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Cuando los reyes de España defendían a la Inmaculada

Desde los tiempos del reino godo, tanto la monarquía como el pueblo defendieron y promovieron la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

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Inmaculada Concepción (Murillo, 1662) | Wikipedia

Desde los tiempos del reino godo, tanto la monarquía como el pueblo defendieron y promovieron la Inmaculada Concepción de la Virgen María, es decir, que la Madre de Dios (declarada como tal por el Concilio de Éfeso en el 431) había sido creada sin pecado original. Esta creencia arraigó muy pronto en la Iglesia católica oriental y, como ejemplo de la vinculación de España con Oriente a través del Mediterráneo, también llegó a los españoles de entonces.

La devoción a dicho misterio se mantuvo en los siglos de la Reconquista frente al islam invasor y en el Siglo de Oro. Numerosas instituciones como universidades y colegios profesionales exigían a sus miembros el compromiso de aceptar la Inmaculada Concepción de María y de difundirla.

El rey de Aragón Alfonso el Magnánimo (1416-1458) envió al Concilio de Basilea (abierto en 1431) un embajador, el cisterciense fray Bernardo Serra, su limosnero regio, para solicitar la declaración dogmática. En el Concilio de Trento, los teólogos españoles consiguieron que en 1546 se excluyese expresamente a la Virgen María del decreto conciliar sobre el pecado original.

Inmaculada Concepción (National Gallery de Londres, 1618).

La que el diplomático e historiador Miguel Ángel Ochoa Brun califica de "diplomacia inmaculista" (Historia de la diplomacia española) consistía en que los reyes de la Casa de Austria suplicaban por medio de sus embajadores a los papas desde el momento en que eran electos en el cónclave que proclamasen el dogma. Sin embargo, los papas no aceptaban el deseo de sus más poderosos hijos. Ochoa Brun recuerda que pontífices que coincidieron con Felipe II, como Pablo IV y Pío V "reiteraron prohibiciones de culto y de sermones públicos, si bien felizmente se consentía la representación icónica, lo que tendría tan estupendo desarrollo en el Arte español".

En 1616, en su encíclica Regis Pacifici, Pablo V conminó a la Corte española a atenerse a las disposiciones de sus predecesores. Entonces, Felipe III (1598-1621), apodado el Pío, suspendió la ejecución en sus reinos del escrito papal, creó una real junta para promover el dogma y mandó a Roma una embajada religiosa encabezada por el benedictino Plácido Tossantos.

Los franceses no quieren a la Inmaculada

Felipe IV (1621-1665), el Rey Planeta prosiguió los esfuerzos de su padre. El monarca, que se carteaba con Sor María de Ágreda, convencida de la Inmaculada Concepción, trató de persuadir a los demás soberanos católicos de que se uniesen a su causa. Los archiduques soberanos de los Países Bajos y el emperador, a fin de cuentas miembros de su familia, aceptaron, pero la corte de Francia se opuso para no conceder a los españoles una victoria religiosa que se sumase a las militares, navales y políticas.

Una vez fallecido en 1644 el papa antiespañol Urbano VIII (que había prohibido la representación de aureolas en los retratos o las esculturas de personas no beatificadas ni canonizadas), los nuevos pontífices, más propensos a España, como Inocencio X y Alejandro VII, recibieron nuevas embajadas de Madrid.

Basilica Menor de la Inmaculada Concepción, Chignahuapan, México

Una de las primeras decisiones de Carlos II (1665-1700) cuando alcanzó la mayoría de edad fue pedir nuevos pareceres para reiterar las peticiones a Roma. En 1696, la diplomacia inmaculista obtuvo el breve In Excelsa, que elevaba la festividad de la Concepción al mismo rango que las de la Navidad y la Asunción de la Virgen. En 1699, a pocos meses de entregar el alma a Dios, el rey español escribió a Luis XIV para pedirle ayuda, y el francés le contestó con una negativa: "a su juicio, era mejor dejar sin desvelar los misterios de Dios y no crear turbaciones en la Iglesia". Además, el papa Inocencio XII, que había nacido en el reino de Nápoles, y por tanto era súbdito español, se preparaba para su propia muerte, que sucedió en septiembre de 1700, un mes antes que la de Carlos II.

Poco tiempo después estalló la guerra de Sucesión, que frenó los esfuerzos de los españoles y de la Casa de Austria por obtener la declaración dogmática. Los Borbones se adhirieron a este movimiento. En 1771, Carlos III creó la Orden que lleva su nombre en agradecimiento por el nacimiento del primero de sus hijos y la puso bajo la advocación de la Inmaculada Concepción, de la que el monarca era devoto desde niño. El color de la vestimenta de la Orden era el azul y las insignias (medallas y placas) llevaban un grabado de la Inmaculada. Entre los deberes de los caballeros estaban su compromiso de defender la Inmaculada Concepción y comulgar en el día de esta fiesta o en su víspera.

En 1854, el papa Pío IX proclamó el Dogma de la Inmaculada Concepción de María, quien es patrona de España, Portugal y de varias naciones americanas y asiáticas. En 1864 Roma concedió a los sacerdotes españoles el privilegio de vestir casulla azul, el color de la Virgen, en las misas que celebren este día.

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