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Que no pueda respirar

La muerte de Jean Rochefort sirve para evocar algunas de sus películas. Pero 'El marido de la peluquera' es especial.

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Jean Rochefort | Cordon Press

Jean Rochefort murió la noche del domingo al lunes a los 87 años. Hay una película de Jean Rochefort que me gusta mucho. Es Chère inconnue (1980), de Moshé Mizrahi. Seguramente me gusta por Simone Signoret. Pero también por su historia. Gilles, un hombre maduro, vive con su hermana Louise, soltera, que se ocupa de él. Solteros y solitarios que ni reciben visitas. Louise publica un anuncio en el periódico para encontrar un hombre. Y, claro, es su hermano el que contesta. Ella se da cuenta por detalles que él da en las cartas. La correspondencia continua y Louise cree que debe ponerle fin para no hacer daño a su hermano, aunque tenga necesidad de sentirse guapa y deseable.

Es una historia tan triste de amor falso, fingido o ilusorio que sólo la tristeza mayor que produce El marido de la peluquera puede mitigar. No me olvido de ‘El gran rubio con un zapato negro’ (1972), de Mátalos jefe, te ayudo (1973), con Edwige Fenech, de Que la fête commence (1975), de Le Crabe-tambour (1977) o de Desacuerdo perfecto (2006), con Charlotte Rampling. Pero El marido de la peluquera (1990) es especial. Y la película por la que más recuerdo al distinguido Jean Rochefort.

La película de Patrick Leconte deja una sensación de desasosiego como pocas. Y además está Anna Galiena, que, al igual que Linda Fiorentino, demuestra que ser atractiva de morirse no garantiza una gran carrera cinematográfica. Antoine (Jean Rochefort) ha querido desde pequeño casarse con una peluquera. Es una obsesión. De niño su padre le pregunta qué quiere ser de mayor. El marido de la peluquera, responde. De mayor, Antoine da con Mathilde (Anna Galiena), de la que se enamora. Es una pareja cuya felicidad no se puede soportar. Una noche están bailando y ella le dice: "Abrázame fuerte, que no pueda respirar. Tengo miedo de que un día ya no quieras bailar conmigo nunca más". Cuando Antoine se duerme, Mathilde sale de la casa y se tira al río. Se suicida para que su marido no la deje de querer. Quitándose la vida conserva el amor en la intensidad que tiene en ese momento.

Mathilde parecía saberse las canciones de Manuel Alejandro. "El amor acaba. Porque se vuelven cadenas lo que fueron cintas blancas". O "Las cosas tan hermosas duran poco, jamás duró una flor dos primaveras". El amor siempre tiene alguna pega, estés donde estés, seas el amado o el amante. "Al que ama, siempre le dolerá no amar bastante", escribe José Mateos en Un mundo en miniatura (Renacimiento). Pero siempre será peor estar en la situación de los que escriben cartas en Chère inconnue..

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