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"Mis tropas no odian al enemigo"

Ochenta años del descalabro de las divisiones italianas de Mussolini en la Batalla de Guadalajara.

Pedro Corral
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Tropas italianas en el frente de Guadalajara | Wikipedia - Bundesarchiv

El 19 de marzo de 1937, hace ahora ochenta años, llegaban a su fin en tierras de la Alcarria las operaciones cruciales de la Batalla de Guadalajara, una humillante derrota de las fuerzas expedicionarias de Mussolini ante las tropas del Ejército Popular de la República. El descalabro italiano puso en evidencia la falta de combatividad de muchos de los voluntarios mussolinianos, en su mayoría originarios de las regiones del sur de su país, que acudieron al llamamiento atraídos por la soldada. Hasta el general Mario Roatta, jefe del Corpo Truppe Voluntarie (CTV), culpó a sus soldados de "no odiar al enemigo".

En febrero de 1937 desembarcaría en Cádiz la división de asalto Littorio, para sumarse al esfuerzo bélico comprometido por el Duce, Benito Mussolini, a favor de las fuerzas de Franco. Reclutados precipitadamente y mal preparados, el primer cometido de los voluntarios de la Littorio fue participar, un mes antes de embarcar hacia la guerra de España, como figurantes en el rodaje de la película Escipión el Africano, dirigida por Carmine Gallone y filmada en las llanuras del Lazio, con la que Mussolini buscaba difundir las glorias pasadas que servían de modelo a su sueño imperial.

No sin cierta razón, el jefe de la Littorio, el general Anibale Bergonzoli, apodado Barba Eléctrica, llegó a justificar la derrota en Guadalajara argumentando que los soldados que le habían asignado no eran sino "comparsas en una película de romanos".

La mayor parte de los italianos que partieron a España acudieron al llamamiento por necesidades económicas. Prueba de ello es que fueron los hombres de la mísera Italia meridional, la más afectada por las consecuencias de la Gran Depresión, los que respondieron en mayor medida al reclutamiento, atraídos por un enganche de 3.000 liras y una soldada de cuarenta liras diarias.

Así lo confirmaría un testigo de excepción, el escritor Leonardo Sciascia, que de joven vio partir como voluntarios hacia España a muchos de sus paisanos de Racalmuto, su pueblo natal, en Sicilia:

Voluntarios que sólo lo eran formalmente, obligados, en realidad, a aceptar el trabajo de la guerra, ya que para ellos no había trabajo en las minas ni en los campos, e iban a afrontar la muerte en España sin saber por qué y contra la esperanza de gentes como ellos. Era un hecho que me indignaba, que me impulsaba a rebelarme: que a combatir en esa guerra fueran ‘muertos de hambre’ (así, como acusándolos, los llamaban los viejos señoritos que se habían vuelto fascistas) y no aquellos jerarquillas que en las reuniones del sábado relucían con distintivos, cueros y brillantina y decían que la guerra de España era una cruzada contra los sin Dios y los sin patria y para que el ‘mar nuestro’ siguiera siendo nuestro.

Un examen realizado por los mandos italianos en abril de 1937 sobre 2.300 voluntarios demostraba que éstos eran la expresión de la Italia más humilde, la de las regiones sureñas. En el norte y el centro del país, la movilización fue escasa. Este desequilibrio tendría su dramática manifestación en las estadísticas de bajas mortales de los combatientes italianos: dos terceras partes de los caídos correspondían a originarios de regiones como Sicilia, Campania, Calabria o Apulia, cuando éstas sumaban sólo un tercio de la población del país.

En España combatieron un total de 78.000 italianos del lado de Franco, aunque nunca estuvieron simultáneamente más de 50.000. A lo largo de la guerra, los italianos sumaron 3.300 muertos, 11.000 heridos y 800 prisioneros y desaparecidos, un precio que se revela muy costoso en relación con la leyenda que aún rodea a su participación en España, alimentada fundamentalmente por su humillante derrota en Guadalajara.

A las cuatro divisiones del Corpo Truppe Voluntarie (CTV) –Dio lo Vuole, Fiamme Nere, Penne Nere y Littorio– se les adjudicó el protagonismo de la ofensiva sobre la capital alcarreña, dentro de la operación para la definitiva conquista de Madrid.Las unidades de Mussolini debían desfondar las líneas republicanas en un avance vertiginoso de sus columnas motorizadas, a modo de guerra relámpago. Al mando de las divisiones italianas, que sumaban cerca de 40.000 hombres, se encontraba el general Mario Roatta, que las había liderado en Málaga.

