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José Sacristán: de la miseria familiar al triunfo

José Sacristán cumple 80 años convertido en un grande de la interpretación. 

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José Sacristán | Archivo

No representa físicamente José Sacristán los ochenta años que cumple este 27 de septiembre. Se cuida sin necesidad de llevar dietas estrictas ni "machacarse el body". Por otra parte siempre ha sido igual: nunca pisó un gimnasio, como no fuera por alguna secuencia en el cine. Bastante hambre pasó en la postguerra como para seguir una cura de adelgazamiento. Perder peso, los que como él comían a base de boniatos y cáscaras de patatas. Lo recuerdo así, con ese aire un poco enclenque, desde que le hice la primera entrevista, allá a mediados de los 60, cuando hacía papelitos en programas de Televisión Española. Y cuando ha aparecido medio desnudo enseñando el torso, encamado con Fiorella Faltoyano en Asignatura pendiente, de 1977, estaba muy alejado de ser "Tarzán" Johnny Weissmuller. No digamos cuando en cueros vivos hubo de rodar escenas en un río, tiritando, a las órdenes de Berlanga en La vaquilla, ocho años más tarde, donde mostraba su poco atractivo trasero. Entonces, ¿qué tiene este José Sacristán para haber triunfado en el cine, el teatro y la televisión, sin poseer un tirón excepcional? ¿Y cómo ha conquistado a mujeres impresionantes sin ser un tipo apolíneo? Evidentemente, con talento, y con una vocación artística a prueba de muchos años de trabajo y paciencia. Un actor como la copa de un pino.

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José María Sacristán Turiégano, de Chinchón (Madrid), donde vino al mundo el 27 de septiembre de 1937, año difícil en una España en guerra civil. Hogar modesto el suyo donde su padre, el Venancio, labraba la tierra para sacarle fruto con los ajos, tan pregonados en ese pueblo. Un campesino de toda la vida, de filiación republicana. ¡Un rojo, vamos, para clarificarnos! Lo metieron preso. Pepe recuerda su modesta vivienda, donde no tenían retrete (que eso de wáter es palabra fina, inglesa, que no tenían los pobres) y había que ir al corral, si de noche con un candil en la mano derecha y en la otra un trozo de papel, a lo mejor de estraza, de los que servían para envolver sardinas arenques en las tiendas de ultramarinos. A él y a su hermana los criaron con puré de harina de almorta. La madre los dejaba al cuidado de la abuela cuando iba a ver a su marido tras los barrotes. Puede decirse que a Pepe lo crió ésta y lo educó a su manera un tío suyo. Al salir, cumplida su condena, al Venancio no le dejaron continuar viviendo en Chinchón así es que la familia hubo de instalarse en Madrid, malviviendo de realquilados con otras tres familias en una humilde casa, con derecho a cocina y un cuarto donde dormían los padres, la abuela, Pepe y su hermana. Por no tener, ni siquiera un aparato de radio con el que solazarse en aquellos días grises y desesperanzados.

Cuando Pepe podía se colaba en algún cine. La primera película que contempló en su niñez fue una de las aventuras de Fú Manchú. Aquel mundo mágico le fascinó y se dijo para sí que un día sería actor como aquellos que veía en la pantalla, los Gary Cooper y John Wayne juntos. Pero tuvo que arrimar el hombro y meterse a tornero a los catorce años. Permaneció siete años en un taller mecánico de Chamberí. Volvía tarde a su modesta casa de los Carabancheles. Por el camino, yendo por los cines de la Gran Vía, se quedaba extasiado ante los carteles de estreno. Hizo la "mili" en Melilla y allí, con tanto tiempo libre, frecuentaba la biblioteca y leía a destajo. Fue un autodidacta, porque su escuela fue más la calle y también gracias a cuantos libros consideró que podían proporcionarle una mediana cultura. Cuando el Venancio se enteró que su chico quería ser actor puso mala cara. Pero Pepe fue poco a poco ganándolo para su causa. Y desde sus inicios como actor aficionado, pasó a hacer bulto en algunas funciones teatrales, uno más de "los de la lanza", y en películas, hasta que en 1964 el productor y director Pedro Masó le confió un papel en La familia y uno más, que el actor considera el arranque de su carrera cinematográfica. Que luego se vio reforzada ya con trabajos de mayor enjundia contratado por José Luis Dibildos, creador de aquella "tercera vía": un cine de sainete y costumbrismo trufado de comedia con algunos tintes sociales, que reflejaban de modo más bien amable la sociedad española de finales de los 60 y los 70. José Sacristán ya veía su nombre y su rostro en las carteleras de la Gran Vía. Era un nuevo tipo de galán, nuestro vecino, un hombre de la calle con el que podían identificarse muchos espectadores. Y no tenía como en sus comienzos que recurrir a guiños, tics, tartamudeos de tantos paletos que hubo de interpretar. Poco a poco, la vena de actor inteligente que llevaba dentro de sí iría aflorando conforme le encomendaron protagonistas de mayor calado.

