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Crítica: 'Frozen: el Reino del hielo', de Disney

Juro que se me escapan las razones del desdén con el que algunos tratan ahora el legado de la animación Walt Disney. Puede que sea la supremacía de Pixar (hasta 2006 un estudio independiente de la compañía), el nuevo modelo propuesto por sus rivales de Dreamworks y sus películas de humor, o en general el cambio de la animación tradicional a la digital, que ha causado que el tono de las antiguas películas de la compañía quede aparentemente obsoleto (y me dejo en el tintero razones puramente ideológicas). Pero con filmes como Frozen, bajo la producción de John Lasseter, cabeza pensante de Pixar y ahora con un pie puesto en cada compañía, la casa del ratón parece recomponerse a cada película. Y es que la libre adaptación del relato de Hans Christian Andersen resulta un filme entretenido, vibrante y divertido... que además alberga algunos cambios trascendentales. Como dirían al otro lado del charco, casi una "game-changer".

Si Tiana y el Sapo trataba de remendar los musicales más clásicos, y Enredados elegía el camino de una movida comedia de aventuras, la presente se erige (sin desdeñar a ninguna de las anteriores) como una experiencia más completa, la perfecta fusión de ambos títulos y un sólido basamento para futuros filmes. La película no sólo se desenvuelve bien en ambas vías, la tradicional (y musical) y la moderna (y chistosa), sino que por el camino tiene tiempo para crear un nuevo estereotipo de princesa Disney que debería callar a los críticos con la compañía.

Puede que Frozen tarde algo más de la cuenta en entrar en harina, pero cuando lo hace conserva todas las señas de identidad del estudio. La aventura se demora más de treinta minutos, pero antes consolida suficientes enseñanzas sobre el individualismo y, a la vez, la integración en una comunidad, que añade una interesante complejidad al cuento. Con un similar estilo visual a Enredados, pero la presencia constante de canciones (de Robert Lopez y Kristen Anderson-Lopez), la película equilibra aventura, humor y romance de una manera capaz de satisfacer a los nuevos espectadores que Tiana y el Sapo no acertó a capturar. Sin ser un relato visionario, su exquisita factura técnica, la expresividad y diseño de todos sus personajes, así como la presencia constante de set-pieces de acción (alternadas con canciones a lo Broadway) construyen una de las mejores ofertas de cine navideño, capaz de generar emociones en todo el espectro de público.

Pero entre todo esto, y como decíamos al comienzo, la película consigue crear el espacio adecuado para crear dos personajes en cierto modo antagónicos pero complementarios, dos princesas Disney retratadas como dos personajes complejos que escapan a la clásica definición de heroína y villana sin que la película se convierta en un mamotreto. Y es que Frozen es, en cierto modo, una acertada actualización de la tradición de las Princesas Disney que desarma a los críticos de la factoría y su supuesto conservadurismo: Anna y Elsa son dos hermanas que siguen una evolución paralela y en constante conflicto, tanto interior como entre ellas mismas, que llevan a los dos personajes a intercambiarse los papeles en su forzado antagonismo. Frozen no es una película exactamente ambivalente, ni un estudio de personajes, ni un manifiesto de feminismo, pero la integridad y riqueza de sus dos caracteres principales -al fin y al cabo, dos mujeres diferentes en lucha por tomar el control de su vida- la erige como todo un hito de la compañía. Una maravilla.

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