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Crítica: 'Dos padres por desigual', con Will Ferrell y Mark Wahlberg

Hay películas malas que saben hacer el trabajo sucio. 'Dos padres por desigual' es mala y chusca... pero tampoco le supone problema alguno.

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Hay películas indefendibles que, sin embargo, se las arreglan para funcionar en sus propios términos. No pretendo esconder a Dos padres por desigual bajo el paraguas del placer culpable, porque incluso aceptando semejante contenedor habría películas mejores que introducir en él. Pero sí, es precisamente lo que ocurre con la que protagonizan Will Ferrell y Mark Wahlberg, secuela directa de la anterior Padres por desigual, una comedia que recaudó unos estimables 242 millones de dólares hace ahora un par de años y cuyo éxito la presente va camino de reproducir.

Si ustedes se acuerdan de títulos como ¡S.O.S!. Ya es Navidad o Dos cuñados desenfrenados, quizá entiendan este incomprensible apego a determinados títulos cómicos de atmósfera navideña. Lo cierto es que Dos padres por desigual, que trata de revalorizarse sumando las presencias de Mel Gibson y John Lithgow en el papel de abuelos, o padres de los padres, mezcla esta tendencia con la de la (afortunadamente) superada Los padres de ella, otro hito posterior en la comedia USA al menos en la taquilla, y suma a la fórmula la concepción de la comedia que el tandem Adam McKay/Will Ferrell han extendido en todos sus largometrajes: la disolución de fronteras en la idea de la familia tradicional y, sobre todo, la confusión e inseguridad del "macho" contemporáneo: una masculinidad herida, cuestionada y cuestionable, como la que representan los esteretipos de Ferrell (el niño adulto) y Wahlberg (el duro estoico) y, ahora también, sus padres, forzados a pasar una Navidad juntos porque... bueno, hay que pasar una Navidad juntos.

En este sentido, Dos padres por desigual es más floja que El reportero o Los otros dos: no hay parodia a los clichés de tal o cual género (entendido como estilo pero también como sexo) aunque a cambio ganamos una duración más ajustada y un ritmo cómico sólido. Suficiente para un filme sin demasiado guión que se limita a acumular gags, que convierte el tema en el verdadero hilo conductor del cotarro por encima de la historia, y que (sobre todo) permite a Mel Gibson brillar con luz propia. El australiano comprende desde el comienzo que esto consiste en interpretar una versión exagerada de su testosterónica persona cinematográfica (y, en su caso, también "real") y se entrega a ello sin problemas, limitaciones ni excusas.

De hecho, el problema es que el director de Braveheart y protagonista de Arma Letal parece pedir más marcha todavía. No hay nada sublime en Dos padres por desigual, pero la película al menos tiene la dignidad de incorporar una escena tierna pero escasamente sentimental que lo resume todo: la del siempre brillante John Lithgow, sesentón talludito, improvisando comedia sobre un escenario y acabando por sacar a la luz su peor y verdadero trauma ante su hijo. Un recurso tópico en el cine sentimental pero perfecto en sus propios términos, que hace coincidir forma y fondo de una manera que ya quisieran las producciones de los Oscar.

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