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Oscar 2017: la gran equivocación de Warren Beatty y el Oscar a 'Moonlight'

Todo iba sobre ruedas para La La Land hasta que a Warren Beatty le dieron el sobre que no era...

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Así fue la gala de los Oscar

Dicen que la primera ceremonia de los Oscar, concebida en 1929 como una cena privada en el hotel Roosevelt, duró apenas quince minutos. Un contraste perfecto con lo que es ahora la gala de premios de una industria millonaria, la del cine, convertida en un gigantesco show televisivo en el que se juegan 500 millones de dólares en promoción y publicidad (pese a una audiencia televisiva, por cierto, decreciente) además de un sustancioso incremento a los ingresos en taquilla para las ganadoras.

Todo fue bien hasta el último minuto. Nada hacía presagiar lo que se iba a formar cuando Warren Beatty y Faye Dunaway, que subieron al escenario para dar el premio a la mejor película, leyeron lo que resultó ser el sobre equivocado. Tras abrir el mismo, Beatty pasó la tarjeta que contenía a Dunaway, que convencidísima gritó La La Land... cuando -entonces se estaba fraguando el error- el ganador era Moonlight. Al actor le dieron un sobre repetido con la candidatura ganadora de Emma Stone, anunciada dos minutos antes, precisamente por La La Land… y su pausa de confusión fue interpretada como un "gag" por su compañera de reparto en Bonnie and Clyde, que no dudó en adelantarse y anunciar el ganador que resultaría ser equivocado.

Segundos después, y con todo el equipo de la película musical de Damien Chazelle en el escenario, el propio productor de La La Land Jordan Horowitz, después de que se corriera la voz de los auditores de PriceWaterhouseCoopers, trató de enmendar la situación. "¡Esto no es una broma!", gritaban los custodios ante unos atónitos Beatty y Jimmy Kimmel, que trataron de tomárselo con sentido del humor y evidente cara de póker. El propio Beatty explicó segundos después la situación sin que el asunto pasara a mayores, al menos sobre el escenario, aunque tanto da: ya no se hablará de otra cosa durante todo el día. Durante toda la semana. Durante todo el año. El comportamiento del equipo de La La Land fue, de todas formas, encomiable. No se pierdan el baile de rostros al fondo del escenario, con los auditores corriendo la voz en el equipo de película de que no, el Oscar no es para ellos.

Fue la guinda escandalosa y chocante a una gala, la número 89, bastante bien conducida y sin duda menos aburrida que las precedentes. Y no, a diferencia de la primera ceremonia de los Oscar, no duró precisamente un cuarto de hora, por mucho que los más de 240 minutos de mayúsculo show televisivo no fueran ni peores –ni mejores- que otros selfies recientes de la industria. Salvo, eso sí, por el In Memoriam más abrumador y tremendo que un servidor recuerda (y en el que no se pudo incluir a Bill Paxton, pero fue mencionado por la presentadora Jennifer Aniston) y un descubrimiento, al menos para el espectador internacional, en forma de un presentador más que competente. Lástima que el desenlace, el más vergonzoso de la historia de los Oscar, oscurezca el resto (si quieren, otro día hablamos de lo que me parece que Moonlight sea la mejor película).

Pero saquemos a colación primero a Jimmy Kimmel, que apenas cobró 14.000 euros por la gala y cuya labor sí fue superior a la de casi todos sus precedentes esta década. Apenas uno de los anteriores, el infalible Hugh Jackman, (2009), pudo igualar la labor de Billy Crystal, todavía hoy el mejor y más prolífico conductor de una gala que necesita desengrasar con humor y movimiento la cadencia de sus 24 premios principales. Kimmel encaraba una tarea difícil en la que pocos, muy pocos, han triunfado (¿alguien se acuerda del desastre de James Franco y Anne Hathaway o la olvidable labor de Neil Patrick Harris y Chris Rock?) pero consiguió sobreponerse a todos ellos sin perder el sabor de su Late Night de la ABC. Y de hecho, conservándolo entero.

