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Crítica: 'Déjame salir', de Jordan Peele

El exitazo sorpresa del terror americano, con 214 millones recaudados sobre un presupuesto de 5, llega a España. ¿Responde a las expectativas?

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Hay gente que parece que ha descubierto ahora, con Déjame salir, que el género de terror suele llevar más o menos implícito (o explícito) un fortísimo componente social. Es cierto que la película de debut de Jordan Peele, componente del dúo cómico Key & Peele, es un filme de terror bien anclado en la realidad actual, en la actualidad más rabiosa, por mucho que los toques fantásticos y el previsible despendole final maticen ese tono realista. Pero si algo eleva por encima de la media del género la película, lo que permite saludar a Peele con cierto entusiasmo como director, no es ese toque social, sino precisamente lo bien que se integra en el entramado de un entretenido thriller de terror que no trata de dignificarse a través de esos elementos, sino más bien sigue justo el proceso contrario.

Porque Déjame salir es un filme comprometido con el cine de género, con su condición de entretenimiento diabólico, que, eso sí, utiliza todo su andamiaje y estereotipos para lanzar una crítica no solo al racismo que, efectivamente, pervive de formas ladinas, sino también a la línea de flotación de la corrección política y "la moda de ser negro". Aquí, los villanos -y creo que no les descubro nada- no son unos paletos rednecks con su motosierra, sino unos profesionales cultivados que se jactan una y otra vez de haber votado a Obama.

Sin la necesidad de convertirse en un show referencial, la película de Peele recoge lo mejor del cine de terror de los 70 y el de los 80 y lo actualiza en formato de microproducción típica del brillante productor Jason Blum (Paranormal Activity, Insidious). Lo que tenemos aquí es una versión paranoica de Adivina quién viene esta noche que acaba derivando en una suerte de mezcla de La semilla del diablo y Saw, y que conserva de manera natural muchas de las características de esas décadas de oro del cine de terror social y el fantástico que fueron esas décadas. Por un lado y como en muchos filmes de Craven, Hooper o Carpenter, su fusión de comedia y suspense surge de manera inteligente y natural, producto de una narración consciente pero consistente, donde tanto la inquietud como los gags nacen de situaciones, fracturas sociales y psicológicas y momentos cotidianos verosímiles que no rechazan de plano el trazo grueso, en esta ocasión la verborrea satírica típica de humoristas negros populares del rol de Lil Rel Howery, el típico "amigo gracioso del protagonista".

Pero el filme va más allá, y el reflejo de las fracturas que perviven, de manera subterránea, en una sociedad avanzada como es la norteamericana (sin recurrir pero no rechazar estereotipos: aquí todos los protagonistas, incluso los de color, provienen de familias "bien" o manifiestan aptitudes artísticas avanzadas, como el propio protagonista encarnado por Daniel Kaaluya) ya estaba presente en ese terror moderno que llevó el monstruo de las montañas de Transilvania a las calles de los plácidos suburbios de Illinois de Halloween (el barrio que vemos en el prólogo de Déjame salir se parece bastante al de Michael Myers).

Peele logra generar tensión en una excelente primera hora en la que la incomodidad y el terror puede surgir de sutiles momentos de terror pero, sobre todo, de los diálogos y la incomodidad (a menudo, un punto hilarante) que se desprende de las situación que se generan de una reunión primero familiar, y después, social. La advertencia inicial, aquí en forma de ciervo atropellado, es un recurso típico y tópico que aquí funciona: no solo da un buen susto al espectador, sino que manifiesta la intención de Peele de no dar puntada sin hilo en las corrientes internas de la película, en la caracterización de su protagonista. Incluso en su tramo final, el más flojo de la función por apresurado y meramente funcional en su descripción de la violencia, Peele consigue hacer verosímil algo descabellado... o quizá no tanto. En efecto, Déjame salir, al fin y al cabo una ópera prima, con la creación de esa magistral imagen metafórica de la opresión del hombre blanco sobre el negro, recluido en algún lugar de la conciencia (y, atención, también de los fantasmas que estos mismos no logran expiar, como ese trauma materno que arrastra el protagonista), sin ser una obra maestra, se merece el prestigio y la excelente taquilla obtenida.

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