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Crítica: 'Grace de Mónaco', con Nicole Kidman

El biopic de Grace Kelly protagonizado por Nicole Kidman es un cuento de hadas anticuado y poco apasionante.

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Definir Grace de Mónaco como una película menor es pecar de generoso. Pero eso es lo que es el nuevo trabajo del francés Olivier Dahan, autor de otro relato biográfico como fue La vida en rosa, sobre la vida de Edith Piaf, que le dio el Óscar la mejor actriz a Marion Cotillard. La película, que ha tenido problemas con su distribuidor americano, el temible Harvey Weinstein (no ha sido el único: el productor también le ha metido la tijera a la muy superior Snowpiercer, pero eso es otra historia), aborda en forma de cuento de hadas uno de los episodios trascendentales de la vida de Grace Kelly, aquel que le ganó la categoría de princesa en el Principado de Mónaco una vez consumado su matrimonio con Rainiero (Tim Roth). Pero sobre todo, ofrece una buena oportunidad a su estrella, Nicole Kidman, para demostrar que retiene la belleza y cualidades interpretativas que le reportaron la fama allá por los noventa.

Decíamos que "cuento de hadas" es la expresión más repetida a lo largo del metraje, afortunadamente no demasiado extenso, de Grace de Mónaco. Se trata de una manera como otra cualquiera -sutil como una patada en la pierna- de aclararnos que no estamos ante un relato biográfico al uso, sino ante una interpretación ficcional de unos hechos reales. No es eso lo que le quita mérito a la versión de Dahan, al menos no tanto como su levedad narrativa, su visualización enfática (el uso de primerísimos primeros planos cada vez que una lágrima asoma por los ojos de Grace, lo que sucede a menudo), y en definitiva la carencia de interés en su conflicto, en el que confluye la crisis de identidad de una actriz interpretando el papel de su vida, el de princesa, con el bloqueo de De Gaulle al Principado durante el conflicto con Algeria.

Al guión de Grace Mónaco no le falta foco, ese no es el problema. O al menos el principal. La película no pasea por la vida de la biografiada como como una exhalación, como sí hacía la también reciente (e igualmente terrible) Mandela: Del mito al hombre. Dahan ciñe bien la acción a los supuestos hechos reales que narra, y lo hace rápido, pero no puede evitar que la fiesta parezca un solemne, afectado y kitsch baile de disfraces. La presencia de personajes como Alfred Hitchcock (Roger Ashton-Griffiths) o Maria Callas (Paz Vega) no facilita la digestión de un drama de sobremesa sentimental, solemne y cursi, que promete pero nunca ofrece nada. La banda sonora es enfática y ominipresente, la fotografía tan suave y repleta de blancos cegadores que hace que la de Kaminski para Spielberg sea un prodigio documental. Dahan recurre en mil ocasiones a espejos para "reflejar" las complejidades de una mujer heroica, pero sólo enfatiza el simplismo de un relato mucho más interesante en sus breves interludios políticos (la crisis con Francia manejada por Rainiero) que en todo lo que hace referencia al supuesto núcleo del mismo, las luces y sombras de la vida de Grace Kelly en Palacio, o el privilegio y el drama de formar parte de la leyenda. Queda claro que el relato de Dahan hunde sus garras en el cuento de hadas, pero que Grace Kelly salve Mónaco (y un orfanato) con un discurso que arranca una lágrima al mismísimo De Gaulle es un truco al que ni siquiera recurrió un cuento de verdad, El Mago de Oz.

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