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El sorprendente derrumbe del ‘Imperio del Mal’

Se cumplen 25 años de la caía de la Unión Soviética, una muerte fulminante que asombró al mundo.

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Boris Yeltsin leyendo encima de un tanque una declaración contra la junta golpista | Cordon Press

En las televisiones de todo el mundo, se contempló en el día de Navidad (según el calendario gregoriano) de 1991 el arriado de la bandera roja en el Kremlin y su sustitución por la bandera tricolor de la Rusia imperial. Fue un asombroso giro de péndulo, cuyo primer movimiento ocurrió en el otoño de 1917, cuando los bolcheviques victoriosos izaron la bandera de su movimiento en el mismo edificio, sede del poder en Rusia. Un verdadero momento histórico, insospechado para muchos, que creíamos que la URSS sería uno de los hechos políticos que nos acompañaría toda nuestra vida.

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Como escribió Henry Kissinger (Diplomacia), "Nunca una potencia mundial se había desintegrado tan total o tan súbitamente sin haber perdido una guerra".

Sí, la URSS, era un imperio, un ‘imperio del mal’, como lo definió el presidente Ronald Reagan, ante el escándalo de la progresía, pero con los pies de barro.

Desastre económico y humano

La sovietóloga Hélène Carrère d’Encausse enumera (Seis años que cambiaron el mundo) varios factores de la decadencia soviética: el alcoholismo, extendido ya a las mujeres (un tercio de todos los alcohólicos), cosa inconcebible en el zarismo; el aumento de la mortalidad infantil; la falta de alimentos y de medicinas; los desastres ecológicos; la disminución de la natalidad entre los rusos. Casi un tercio de los llamados a filas no era apto por malformaciones o afecciones graves. Aunque la académica francesa no lo menciona, en la URSS el número de abortos superaba al de nacimientos.

La URSS, que contaba con las tierras feraces de Ucrania y el Cáucaso, no podía alimentar a su población y tenía que comprar trigo y carne a Canadá, Estados Unidos y hasta la Argentina de la junta militar. Y para asegurar cierto suministro tenía que recurrir a principios de la denostada economía de mercado. En la visita que la cúpula del PSOE hizo a la URSS en diciembre de 1977, Miguel Boyer descubrió que el 1% de la tierra cultivable aportaba el 25% de la producción agrícola de la URSS. Y ese 1% correspondía a la tierra que las granjas colectivas permitían cultivar a los campesinos.

Mientras EEUU huía de Vietnam y abandonaba al sha de Irán, la URSS se expandía: Afganistán, Nicaragua, Angola, Etiopía, Camboya… Pero esas guerras y la ayuda a sus aliados exteriores, como Cuba, debilitaban a la patria del proletariado: en los años 80 la URSS mantenía o subsidiaba a 69 países satélites o clientes.

¿Cómo se mantenía entonces la URSS como superpotencia? Gracias a su armamento nuclear; la represión sobre sus súbditos; su ideología y propaganda, que entusiasmaba a miles de intelectuales; una quintacolumna en Occidente, los partidos comunistas, a los que subvencionaba Moscú; y la estupidez. Sobre esta última hay que citar a la CIA, que daba por buenas las previsiones económicas difundidas por la URSS después de sólo restarles un pequeño porcentaje (Tim Weiner, en Legado de cenizas).

Gorbachov, el hombre decisivo

Entre 1982 y 1985 se sucedieron tres secretarios generales del PCUS, el verdadero poder en la URSS, por encima de los órganos de gobierno. En noviembre de 1982 murió Leónidas Breznev (75 años). Le sucedió Yuri Andrópov, ex jefe de la policía política KGB, que, debido a su enfermedad, sólo gobernó durante quince meses y murió con 69 años, en febrero de 1984. En una elección de compromiso en el Politburó del PCUS, le sucedió otro anciano aún más enfermo: Konstantín Chernenko, nacido en septiembre de 1911. Cuando éste falleció, en marzo de 1985, por fin los jerarcas comunistas eligieron a un hombre que podía atarse solo los cordones de los zapatos: Mijaíl Gorbachov, de 54 años, experto en agricultura y miembro del Politburó desde 1979.

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Mijail Gorbachov y Boris Yeltsin

Gorbachov era marxista-leninista a carta cabal, convencido de la superioridad del modelo comunista sobre el capitalismo y las democracias occidentales, pero también sabía, como Andrópov, que el pueblo soviético clamaba por un cambio radical.

Por eso, Gorbachov dio los primeros pasos en la política exterior, en negociaciones con el presidente Reagan con la finalidad de reducir la factura militar (desde mediados de los años 60, más del 25% del PIB de la URSS se dedicaba al desarrollo militar) y el gasto en su imperio. Reagan forzó a la URSS a aumentar el gasto militar con su Iniciativa de Defensa Estratégica y, en colaboración con Juan Pablo II, animó la rebelión popular en Polonia y la deslegitimación del ‘socialismo real’.

