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Rusia: la clave del misterio

¿Quién es Mijail Gorbachov? ¿Por qué permitió la desaparición del comunismo? ¿Tenía un plan premeditado? ¿Se hubieran sostenido la URSS y el marxismo sin Gorbachov?

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Encuentro con Alexander Yakolev,cerebro de la perestroika y con el escritor Alex Adamovich. 27 diciembre 1991.

A Churchill le gustaba decir que la URSS era algo así como un enigma rodeado de misterio. Pero si hubiera vivido lo suficiente habría afirmado que tan indescifrable fue el súbito fin del comunismo como su trágica existencia durante más de siete décadas. Durante más de veinte millones de muertos absolutamente innecesarios.

¿Se puede entender lo que ocurrió en este país enorme y contradictorio? ¿Es posible dar con una síntesis comprensible? Veamos: para Alexander Yakolev -el cerebro de la perestroika, la cabeza fina y firme detrás del incesante movimiento de Gorbachov- la clave del desplome del comunismo puede concretarse en una frase sorprendentemente simple: "el marxismo no coincidía con la naturaleza humana ".

Nos lo ha dicho de una manera suave, melancólica, pero sin ninguna clase de nostalgia, en su soleado despacho de la Fundación Gorbachov, en lo que un día fuera la escuela de cuadros del Partido Comunista. Yakolev, por supuesto, fue marxista durante muchos años. Procedía de una familia muy pobre, y en la Segunda Guerra alcanzó la categoría de héroe herido en combate: perdió una pierna. Luego vinieron los honores y los cargos de importancia. El Partido lo tenía por un buen teórico, pero había algo en sus escritos y en sus comentarios que lo hacían borrosamente sospechoso. Tal vez por eso acabó de embajador en Canadá. Lleno de privilegios, sí, pero lejos de Moscú y de la batalla política. Desde Ottawa su voz crítica no llegaba al Kremlin.

Sólo que un día quien llegó a Ottawa fue un enérgico miembro del Comité Central, probablemente más dado a la maniobra política que a la reflexión. Se llamaba Mijail Gorbachov, y era un marxista convicto y confeso, pero la suficientemente inteligente como para darse cuenta de que su país se distanciaba cada vez más de las grandes naciones del planeta. Fue un encuentro breve pero definitivo. Quizá esa tarde, o esa noche lúcida y extraña, entre unos sorbos de vodka, la humanidad comenzó a cambiar de rumbo, cuando Gorbachov, en silencio, le oyó decir a Yakolev, exactamente como ahora yo la estoy escuchando, que había un Marx razonable y analítico, valioso y entrañable; pero había otro Marx, violento y cruel, que era el que fatalmente había marcado el signo del Partido Comunista. El Marx duro e implacable que había desovado a Lenin, y era ese Marx, contrario a la naturaleza de los hombres, el que impedía que la URSS fuera un sitio tan habitable y hospitalario, por ejemplo, como la sociedad canadiense que vibraba fuera de la casona diplomática.

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Gorvachov de niño

El otro testimonio, o la otra cara del mismo testimonio, nos la dio Alex Adamovich, el escritor grande y famoso de El cerco de Stalingrado y de Kathyn. La cita fue a cincuenta kilómetros de la capital, en un hospital donde un infarto masivo lo tiene recluido desde hace varias semanas.

–¿Qué dijo Yakolev? –preguntó.

–Hablamos mucho de Marx y del marxismo. De su falsedad medular. De la crónica artificialidad que la hace inservible.

–Es cierto, pero si Marx está en la raíz del problema, cuanto ha sucedido en la URSS es todo consecuencia de un rasgo fundamental de la psicología de Gorbachov: su horror a la violencia. Adamovich acaba de terminar un ensayo dedicado a explicar el desplome de la URSS y la desaparición del comunismo. Como Yakolev, es también un héroe de la Gran Guerra. A los diecisiés años era un 'partisano' en la guerrilla rural de Bielorrusia. A esa edad entró en aldeas calcinadas en las que los Escuadrones de castigo -las Punitive Squads- no dejaron supervivientes. Nadie: ni ancianos, niños o mujeres se salvaban de la hoguera. Los hacinaban en las iglesias o en los graneros y les daban fuego. Trescientas mil personas fueron quemadas vivas. Adamovich lo ha contado en unos libros hermosos y terribles. No resultó, como Yakolev, mutilado.

Perdió, en cambio, la inocencia, pero gracias a ello obtuvo una visión muy clara de la ferocidad y del dolor. Quizá por eso entendió la paradójica grandeza de su amigo Gorbachov. Gorbachov era marxista, y quería salvar el socialismo, pero el Marx en el que creía no era el de la dictadura del proletariado, el Marx del odio, sino en el de la compasión con los menesterosos.

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Y Gorbachov descubrió, con horror, que sólo había una forma de mantener vivo al Marx bueno, y era empleando los métodos del Marx malo. Y Gorbachov no estaba dispuesto a hacerlo. No quería matar. No quería encarcelar. No quería ejercer la violencia.

–¿Y si no hubiera habido Gorbachov la historia habría sido diferente? Y si Gorbachov hubiera sido distinto, más duro con sus adversarios, más implacable, ¿no se habría desplomado el sistema?

Exacto. Todo habría sido distinto. El muro estaría ahí, partiendo en dos el corazón de cada uno de nosotros. En Gorbachov, en sus debilidades y grandezas, radica la explicación final. Su personalidad y su temperamento cambiaron la historia del mundo. Es una magnífica ironía, al cabo de toda una vida de materialismo histórico, acabar descubriendo que la clave de todo es el hombre. Y que el hombre (no la URSS) jamás dejará de ser un enigma rodeado de misterio.

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