Kimmel no cantó ni bailó (el encargado de hacerlo fue Justin Timberlake, que de paso nos quitó de en medio la canción de Trolls) pero es muy bueno con el humor y a ello se dedicó con ahínco. Su monólogo, en el que repartió bofetadas a Matt Damon (con el que mantiene una ficticia pero enconada enemistad) fue excelente y pese a no tener un carácter marcadamente político, sí que fue sutil en todas sus pullas. Y les adelantamos que fueron abundantes. Su enhorabuena a Meryl Streep por una carrera de "mediocres interpretaciones como Memorial as de África o Kramer contra Kramer; (en referencia a las palabras de Trump sobre la actriz); la referencia a la loncha de mortadela de O.J. Simpson (acompañada de una risotada de Mel Gibson unas filas más abajo) y, sobre todo sus ocurrencias (muchas muy sencillas, como tuitear en directo al presidente de Estados Unidos, pero una de ellas verdaderamente magistral: Kimmel desvió un autobús turístico y metió a los visitantes en el Dolby Theatre) fueron lo mejor de la noche. Kimmel consiguió que el mundo entero se preguntase qué diablos pasa entre él y Matt Damon… algo a lo que hay que retrotraerse a casi una década atrás y su famoso "I’m fucking Matt Damon".

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Lo que sí fue la gala 89 de los Oscar es previsible. La La Land, aupada como la película con más nominaciones junto a Eva al desnudo (1950) y Titanic (1997), quiso arrasar pero no lo hizo, con 6 premios (de 14 nominaciones) tras llevarse todo lo que pudo en los Globos de Oro y la mayoría de los premios de los sindicatos. Pero no el de mejor película. ¿Recuerdan pasados años, cuando El Renacido y Spotlight (2016); y 12 años de esclavitud y Argo (2015) se repartieron los galardones? Bien, este año no iba a ser así pese a un equitativo reparto en el que Hasta el último hombre, de Mel Gibson, se llevó dos preseas, o Viola Davis, por Fences, la suya y muy merecida a la mejor secundaria. Pero ahí estaba un filme independiente presupuestado en 1,5 millones de dólares y de tema social, Moonlight, dando la campanada en el último instante, dando lugar a un instante de pesadilla que quedará grabado en la mente de los de La La Land. El vuelco tuvo lugar en el último segundo, y si no que se lo digan a Warren Beatty y Faye Dunaway.

Porque era la favorita, en efecto, pero también el gran enemigo a batir del resto y, por tanto, tampoco una victoria cantada. Al fin y al cabo Moonlight, la segunda a bordo del barco y finalmente la ganadora, venía de hacer pleno en los Independent Spirit (sí, esos premios que tienen lugar en una playa…) apenas 24 horas antes de la gala. ¿Y qué decir de otros títulos como Manchester frente al mar? El drama de Kenneth Lonergan tenía asegurado un triunfo parcial gracias a Casey Affleck y el guión, como finalmente ocurrió. Todo bien repartido.

Damien Chazelle, de todas formas, quedó aupado como el director más joven en ganar el Oscar, con 32 años. Pero no nos engañemos, sin el premio a la mejor película (en la taquilla el asunto es otro: La La Land es la más taquillera: 343 millones de dólares contra los 21 acreditados de Moonlight) los seis Oscar del celebrado musical saben a poco. Y desde luego andan lejos del récord de los once de Ben Hur (1959), Titanic (1997) y El Retorno del Rey (2003).

Pero ahora hablemos de política. Porque la gala en la que al final no triunfó La La Land no fue la del homenaje al musical clásico, si no la del lavado de imagen forzada por la incombustible etiqueta #OscarsSoWhite creada de April Reign, que este año pasado llevó a una importante modificación de las reglas de la Academia. Fue también la del gigantesco "no" a un presidente, Donald Trump, que mantiene ahora su particular pulso con la industria (y con todo el mundo) a un ritmo sincopado de 140 caracteres por minuto. El presidente llevaba siete horas sin tuitear, pero no esperen que el asunto se quede sin comentarios tras el esperpento final.

Pese a que los productores de la gala, Michael De Luca y Jennifer Todd, no alteraron la estructura de la gala, todavía quedaban los cuarenta segundos disponibles para los agradecimientos de los ganadores… donde sin duda se volcó el inconformismo acumulado de presentadores como Gael García Bernal, mexicano, o el speech en nombre de Asghar Farhadi, ausente por el veto de Trump a varios países considerados exportadores de terroristas (segundo Oscar para el iraní por El viajante, sin duda impulsado por esa renuncia). Una gala con política, pero llevada con elegancia y, sobre todo, sentido del espectáculo y diversión... hasta la equivocación final, que elevó a los altares una película de la que, me atrevo a decir, en un par de años nadie recordará.

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