El 8 de marzo de 1937, los italianos rompen el frente por el sector de Algora-Navalpotro, siguiendo como eje de su avance la carretera Madrid-Zaragoza. Dos días después entran en Brihuega, que será, con Trijueque, el extremo más avanzado de la cuña italiana. Las unidades motorizadas, que disponen tan sólo de mapas Michelín para guiarse entre los accidentes de la tierra alcarreña, actúan descoordinadas y sus planes de relevo acaban en caos. Las carreteras, bloqueadas por camiones, carros de combate y piezas de artillería, se convierten en un cuello de botella para las columnas italianas, que serán presas fáciles para los aviones republicanos.

La ofensiva se estanca a causa del mal tiempo, con lluvia y nieve que limitan el uso de la aviación nacional, pero también por la resistencia de la 12ª División republicana, rápidamente rehecha de la sorpresa inicial. Sus líneas son pronto reforzadas con unidades fogueadas en la Batalla del Jarama y Madrid, contra las que se estrellan las bisoñas fuerzas italianas.El día 12, los republicanos contraatacan y su aviación, que despega de aeródromos con buen tiempo, machaca las concentraciones enemigas.

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Sacrario Militare Italiano en la Iglesia de San Antonio de Padua (Zaragoza). En este cementerio reposan los restos de la mayoría de los italianos caídos en la contienda I Benjamín Núñez González - Wikipedia

Los italianos se ven obligados a retirarse de Trijueque el día 13 ante la acometida de las fuerzas de la 11ª División de Enrique Líster. Al día siguiente, en un dramático episodio de guerra civil italiana, la bandera Indomita del CTV defiende el palacio de Ibarra ante el asalto del batallón Garibaldi de la XII Brigada Internacional, que llegó a tener en sus filas cerca de cuatro mil voluntarios del país transalpino.

El 18 de marzo se produce el definitivo desplome de las líneas italianas. Los republicanos recuperan Brihuega y fuerzan a las unidades del CTV a la desbandada. La acción combinada de la aviación, la artillería y los carros soviéticos siembra el pánico de los camisas negras. La Littorio de Bergonzoli contraataca a la derecha de la carretera de Francia, pero no puede evitar el derrumbamiento del flanco izquierdo. Los camisas negras se retiran de Brihuega cogidos entre dos fuegos, ya que una unidad republicana, la 65ª Brigada Mixta, de la 14ª División del anarquista Cipriano Mera, se había infiltrado al amanecer a espaldas del pueblo para cerrarles el paso. Como les sucedió a menudo, los republicanos no supieron explotar el éxito de su ofensiva y frenaron su ataque el día 19, lo que limitó el efecto del desastre italiano, aunque hasta el 23 de marzo hubo choques para asegurar las nuevas líneas.

El balance de la batalla fue relevante en el plano militar para las fuerzas republicanas, ya que se había abortado la ofensiva sobre Madrid. Pero tuvo sobre todo una enorme resonancia internacional en el plano propagandístico. Se había derrotado por primera vez al fascismo italiano en el campo de batalla, con un precio muy alto para el orgulloso Mussolini: 400 muertos, 1.800 heridos y 500 prisioneros o desaparecidos, según las propias cifras del CTV.

El gracejo español estampó en la zona republicana, con la armonía de una conocida canción del fascismo italiano, "Faccetta Nera", una melodía no menos popular: "Corre italiano, corre italiano, Guadalajara no es Abisinia…". Hasta en la zona franquista, según algunos autores, no pudo disimularse un cierto sentimiento de orgullo patrio ante la derrota italiana frente a españoles, aunque éstos fueran los del otro campo.

Aunque la mayoría de sus tropas se dieron a la desbandada, el mando del CTV prefirió hacer la vista gorda y dejar sin sanción a los que huyeron del frente, seguramente porque ni le convenía a efectos propagandísticos ni poseía autoridad moral para acusar a individuos de tropa de un comportamiento en el que habían incurrido también numerosos oficiales.

