base a apariencias y no a verdades.

Pero lejos de conformarse con esto, es decir, con la traslación más o menos óptima de una obra teatral, y más allá de las evidentes coincidencias de Polanski con Reza en cuanto a contenido y mala baba, Un dios salvaje se reivindica y se justifica como una constatación de la extraordinaria salud cinematográfica de su director, que hace apenas dos años presentó el estupendo thriller El Escritor. Hablar de un regreso del cineasta polaco sería algo exagerado, pero lo que sí parece cierto es que tras El pianista (2002), Polanski parece vivir renovados aires creativos, algo visible en la puesta en escena de Un dios salvaje, que es de todo menos indolente y teatral, y en la que el cineasta aprovecha la limitación espacial y temporal de la obra para, precisamente, sacar el máximo partido a todos los elementos cinematográficos a su alcance. Desde la música del valoradísimo Alexandre Desplat hasta la fotografía y el diseño de vestuario, Un dios salvaje resulta un sólido ensayo fílmico de aprovechamiento del espacio, de ritmo cinematográfico, en el que no hay un plano igual a otro, y en el que todo parece dispuesto a reforzar las interpretaciones de su gran cuarteto actoral.

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