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Crítica: 'Snowpiercer (Rompenieves)', con Chris Evans

La película, una coproducción entre Corea del Sur y EEUU, es un espectáculo fenomenal lleno de significado.

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Snowpiercer cambia las reglas del juego. Sin salirse dentro de los parámetros del cine de puro espectáculo, el director coreano Bong Joon-ho repite la jugada de The Host, su anterior filme en el género de la ciencia ficción, multiplicando por dos el alcance (mitológico, simbólico, cinematográfico) de la jugada. Basada en un cómic de Jacques Lob y Jean-Marc Rochette, Snowpiercer plantea un futuro distópico en la que los únicos supervivientes de un Apocalipsis climático malviven en el interior de un tren condenado a dar vueltas a través de un paraje congelado. El interior de ese tren es un fiel reflejo de la sociedad actual, con toda una masa de explotados que malviven hacinados en los vagones de cola, y un pequeño grupo de privilegiados acomodados en los primeros vagones. A los diez minutos de película, comienza una revolución.

Si no se creen la parábola ecologista y social evidente que subyace tras la sinopsis, esta vez no pasa nada. La película es como el tren que le da título, un verdadero mercancías de acción, tiroteos y peleas que avanza siempre hacia delante y a toda velocidad pero sin sacrificar matices, incertidumbres, interpretaciones. Bong Joon-ho crea un ecosistema argumental complejo sin necesidad de detenerse a contarlo, aderezando la acción con confrontaciones, persecuciones y tiroteos abundantes, y sumando a todo capas de humor negro (en ocasiones nada fino) en una epopeya social que navega entre la visceralidad y violencia descarnada del cine coreano y la franqueza de una propuesta occidental. Pero cual Matrix de los Wachowski, Snowpiercer es una película universal, tiene tantas capas de mensaje y todas funcionan tan bien que al final acaba dirigiéndose a todos los espectadores.

Y lo hace, además, con estilo. La película utiliza los vagones como episodios narrativos semicerrados, casi como si fases de un videojuego se tratase. Sus protagonistas, liderados por Curtis (excelente Chris Evans, atención a su monólogo final) avanzan desde la sección de cola hacia delante hasta llegar a los primeros vagones, donde se encuentra una máquina "eterna" que se retroalimenta y cuyo control define el triunfo o fracaso de la revuelta. Se trata de una estrategia argumental que se revela fascinante y visionaria, pero a la vez de simple ejecución, y que la película sabe explotar al máximo. Por el camino, los protagonistas sufren bajas mientras el ritmo del largometraje se hace más intenso, pero también crece el misterio: progresivamente descubrimos el calado del enigma que se esconde en Wilford, el misterioso personaje que habita tras la última puerta. Semejante encapsulamiento narrativo no deriva en falta de unidad, y cada vagón del Snowpiercer sube la intensidad del anterior en un magistral ejercicio de acción y suspense. La película es un verdadero disparo.

Pero lo mejor no es eso, ni siquiera la limpia planificación del director coreano, o su extraño sentido del humor (atención a la escena del vagón de sushi, o la que sucede en una guardería). Según progresa la acción, Snowpiercer plantea dilemas éticos, morales, sociales, que ubican la película en el camino del héroe más tradicional, solo que esta vez con un pie en el cine social y la lucha de clases. El simbolismo social está presente en cada esquina, en cada idea, pero no ahoga la narrativa de Bon Joon-ho, un director que no tiene miedo de la colisión de estilos, de mensajes, y que dirige la película a toda velocidad hacia una explosión final que es una catarsis épica repleta de esperanza. Estamos ante una de las joyas del año.

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