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Crítica: 'Godzilla' (2014)

Por fin, Hollywood pare la película que el monstruo nipón merecía. El novato Gareth Edwards, promesa del cine.

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La nueva versión de Godzilla encomendada al director novato Gareth Edwards llega prometiéndolo todo. Tras unos excelentes tráilers que privilegiaban el suspense y cierta sensación de conspiranoia que, efectivamente, se alejan de la aproximación festiva de Emmerich en los noventa, la expectación en torno a lo que parecía una nueva muestra de falta de originalidad en Hollywood fue creciendo. La película ha ido ganándose -a priori- el respeto de la base de fans del lagarto nipón y el interés del público masivo de internet hasta casi el momento de su estratégico estreno en temporada veraniega. Una vez vista Godzilla, cinta preñada de secuencias brillantes y de una elegancia inusitada en el transitado blockbuster veraniego, desde luego Edwards cumple lo prometido, es decir, combates de monstruos y destrucción urbana a tutiplén. Ahora bien, ¿lo hace con la brillantez anticipada? La respuesta es... en cierto modo, pese a algunas importantes lagunas.

La acción arranca en los años sesenta, con las pruebas nucleares en el Pacífico (y unos títulos de crédito fascinantes) para saltar rápidamente a finales de los noventa, cuando una serie de temblores sísmicos de misterioso patrón amenazan la establidad de una central nuclear en Japón... y desencadenan una tragedia que rompe en dos a una familia americana. De ahí saltamos a la actualidad, con los mismos patrones repitiéndose, y el mismo núcleo familiar -si bien diezmado y separado por años de locura y distancia- a punto de descubrir la pieza que no encajaba. O mejor dicho, piezas...

Lo mejor de Godzilla es que todo en la película delata cierto desinterés en algunas fórmulas trilladas del blockbuster, esas que le han sumergido en los abismos del desprecio crítico. El espectáculo de fuegos articificiales es enorme y la escala de la acción, gargantuesca, pero las apariciones de la bestia se demoran más de lo debido y el tono es más pausado de lo habitual. De la misma manera, la espléndida y clásica banda sonora del francés Alexandre Desplat se aleja del estruendo de otros autores habituales en macroespectáculos de acción. El joven director Gareth Edwards parece más interesado en aclarar que el motor del relato son ciertas consideraciones sobre el lugar del hombre en la cadena evolutiva, sobre el orden natural de las cosas, y la necesidad (o no) de repetir acontecimientos del pasado, tanto a nivel íntimo y personal como en términos históricos, sin tampoco cargar las tintas pero dotando de un tono más oscuro y adulto al relato. El fantasma de Hiroshima que dio lugar a la historia original navega, de nuevo, por el trasfondo de una historia focalizada en las personas y en los recursos desplegados para detener a la amenaza.

Por eso, la elegante puesta en escena de Edwards, realizador que ha saltado del indie al blockbuster a golpe de dedazo, no parece obsesionada con la destrucción urbana sino más bien por respetar un código propio, una serie de reglas autoimpuestas por el propio director para adoptar un punto de vista humano, más "pequeño" y humilde de lo habitual en este tipo de largometrajes. El resultado en este sentido es una pura maravilla, un conjunto de escenas con vocación spielbergiana que recuerdan a algunos de los mejores momentos del director de Ohio, ya sea en filmes como Tiburón (cada una de las apariciones marítimas), Encuentros en la Tercera Fase (el show de luces de la "resurrección" del Muto en Japón) o por supuesto, Jurassic Park (la del puente, por ejemplo), y que por tanto privilegian el suspense y el "sense of wonder" de aquellas por encima de la exhibición de medios.

Créanme que esto no es moco de pavo, y podría asegurarse que se trata de una decisión temeraria a estas alturas del cuento. A Edwards no le importa esconder al monstruo cuando es necesario, o incluso saltarse secuencias de destrucción atractivas, como la que tiene lugar en Las Vegas, para pasar a mostrar sólo sus consecuencias, el rastro de desolación y cascotes dejados por el monstruo, sin que medie la excusa de falta de presupuesto. Algo que sin duda desafiará las exigencias de buena parte del público... y por eso, para algunos entre los que me cuento, multiplica el interés de la marcianada. Eso, y su apuesta clara por el suspense, tanto en secuencias determinadas (se me ocurre la que abre la película, en la central nuclear) como en las propias intenciones del relato, que no desvela la totalidad de sus cartas (por muy limitadas que éstas sean) hasta bien avanzado el metraje, configuran un blockbuster a contracorriente, decididamente elegante y adulto aunque, desgraciadamente, fallido en algunos extremos. Godzilla es un filme irregular pero interesante en el peor de sus momentos, aunque cuando acierta -lo hace a menudo- resulta simplemente fascinante, incluso en sus aspectos más claramente extraños de su mitología. Que me corrijan los especialistas en el lagarto de marras, pero película abraza el legado nipón del kaiju, sus aspectos más grotescos (spoiler: dos monstruos besándose) con más fruición de lo que aparenta.

El gran problema de Godzilla sucede en otro área, en el de sus personajes, y no tanto en cuanto en su desarrollo o las interpretaciones de su elenco, siempre en el campo de la pura y dura corrección, aunque desgraciadamente sin muchas sorpresas. Sin ánimo de revelar nada de la cinta, existe cierto despiste en las motivaciones del relato una vez desaparece de la historia un personaje clave en la misma, uno que -de hecho- llevaba la voz cantante en lo que hasta entonces era el meollo melodramático de la historia. Uno siente la necesidad de cierto relevo, de una identificación sentimental que nunca llega a producirse, y que debería tener lugar justo cuando llega la hora de pisar el acelerador, de que la película se transforme en el mastondonte que -reconozcámoslo- todos ansíabamos que fuera. La película de Edwards no consigue hacer bien ese tránsito y pierde emoción por el camino, se olvida de cierta sustancia emocional que, hasta entonces, complementaba bien el desarrollo.

Pero, honestamente, tampoco es una herida mortal: el interés de Godzilla está ya en otro orden de cosas, en el puro y duro espectáculo, en los guiños a la ciencia ficción clásica (la sencillez y fluidez de su desarrollo remite a propuestas más modestas, y esto es un halago) y en ciertos apuntes fascinantes que afectan a la caracterización del monstruo, cuyo lugar en la historia cambia respecto a lo esperado: Godzilla existe como personaje, y no, tampoco estamos ante un villano sui generis. Pese a sus asperezas, estamos ante la genuina "monster movie" y un espectáculo que magnifica un género inmerecidamente denostado.

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