Además, dentro de la URSS empezó a aumentar el descontento. Trece meses después del nombramiento de Gorbachov, se produjo el desastre nuclear de Chernóbil (abril de 1986), del que los súbditos soviéticos se enteraron por Occidente. Las palabras-talismán con que Gorbachov quiso identificar su gobierno, perestorika (reestructuración) y glasnot (libertad de expresión y debate) ampararon las protestas y las quejas contra el régimen.

A esta lista de factores hay que añadir el carácter de Gorbachov: soberbio, dubitativo, intrigante, embaucador, dado a la improvisación y reacio al empleo de la fuerza del Estado en cualquier circunstancia, incluso para impedir matanzas en las revueltas étnicas.

Se deja de aplicar la ‘Doctrina Breznev’

Otra de las innovaciones aportadas por Gorbachov fue su rechazo explícito a la aplicación de la Doctrina Breznev, bajo la cual se invadieron Checoslovaquia y Afganistán.

Antes de que concluyese 1986, con Polonia en rebelión y los precios del petróleo desplomándose, comenzaron las protestas nacionalistas dentro de la URSS: en diciembre los kazajos se alzaron contra Moscú por imponer un secretario del PC local ruso. Luego se extendieron a Armenia, Azerbaiyán, Georgia, Ucrania, Lituania, Letonia y Estonia.

Los planes de Gorbachov de separar el PCUS del Estado, de establecer un verdadero federalismo y de introducir elecciones para los niveles menores de la Administración o se quedaban cortos o agravaban el desorden. Un apparatchik comunista, alcalde Moscú al que Gorbachov había introducido en el Politburó, Borís Yeltsin, se convirtió en uno de los mayores oponentes al líder la URSS y en cabeza del renacer de Rusia.

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Boris Yeltsin abraza al canciller Helmut Kohl en 2001

En 1989, en la RDA se abrió el Muro y en Rumanía, un golpe palaciego derrocó a los Ceaucescu, a los que se fusiló. En 1990, la fiebre nacionalista contagió a las repúblicas autónomas dentro de Rusia. Gorbachov, que se había hecho nombrar presidente de la URSS por el Congreso de los Diputados (otra institución creada por él) reconoció ante el canciller Helmut Kohl la reunificación de Alemania.

Los comunistas deshacen la URSS

1991 comenzó con un referéndum en marzo en el que el 78% de la población apoyó el mantenimiento de la URSS como una "federación renovada", pero en los meses siguientes se disolvieron el Pacto de Varsovia y el Comecon, el PCUS reconoció que había perdido unos cuatro millones de afiliados, en torno a un quinto del total, y Yeltsin ganó las elecciones para presidente de Rusia.

El 19 de agosto, la víspera de la firma del Nuevo Tratado de la Unión, que iba a sustituir al de creación de la URSS (1922), los más acérrimos comunistas dieron un golpe de Estado, cuyo fracaso causó el derrumbe definitivo de la URSS.

Yeltsin aprovechó para prohibir el PC ruso, que se había reorganizado, y apoderarse de los organismos de la URSS en su territorio. Las demás repúblicas proclamaron su independencia, avalada en referendos populares.

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Pacto de belavezha

En este limbo constitucional, los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia desbarataron el último intento de Gorbachov de mantener la débil federación. El 8 de diciembre los tres dirigentes, veteranos apparatchiks conversos al nacionalismo, firmaron el Tratado de Belavezha, que afirmaba que la URSS, como sujeto de derecho internacional dejaba de existir y le sustituía la Comunidad de Estados Independientes. El presidente de Bielorrusia, Stanislav Shushkiévich, comunicó la noticia a Gorbachov por teléfono.

El 21 de diciembre, todas las repúblicas soviéticas (salvo Georgia y las tres bálticas) suscribieron el Acuerdo de Almá-Atá, que ordenaba la desaparición de la URSS. Rusia sucedía a ésta. El 25, Gorbachov dimitió como presidente de la URSS, se entregaron a Yeltsin los códigos nucleares y se arrió la bandera roja en el Kremlin.

Las tres Avemarías

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Gorbacho con Reagan

El derrumbe de la URSS contradice toda la teoría marxista, basada en la fuerza irresistible de las causas económicas. Porque habría sido irrealizable tal como ocurrió sin la personalidad de Mijaíl Gorbachov y la determinación de Reagan y de Juan Pablo II, y porque a los súbditos de los países del socialismo real les movían en su rebelión no sólo la insatisfacción económica o el hambre, sino, sobre todo, las ansias de libertad y el hartazgo con sus dictaduras; es decir, razones políticas.

El historiador británico Paul Johnson explicó (El País, 1-8-2000) como una intervención divina el asombroso final de la URSS:

"Cuando era pequeño, todos los domingos rezábamos tres Avemarías para la salvación de Rusia. Fueron muchas Avemarías. Y no pasaba nada. A Dios no se le puede meter prisa. Hay un viejo refrán inglés: «Los molinos de Dios se mueven muy despacio, pero muelen muy fino»."

Laus Deo!

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