No se libraron del castigo, sin embargo, los que huyeron a centenares de kilómetros del frente, como el cabo de la Littorio Giacinto Cervino, un calabrés de 24 años que se fugó con una motocicleta hasta Sevilla, donde tuvo la mala suerte de colisionar con el coche de un comandante español, digno guion de película italiana. Fue detenido y condenado a cinco años de cárcel por deserción, pena que terminaría de cumplir en Italia en febrero de 1943.

El soldado Giuseppe Piccirillo, de 29 años, natural de Bari, llegó a Sigüenza con la bandera Arditi, pero allí resultó "impresionado por el número relevante de heridos que vio afluir a aquellos hospitales y, vencido por el pánico, retomó el tren a Sevilla", según el tribunal militar que le condenó por "mal soldado y pésimo patriota" a doce años de prisión.

Además de las deserciones, en la Batalla de Guadalajara los mandos del CTV se encontraron por primera vez con numerosos episodios de automutilación. El comerciante florentino Alberto Fancelli, de la división Fiamme Nere, de 27 años, se presentó a los sanitarios con un tiro en la palma de la mano izquierda, asegurando que había sido alcanzado por el ametrallamiento de la aviación enemiga. El tribunal consideró imposible que fuera herido por un caza con una trayectoria de bala como la que presentaba Fancelli, con orificio de entrada en la palma y de salida en el dorso. El florentino fue condenado a cinco años por inutilización voluntaria, que se le perdonaron al terminar la guerra.

Los jueces tampoco se compadecieron de Innocenzo Tummolo, un campesino de 34 años de la provincia sureña de Loggia, casado y con cinco hijos. En los combates de Brihuega se descerrajó un tiro con su fusil en la palma de la mano izquierda. Fue condenado a cinco años, aunque se le reincorporó al frente en 1938.

El calabrés Pietro Giliberto, de 36 años, carpintero de profesión, también casado y con cinco hijos, se disparó en la mano derecha durante las sangrientas escaramuzas del bosque del palacio de Ibarra. Su condena fue la misma que la de Tummolo: un año de cárcel por cada uno de sus hijos.

Los expedientes de los tribunales militares del CTV que consulté en el Archivio Centrale dello Stato, en Roma, contienen un total de 876 sentencias emitidas en la guerra de España. Las correspondientes a deserción suman más de 250, mientras que hay medio centenar por automutilaciones. El resto corresponden a otros delitos, como abandono de servicio, insubordinación, robo, asesinato, violación e incluso por relaciones homosexuales entre combatientes.

En conjunto, los casos juzgados por abandono de filas o inutilizaciones voluntarias superaron ligeramente los 300, número significativamente inapreciable para los 78.000 italianos que lucharon en España. Pero revela el dramático trasfondo de las condiciones en que muchos de los voluntarios se embarcaron para combatir en nuestra guerra civil.

Los desertores y autolesionados eran juzgados por tribunales militares del propio CTV en Sevilla, Aranda de Duero y Vitoria. En esta última ciudad existía una prisión militar con un pabellón para los italianos. Los encarcelados en la ciudad vasca serían trasladados a Italia después de la guerra para seguir cumpliendo sus penas. Lo sorprendente es que muchos de ellos no fueron indultados por la Justicia militar italiana hasta la década de los 50, varios lustros después de la caída de Mussolini.

El general Roatta, lejos de asumir su responsabilidad en el desastre de Guadalajara, llegó a protestar a Roma por haber tenido bajo su mando a "numerosos hombres casados y de edad que no son muy agresivos". En el mismo informe, fechado el 20 de marzo, Roatta señalaba que uno de los defectos más graves de sus tropas era el de "no odiar al enemigo".Sin duda, en el campo de batalla se habían puesto de manifiesto las condiciones del reclutamiento. Mal adiestrados y sin compromiso ideológico alguno, muchos voluntarios habían procurado salvar el pellejo por encima de todo.

Después de Guadalajara, según el historiador John F. Coverdale, los mandos italianos pasaron a examen a cerca de 10.000 voluntarios en un campo militar en el Puerto de Santa María, para verificar sus condiciones combativas. Unos 3.700 fueron finalmente repatriados a Italia y otros 3.000 fueron destinados a servicios de retaguardia. ¿Su delito? No odiar al enemigo.

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