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Payne: "Franco y Hitler no trataron de engañarse en Hendaya"

El hispanista norteamericano Stanley Payne explica por qué y cómo en la Segunda Guerra Mundial Franco "resistió la tentación" de participar como aliado de Alemania después de la derrota de Francia, y de acabar como Mussolini.

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Franco y Hitler en Hendaya | Cordon Press

El profesor Stanley Payne, que se encuentra en España para promocionar su último libro, 365 momentos claves de la historia de España (La Esfera), tuvo tiempo para dictar una conferencia en el CEU de Madrid. Su título era ‘La estrategia de Franco en la Segunda Guerra Mundial’ y le presentó Alfonso Bullón de Mendoza, director del Instituto CEU de Estudios Históricos, cuya última investigación es la documentación de todas las chekas y centros de detención, tortura y ejecución dirigidos por las izquierdas en Madrid durante la guerra civil.

En los cinco meses transcurridos entre la victoria del bando nacional y la invasión de Polonia por Alemania, Payne (conocido ‘fascistólogo’ y reciente autor de una completa biografía de Franco, junto con Jesús Palacios), los ministerios militares elaboraron grandes planes de expansión: aviones y barcos nuevos de todo tipo (menos portaaviones) y hasta 50 divisiones. Eran "todos imposibles", pero demostraban el ambiente en el Gobierno español.

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Franco en unas maniobras en 1944

Nada más estallar la guerra mundial, Franco ordenó la neutralidad absoluta, "pero todo cambió en el verano de 1940": derrota de Francia, entrada de Italia en la guerra junto a Alemania, invasión de los países bálticos por la URSS, reembarque británico en Dunkerke… Franco decretó la "beligerancia" de España a petición del duce italiano Mussolini.

El 3 de junio de 1940, Franco escribió una carta a Hitler en la que menciona la "guerra paralela" (concepto introducido por Mussolini) para que cada Gobierno implicado alcanzara sus propios objetivos nacionales. Y así lo hicieron el propio Mussolini (reconstruir el imperio romano en el Mediterráneo) y Stalin desde el pacto germano-soviético (agosto de 1939) hasta 1940. De modo que, asegura Payne, no debe de "sorprender" que Franco pensara igual que ellos y se ofreciera a Hitler.

Sin embargo, al verse en agosto que Churchill se negaba a negociar con Berlín, Franco se preocupó. Entonces, España pasó a ser más importante para Alemania por la colonia y base naval de Gibraltar.

La indiscreción de "los latinos"

En septiembre de 1940, Ramón Serrano Suñer, ministro de Gobernación, visitó Berlín y "se excedió en sus palabras a la prensa alemana" al presentar al III Reich y a España como aliados. Franco, más prudente, decía que la política de España debía de ser distinta según la guerra fuese "larga o corta". Así se llegó a la cumbre de Hendaya entre el dictador alemán y el español, celebrada el 23 de octubre.

Payne afirmó que se trata del "acontecimiento individual más comentado en la vida de Franco". Para entenderlo, añadió, disponemos de las notas que el militar gallego redactaba para sus colaboradores. En ellas decía, por ejemplo, "España no puede entrar en la guerra por gusto"; y también sabía que Italia iba a ser maltratada.

La entrevista "fue larga" y en ella Hitler, que pidió permiso para atravesar la Península para conquistar Gibraltar, no ofreció a Franco "ninguna garantía territorial en el norte de África" a costa del imperio colonial francés.

El doctor Payne insistió que Hitler y Franco "no trataron de engañarse" el uno al otro. El mariscal alemán Keitel preguntó a Hitler por qué no mintió a Franco. El führer replicó que "los latinos no guardan secretos", de modo que todo lo que hubiera prometido a Franco se habría sabido en seguida.

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Reclutas del pobre Ejército español

Como fruto de esta reunión, el régimen franquista firmó un protocolo para adherir a España al Pacto Tripartito (formado por Alemania, Italia y Japón) y dirigido contra EEUU, pero con la condición de que no se anunciaría su compromiso hasta la entrada de España en la guerra. Payne destaco que ese acuerdo habría dado a España "un estatus especial como aliado a la altura de Alemania e Italia". Al final, Madrid no tomó la decisión de participar en la guerra.

El plan elaborado por los militares españoles en diciembre de 1940 para ocupar Portugal mostraba las debilidades de las fuerzas armadas de Franco. Payne lo definió como "papel mojado" a medida que se complicaba la guerra y lo comparó con el que ordenó elaborar Churchill para atacar a la URSS en 1945 (Operación Impensable).

