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Crítica: 'Annabelle: Creation', la nueva precuela de 'The Conjuring'

'Annabelle: Creation' cuenta cómo la dichosa muñeca se volvió mala. Y lo hace mejor que su precedente, y con un aire de gótico rural que espanta.

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El éxito de público y crítica de Expediente Warren (The Conjuring) allá por 2013 propició al menos un par de revulsivos para el género de terror. En primer lugar, el espaldarazo definitivo en la industria para su director, James Wan, tras dos pelotazos relativamente moderados como Saw e Insidious (Wan, tras dirigir una entrega de Fast & Furious, ya está enredado con la producción de la súper producción DC Aquaman). En segundo lugar y como consecuencia directa (por su tremenda eficacia, jamás reñida con su decente arquitectura dramática) un nuevo y razonable giro de timón, si no temático al menos sí estilístico, dentro de las claves del cine terror mainstream... materializado en toda una cadena de secuelas y spin-offs de los que la presente, Annabelle: Creation, forma parte destacada.

Las cifras, de momento, acompañan. Annabelle: Creation, con sus casi 300 millones de dólares recaudados a nivel mundial, ha ayudado a su productora, la mítica New Line del ausente Robert Shaye, a rematar un verano estelar (ahí está el éxito de It, el filme que ha catapultado al género de terror a recaudaciones dignas de blockbuster) con un título que levanta el pabellón de las manidas secuelas de terror y, sin duda, supera las expectativas creadas. La nueva catástrofe muñequil no llega, desde luego, a la altura de la saga troncal del "Universo Conjuring", consistente hasta ahora en dos películas, pero sin duda reporta un par de horas de buen entretenimiento al aficionado al horror con, ni más pero tampoco menos, una decente entrega del serial de encantamientos en el que ha devenido la saga de los Warren.

Lo peor de la película es su radical portazo a la novedad, tan sonoro como algunos de los sustos de la película. Pero David F. Sandberg, realizador abonado al terror "a la Wan", aporta aquí una solvencia en la puesta en escena y una densidad dramática que complementan bien al esperado, y eficiente, carrusel de sustos de sabor sorprendentemente gótico y rural. Annabelle: Creation no acaba de montar una historia coherente o conmovedora, pero en absoluto cae en lo timorato como sí lo hacía su anterior Nunca apagues la luz. La atmósfera desolada, y desoladora, por la que campan sus personajes alberga una reprimida crueldad cuyo seco realismo, que parece heredado del siniestro icono El Mundo de Cristina de Andrew Wyeth (y no solo en sus acentos visuales, ya que toda la película transcurre en un polvoriento páramo propio del western crepuscular) se manifiesta en efectivos silencios y un dominio del ritmo que exige más paciencia de la esperada. Hay atmósfera, cierto dominio de la expectativa y, por lo tanto, del suspense, antes de que en el tercer acto la película nos suba al previsible tren de la bruja que contentará al grueso del público de multiplex.

Todo esto está bien, y junto a algunos pequeños giros de tuerca superficiales (Sandberg recurre, como Wan, al plano secuencia y la profundidad de campo para darnos miedo, pero sin necesitar imitar a su joven maestro) configura una película con más empaque cinematográfico del esperado, y desde luego, mejor rodada y actuada que el primer spin-off de Annabelle. Que el asunto compense o no al espectador, si es que éste ya se sabe la película, ya es cosa de cada uno.

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