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Y así, entre funciones teatrales y más películas (es en la pantalla donde más se ha prodigado, acercándose al centenar de títulos) nos fue dejando extraordinarias interpretaciones que, únicamente a modo de brevísimo recordatorio, citamos para no alargarnos demasiado con su abultada filmografía: Los nuevos españoles, Un hombre llamado Flor de Otoño, Solos en la madrugada, La colmena, El viaje a ninguna parte, Un lugar en el mundo… Y llevado por su amor al cine se preparó y pudo dirigir muy dignamente tres filmes. Siempre ha tenido facilidad para cantar, si no como un tenor o un barítono, lo esencial para defenderse en comedias musicales: El hombre de la Mancha, My Fair Lady… Su madre, "la Nati" como la ha recordado siempre, cantiñeaba coplas y romanzas de zarzuela, las mismas que con el tiempo él llegó a aprendérselas, bien para representaciones en el mismísimo teatro de la Zarzuela o para animar algunas fiestas entre amigos, a alguna de las cuáles tuve el placer de asistir. Tiene gracia imitando a las grandes folclóricas. Un día, en mi presencia, le pidió un autógrafo a Concha Piquer y le dio su nombre: "¡Pero hombre, Pepe, que yo sé de sobra quien eres sin que me lo digas!".

¿Y qué hay de sus amores? Tiene una buena biografía sentimental porque las mujeres siempre se le dieron bien. La primera con la que intercambió besos y tocamientos fue, siendo adolescente, una de las vecinas de su casa de realquilados, llamada Carmencita. Pero para conocer el sexo Pepe recurrió a una prostituta que le cobró quince pesetas. Él, romántico, le dedicó además una poesía. Y en seguida supo, aun veinteañero, lo que era vivir en pareja: con la actriz Isabel Medel,su primera esposa, que le dio dos hijos: José Antonio, nacido en 1961, e Isabel, un año menor. Aquel matrimonio entró en crisis y José Sacristán tuvo otros amores. El más consistente fue con la francesa Liliane Méric, a la que conoció rodando Lo verde empieza en los Pirineos, donde ella aparecía fugazmente como taquillera de un cine de Biárritz. Con Liliane, mujer de carácter seco, tuvo una hija, Arnelle, en 1978. Pero ya antes de que esta niña naciera, el actor, que había viajado en varias ocasiones a Buenos Aires donde lo trataron como un auténtico ídolo tras estrenarse Asignatura pendiente, conoció allí a la actriz argentina Leonor Benedetto con quien regresó a Madrid. Convivieron hasta 1984 en un chalé situado en El Peralejo, en las inmediaciones de El Escorial. El campo siempre lo echó de menos y allí pudo tener una huerta y algunos animales.

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No nos olvidamos de otros idilios como el que vivió junto a Mónica Randall, con quien hizo una estupenda pareja. Lo de Laura del Sol fue menos comprometido, al igual que su romance con Mila Ximénez, quien contaba que al enterarse Encarna Sánchez de esos amores, la echó como colaboradora de su programa vespertino de la cadena Cope. En una de sus películas de la década de los 80 tuvo José Sacristán la satisfacción de rodar junto a una despelotada Laura Antonelli, todavía de buen ver como recuerdo cuando me recibió envuelta en su bata pero dejando traslucir parte de sus encantos. ¡Qué pena de mujer, uno de los mitos del cine erótico italiano, que víctima de las bebidas y los barbitúricos, se fue de este mundo en dramáticas circunstancias! Un hombre tan discreto para sus aventuras de cama como José Sacristán no quiso hacerse publicidad sobre si se había o no encamado con la Antonelli. Pero sí al menos sabemos que la tuvo en sus brazos, siquiera para el cine. Yo sólo llegué a estamparle dos leves ósculos en su rostro cuando me despedí de ella. Y otro día, siempre Buenos Aires en la vida del actor de Chinchón, se casó (su segundo matrimonio por tanto, civilmente) con la actriz Amparo Pascual, mediados los años 90. Con ella ha encontrado la estabilidad que probablemente buscaba.

Uno de los gozos de José Sacristán es haberse codeado con colegas de prestigio como Fernando Fernán-Gómez, a quien tuteaba y respetaba, recibiendo a su vez el afecto de aquel genial pelirrojo cascarrabias. Fui testigo una vez durante un delicioso cuarto de hora de la admiración mutua que se tenían, en una noche de entrega de los premios Mayte. Luego, Pepe ha tenido otros felices encuentros con intelectuales a los que estimaba mucho, como José Saramago, José Luis Sampedro, Ernesto Sábato, Eduardo Mendoza… Las lecturas de sus obras han enriquecido a un autodidacta, ya dijimos, que no pudo ni hacer el Bachillerato. Pero que nos ha sorprendido, por ejemplo, con vibrantes interpretaciones teatrales, como "La muerte de un viajante", en la piel de un espléndido Willy Loman. No le falta trabajo. Terminó la serie Velvet y ahora enganchó otra, Tiempos de guerra, que se emite los lunes en Antena 3. Un recién octogenario, enamorado de su oficio, inconformista siempre con el mundo que le rodea, que tantas veces nos ha hecho felices, con su inmenso talento de actor.

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