Aunque Hitler envió al pro-español almirante Canaris para persuadir a Franco de que se incorporase a la guerra de una vez, "la cosa se demoraba más y más", dijo Payne. En febrero de 1941, Hitler escribió a Franco su carta más largar, con frases subrayadas, a la que Franco contestó con quejas sobre su "inocencia cuestionada".

Payne ilustró el peligro para España con la alerta que en abril de 1941, con los alemanes arrollando a los yugoslavos, mandó Madrid a los barcos españoles para que marcharan a puertos de países neutrales. La Operación Barbarroja apartó la amenaza nazi sobre España.

La mayor amenaza, en 1943

Pese a la declaración de guerra de Hitler a EEUU, en los primeros meses de 1942, el Gobierno español estaba convencido de que el Eje acabaría ganando la guerra… aunque sin apoyo español, ya que el ministro del Aire, general Vigón, en un informe fechado en abril de 1942, comunicaba que sólo disponía de combustible para dos semanas en caso de entrar en guerra.

La Operación Antorcha (noviembre de 1942) supuso "la primera gran inversión en el curso de la guerra" y ésta llegaba a las fronteras españolas. Payne acude a los informes y las notas escritas por el oficial de la Armada Luis Carrero Blanco para conocer el pensamiento de Franco. Según éstos, en ese mismo mes, Franco y sus colaboradores pensaban que Alemania todavía ser la vencedora, "pero que España no podía entrar en la guerra". En otro informe, de 18 de diciembre de 1942, se expone que la reacción militar alemana al desembarco anglosajón en África ha sido débil y muestra que Alemania ya no puede ganar la guerra, por lo que España de ninguna manera debe participar en ella.

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Oficiales españoles en Tánger en 1940

En esta evolución, Madrid trató en los cinco o seis primeros meses de 1943 de ejercer de árbitro entre Berlín y los Aliados para conseguir una tregua. Este período, subrayó Payne, marcó el riesgo mayor de invasión o de injerencia por parte de cualquiera de los dos bandos de la guerra. Los planes de ambos eran "un espejo" del contrario: si el enemigo invade España, nosotros contraatacaremos así.

El derrocamiento en julio de Mussolini por su propio partido fascista cambió la perspectiva en España: unas semanas después comenzó la que Payne califica de "desfascistización" del régimen.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Franco dijo que nunca había pensado en entrar en ella, lo que para Payne es una "exageración". El general gallego "resistió la tentación", mantuvo "la prudencia" y, concluyó Payne, "evitó acabar como Mussolini", que se arrojó a la guerra por gusto, creyendo que en junio de 1940 estaba casi concluida.

Don Juan pidió la corona a Hitler

También habló el profesor estadounidense sobre otros personajes de esos años críticos.

Del infante Juan de Borbón dijo que "era siempre camaleónico". En 1940, él y sus cortesanos y consejeros, llevados por la "euforia ante las victorias alemanas", quisieron negociar con Hitler la restauración de la monarquía en España, pero no comprendían que Hitler se consideraba a sí mismo "un revolucionario" y odiaba a la "mugre monárquica de España". (El dictador alemán sólo respetaba a un rey europeo: Boris III de Bulgaria.). Con la victoria de los aliados, don Juan "se hizo demócrata".

El presidente de EEUU, Franklin D. Roosevelt, aunque dio seguridades al caudillo español de respeto a la integridad territorial de España y a su neutralidad, "siempre fue enemigo de Franco".

Payne echó en falta un estudio exhaustivo de la actitud de Winston Churchill hacia España y Franco. Durante la guerra civil española, el conservador británico tuvo simpatía por Franco y dijo que, de ser español, habría estado con él en el combate contra el Frente Popular; pero, añadió Payne, por motivos de geoestrategia, cuando ascendió al cargo de primer ministro durante la guerra mundial (mayo de 1940), mantuvo "una postura no tan amistosa".

Sin embargo, subrayó Payne, hacia 1945, Churchill (que abandonó el puesto en julio de 1945, sustituido por el laborista y antifranquista Clement Attlee) y Franco tenían "la misma opinión sobre el final de la Segunda Guerra Mundial", muy diferente de la de Roosevelt. Mientras éste confiaba en la buena voluntad de Stalin y en la democratización de la URSS, los otros dos gobernantes estaban convencidos de que el dictador de la URSS no sólo no retiraría sus tropas de los países liberados, sino que trataría de convertirlos en satélites.

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