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'La invención de Hugo'

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Recuerdo asistir al saturado pase de prensa de La invención de Hugo hace cosa de un mes, imbuido de un moderado entusiasmo. Promocionada como la primera película infantil y en 3D de su realizador, Martin Scorsese, la mezcla de esos dos factores se anticipaba tan extravagante como prometedora. Ahora, la película llega a nuestras pantallas, de manera nada casual, el mismo fin de semana en los que se celebran los Oscar de Hollywood, una gala en la que todas las apuestas apuntan a que The Artist batirá no sólo a la presente cinta, sino también al más modesto drama familar Los descendientes. Mi entusiasmo por La invención de Hugo, debo decir, no ha disminuido con el paso de las semanas.

Tanto la cinta de Scorsese como The Artist coinciden en su apuesta por recordar y reivindicar el cine como artefacto primigenio para encarnar sueños, enlazar con nuestra memoria colectiva y emocionar al personal. En el proceso, el realizador demuestra, como era de esperar, que domina los resortes de una aventura familiar e infantil más o menos arquetípica, un género que aborda por primera vez en toda su carrera. En La invención de Hugo hay un huérfano, un misterio y una historia que de manera episódica adquiere tintes aventureros, y que complacerá a un público mayoritario (lo que no equivale a decir sin gusto). El tono es amable e incluso sentimental, apto para todos los públicos, sin que el pastel llegue a dominar el tono general de la aventura. No obstante, a medida que la ésta avanza, crece en intensidad y densidad, y se aproxima progresivamente a lo que le realmente le importa al realizador neoyorquino, que es en primer lugar servir en bandeja un homenaje al cine de Georges Méliès y a su legado cinematográfico, y en segundo -y casi diríamos que sobre todo- hacerlo bajo un prisma marcadamente simbólico, autobiográfico, y necesariamente personal.

Claro, que todo esto el director de Inflitrados o Taxi Driver lo logra encadenando secuencias brillantes tanto por su componente de puro espectáculo como por la hondura que aparejan. En los diez primeros minutos de película, y antes de que su título aparezca impresionado en la pantalla, La invención de Hugo sorprende al espectador con un largo prólogo que sólo puede ser calificado de cautivador, trepidante y emotivo. La cámara de Scorsese sigue a Hugo en su búsqueda de historias que mirar, y se introduce entonces en cada recoveco del escenario, pasando a través de nubes de humo y vapor, captando de manera preciosista hasta la última mota de polvo flotando en el ambiente, y sobrevolando rápidamente la estación parisina en la que se desarrolla casi la totalidad de la acción. Sin embargo, no hay en ella rastros de histeria o saturación pese a la eficaz tridimensionalidad de sus imágenes. La pasión y la melancolía con las que Scorsese impregna la fábula, su exuberancia visual, cristalizan después en una narrativa serena y firme, repleta de una simbología erudita, en la que Scorsese trenza realidad y ficción, nos introduce en un sueño infantil que parece ser el suyo propio.

La invención de Hugo, pese representar un cambio de género inesperado en su autor, lleva la marca de éste por los cuatro costados. Scorsese somete el género a sus propios dictados, y no viceversa, y con ello le inyecta una necesaria dosis de autoestima. Y al igual que en el resto de su obra, el director se sirve de manera apasionada de cada uno de los elementos cinematográficos a su alcance para, de alguna manera, convertir el cine en una experiencia vital estimulante en lo sensorial y lo intelectual. La fotografía de Robert Richardson, el montaje de Thelma Schoonmaker, el diseño de producción de Dante Ferretti o la música de Howard Shore, todos ellos colaboradores habituales del autor, convierten La invención de Hugo en un sueño impreso en celuloide y píxel, y sobre todo, en un espectáculo cinematográfico de primer orden. El realizador dosifica con acierto las apariciones de los numerosos personajes secundarios (destacando un Sacha Baron Cohen más comedido que de costumbre, tanto por la interpretación del actor como por el tratamiento que le dispensa el guión de John Logan), y con ello inyecta a la historia original las digresiones habituales en su cine, que acaban enlazándose, como también es habitual en él, de manera muy habilidosa. La invención de Hugo es una película destinada a perdurar, y que probablemente es lo mejorcito que ha filmado su realizador en bastantes años.

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