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Reyes Magos: crónica breve de una larga manipulación

A mediados del siglo XII se ordenó el traslado de las reliquias de los Reyes Magos de la ciudad de Milán a la de Colonia, la célebre translatio

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Fue Federico I Hohenstaufen -duque de Suabia, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Barbarroja en el imaginario popular por los siglos de los siglos- quien a mediados del siglo XII ordenó el traslado de las reliquias de los Reyes Magos de la ciudad de Milán a la de Colonia, la célebre translatio que señaló el camino de una de las más hermosas y menos transitadas -por desconocida- peregrinaciones, una docena de etapas que arrancan en el norte de Italia, atraviesan Suiza y recorren buena parte de Alemania.

Patrones del Sacro Imperio

Hoy asociamos las reliquias -las de los Reyes Magos o cualesquiera otras- a supersticiones de beata a la salida de misa de once, pero en la Edad Media fueron un elemento político de primera magnitud, hasta el punto de que la disputa acerca de su titularidad llegó a provocar conflictos diplomáticos entre reinos, cuando no declaraciones de guerra. No fue esta, ahora bien, la explicación de la ruptura de hostilidades entre fuerzas centrífugas y centrípetas en el seno del Sacro Imperio. Y, sin embargo, en la orden del traslado de las reliquias cursada por Barbarroja sí puede verse la expresión del deseo imperial de castigar a la rebelde Milán y premiar a la leal Colonia. Y no solo eso, sino la utilización también de las venerables figuras de Melchor, Gaspar y Baltasar para legitimar el Sacro Imperio Romano Germánico.

Toca ahora sonreír con la suficiencia que dan los siglos y la certeza no ya de que descendamos de Adán, sino de que somos Adán y de que con nosotros llegó el fin de la historia; toca sonreír, digo, displicentes, pensando en lo locos que estaban aquellos romanos, aquellos germanos. Pero incorporar, supeditándola, la tradición religiosa -en este caso, la de los Reyes Magos- al discurso político del momento no es solo cosa del Medievo.

Esteladas y Reinas Magas

Lo vemos hoy con las Reinas Magas en las cabalgatas de los ayuntamientos del cambio, cuyo único propósito es legitimar la muy corrosiva y desasosegante ideología de género, y en la Cataluña de las esteladas, a la espera de que algún historiador tronado sostenga que uno de los Reyes Magos -¡sino los tres!- lo era de la Casa de Aragón, que nunca se frenó en barras el nacionalismo ante la cronología ni la verdad de los hechos a la hora de elaborar sus más disparatadas teorías, inasequibles como son los tíos al desaliento, al argumento y al documento.

Y antes de ahora, lo vimos en la Cuba de los Castro, con carteles de Fidel, el Che y el comandante negro Juan Almeida llevando a los cubanos reformas agrarias, zafras azucareras y planes quinquenales (y, para los que hubieran sido malos, paredón). Y antes, mucho antes, muchísimo antes, en la Francia de la Revolución, cuando en 1795 la Convención Nacional pretendió sustituir la muy cremosa y hojaldrada Gallette des Rois -o Roscón de Reyes- por la Gallette de l’Égalité, cosa que finalmente no fue por la reacción airada del pueblo llano y fiel.

Lo peor, sin embargo, no es que ni los revolucionarios franceses, ni Fidel Castro, ni los Kichis, las Carmenas y las Colaus no sirvan todos juntos siquiera como escabel de los pies de Federico Hohenstaufen. Lo peor es el poco estilo con el que han pretendido desbaratar una herencia de siglos, que no otra cosa es la más bella historia jamás contada, la historia de una estrella, un viaje, tres reyes y un pequeño.

El cuarto Rey Mago

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Adoración de los Reyes Magos, de Grao Vasco

Puestos a manipular, a adscribir a Sus Majestades militancias políticas nunca solicitadas, ya podrían los aguafiestas, en fin, haber aprendido del ingenio de algunos creativos publicitarios a sueldo de los grandes almacenes o, más difícil todavía, de aquel pintor portugués de comienzos del XVI, Grao Vasco, quien alarmado quizás con que el descubrimiento de un nuevo continente diese al traste con la tradición de que Melchor, Gaspar y Baltasar representaban las tres partes del mundo conocido entonces -con todo lo que el suceso colombino pudiera suponer de cuestionamiento del relato evangélico- se apresuró en incorporar al lienzo a un cuarto Rey Mago venido de tierras amazónicas, con sus plumas, sus tatuajes, su larga azagaya y, en adición del oro, el incienso y la mirra, un cofrecito de madera con semillas de cacao.

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