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Crítica: 'The Limehouse Golem', con Bill Nighy y María Valverde

Marx es uno de los sospechosos de los crímenes de el Golem de Limehouse, un psycho-thriller ambientado en la época Victoriana.

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Hija mestiza del horror victoriano de Dickens y el asco contemporáneo de Seven, The Limehouse Golem trata de combinar varias clases de hediondez, la moral y la física y aquella capaz de impactar tanto en la Revolución Industrial como en la tecnológica actual. Dos épocas distintas pero, sin embargo, complementarias, tal y como se deduce del relato dirigido por el español Juan Carlos Medina, aquí en su primera aventura en el cine internacional, y que resulta perfectamente legible en términos contemporáneos. A Dickens no le son ajenos los relatos de horror social, por lo que la carrera de brutales asesinatos que debe resolver el personaje de Bill Nighy, uno de esos actores que siempre están bien (y que heredó el papel tras el prematuro fallecimiento de Alan Rickman), no resultan incompatibles con la estructura más moderna de psycho-thriller que articula la narración.

Pero lo que interesa a Medina, y también lo que no está del todo logrado en The Limehouse Golem, es precisamente el tema de la representación. De la vida, de la verdad que se oculta tras una cadena de asesinatos dignos de Jack el Destripador. La película se articula en base a las diferentes versiones, a veces falsas y a menudo incompletas, de los sospechosos y posibles víctimas del asesino (y que incluyen al mismísimo Karl Marx, que no, lo sentimos, no es el malo). La ubicación de esos flashbacks, la mayoría en una compañía teatral, no hacen sino reforzar esa idea, por mucho que la presentación de los personajes y el hilo que los une en ocasiones resulte confuso. Hay, en todo caso, múltiples recuerdos del pasado que van articulando la historia completa, permitiendo al investigador Kildare representar mentalmente los posibles acontecimientos, explicar lo aparentemente aleatorio de las víctimas. No es un recurso nuevo, pero resulta coherente: la pista fundamental se halla en la caligrafía del asesino (y esto no es un spoiler) y allí está el último giro (y, también, el relato final) que permitirá al detective desentrañar la verdad. Varios guiños a la imaginación y el arte que adornan un filme de terror adecuadamente romántico y poético, aunque solo parcialmente logrado.

Se trata de un concepto bonito para adornar un thriller de banda sonora atrayente, ambientación barata pero efectiva (que hace preguntarse dónde van a veces los millones que invierte la gran industria de Hollywood en películas peor hechas) y con buenas actuaciones. Los actores poseen ese aura de exquisitez de casi todas las producciones inglesas, incluyendo la española María Valverde, con una pronunciación -por cierto- poco menos que excelente. Pero el ir y venir de la trama nos despista de un gancho emocional que va a resultar fundamental, la relación fraternal y a contrarreloj entre Kildare y Lizzie Cree (Olivia Cooke), la principal acusada del crimen. De modo que esa segunda película inserta dentro de The Limehouse Golem, la del devenir profesional y romántico de la joven, resulta menos interesante que la primera que se nos planteó, la de la investigación policial de los sangrientos crímenes por parte de Kildare, que bien podría haber explicado esos mismos acontecimientos de otra manera.

Pero lamentarse de que la historia no se cuenta como uno quiere no me parece una actitud acertada, y en todo caso, resulta una tarea inútil. The Limehouse Golem posee un comienzo y un final acertados, y durante su transcurso nos imbuye de ese ambiente de horror romántico que tan bien dibujó la excelente (y finiquitada) serie Penny Dreadful. Quienes disfrutaron de los filmes británicos de Terence Fisher o John Hough encontrarán adecuados asideros en un filme de época sobre terrores actuales (sociales y políticos, desde el judaísmo hasta el comunismo y la homofobia) que mira al pasado sin nostalgia para decir que no, que en el fondo no han cambiado tantas cosas desde los destripes de Whitechapel.

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