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Crítica: 'Black Mass. Estrictamente criminal', con Johnny Depp

En 'Black Mass', Johnny Depp se reivindica como actor "serio" componiendo un estupendo villano.

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El transformismo de Johnny Depp encuentra su cénit y definitiva justificación en Black Mass: Estrictamente criminal, un thriller basado en hechos reales que se ha anunciado como el gran retorno de su protagonista al cine "serio" tras una larga fiesta instaurada, pero no iniciada, con la saga Piratas del Caribe (que, por cierto, continuará este año con la quinta entrega, que acabará amasando mil millones para Disney pese a la desconfianza general; y si no me creen, al tiempo). Basada en el relato periodístico de Dick Lehr y Gerard O’Neill, que aparecen en un algún punto bien avanzado de la trama, la película de Scott Cooper navega a dos aguas entre el ascenso criminal de James 'Whitey' Bulger, que acabaría siendo el más peligroso gangster de la mafia irlandesa en Boston, y la del agente del FBI John Connolly (Joel Edgerton), principal artífice de uno de los fenómenos más degradantes en la historia criminal americana.

Como vehículo para Depp, desde luego que Black Mass cumple con creces. Nunca sobreactuado, siempre amenazante, el actor aborda sin aparente dificultad la representación de un monstruo más verosímil que hemos visto este año. El de Eduardo Manostijeras sabe establecer una conexión entre losrasgos humanos de 'Whitey' (su relación con Sidney y el amor a su hijo) y todos aquellos que indican la presencia de una serpiente, un verdadero psicópata al acecho a partir del segundo acto. Y conecta esa caracterización (las lentillas azules, la marcada calvicie del personaje: el parecido al maquillaje de Gary Oldman en Drácula no puede ser casual) en una composición que, de verdad, inspira genuino terror, sin posibilidad de chiste alguno. La cámara de Scott Cooper acierta a retratar esos estallidos de violencia sin regodeos, pero con firmeza, aunque lo mejor llega con las nada taimadas amenazas de Bulger a sus amigos y conocidos (ese instante con la esposa de Connolly, en la habitación de ella), instantes en los que Depp se transforma en un verdadero Hombre del Saco demostrando talla como actor de clase A. El maquillaje es el personaje, y apenas nos percatamos que estamos viendo al mismo bufón de Mortdecai.

Adaptándose a la filosofía del propio Bulger, firme creyente del "si nadie lo ve es que no ha pasado", toda Black Mass obedece a la la filosofía del "menos es más". Un rasgo loable y coherente que esconde también el gran handicap del filme. Y es que, pese a que su doble función como vehículo para Depp y competente drama criminal, sólo éste y la atmosférica y tensa banda sonora de Tom Holkenborg, alias Junkie XL, acaban siendo lo único incuestionablemente memorables. La culpa es de Scott Cooper (Corazón Rebelde), cuya eternamente correcta labor, absolutamente devota de sus actores, carece de ese chispazo final que separa un buen filme de uno mejor. Black Mass se conforma con ser, al final, un más que correcto noir que nunca acaba de ser genial, una suerte de prolongación de esa recuperación del thriller de los 70 según el libro de estilo Ben Affleck (The Town, Argo) que no maravilla por, precisamente, su ausencia de sentimiento, por mucho que este rasgo sea coherente con la alcantarilla moral que retrata. Sin el impacto emocional de Mystic River ni la intensidad de Infiltrados (hablando claro: ni siquiera Cooper da un duro por la supuesta amistad de Connolly y Bulger) Black Mass resulta un filme negro y sobrio, bien estructurado pero menos generoso y complejo que los anteriores (el uso de los varios narradores nunca perjudica la fiabilidad de lo narrado).

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