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Crítica: 'Big Bad Wolves'

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Juzgar Big Bad Wolves por la publicidad gratuita que le ha hecho Quentin Tarantino, que la ubicó directamente en el primer puesto de sus favoritas de 2013, sería hacerle un flaco favor al trabajo de los israelíes Aharon Keshales y Navot Papushado. Lo cierto es que no extraña nada que el director de Pulp Fiction haya caído rendido a la película: se trata de un thriller extraordinariamente tenso cuya imprevisibilidad, violencia y humor negro recuerdan de una manera u otra a su propia filmografía, aunque también a la de otros compinches suyos como Eli Roth (Hostel), por razones que mejor dejo en el tintero. Pero partiendo de esta base, utilizada por la práctica totalidad de la crítica a la hora de abordar la cinta (y válida como cualquier otra), habría que aclarar dos cosas. La primera, que estamos ante un trabajo que contiene bastantes méritos propios como para ser valorado aparte de la vida y obra del director norteamericano, algo que sólo puede ser interpretado como un elogio. Lo segundo no lo es tanto, ya que viene a rebajar un poco las expectativas sobre Big Bad Wolves, una película muy buena y -sobre todo- extraordinariamente bien rodada, pero que cuyo reconocimiento podría salir perjudicado por cierta desmesura a la hora de alabar sus virtudes.

Aunque quién soy yo a la hora de valorar opiniones ajenas sobre Big Bad Wolves, una historia de venganza y justicia protagonizada por tres hombres: el padre de una niña brutalmente asesinada, el policía encargado de atrapar al pedófilo delincuente, y el principal sospechoso de los crímenes, un profesor que ciertamente las va a pasar canutas. Tras un primer tercio inquietante, en el que Keshales y Papushado parecen narrar la confluencia de los tres caracteres como si fuera un seductor ballet (ayuda mucho la extraordinaria banda sonora de Haim Frank Ilfman), la película encierra a los tres lobos en un sórdido sótano encadenando secuencias de tortura, humor y sorpresas. Big Bad Wolves equilibra con diabólica brillantez comedia negra y mal rollo, demostrando el buen pulso de sus directores para generar interés e inquietud más allá de la pura y dura sinopsis que nos entregan. Con muy pocas piezas y un ritmo pausado, pero constante, la película encadena giros que sostienen el interés y generan un suspense que crece y crece hasta el desenlace, jugando con la violencia pero también el rol que desempeñan los tres personajes de la historia. Pese a esa simplicidad aparente, Big Bad Wolves tiene esa clase de imprevisibilidad de las historias de Tarantino, que utilizan claves establecidas de géneros bien conocidos (aquí el thriller y el terror, variedad torture porn) para juguetear y abordar nuevas perspectivas, y sobre todo, un salvaje sentido del humor negro, perverso, negrísimo e implacable.

El problema es que tras ese innegable músculo visual y narrativo, del juego con el canon y la seducción operística de la puesta en escena, tampoco nos queda tanto para llevarnos a casa tras el giro final de los acontecimientos. Big Bad Wolves es, efectivamente, un caramelo para los fans de Tarantino, un thriller que compagina lo pausado con lo extremo, que sitúa a Aharon Keshales y Navot Papushado como dos soberbios directores, que nos ofrece tres historias negras por el precio de una. Pero da la impresión de que demasiado de su sustancia se fundamenta en el estilo y la violencia, sin que la película deje esa brutal huella que nos anunciaban las críticas festivaleras.

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