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HUMOR NEGRO (con mayúsculas)

El humor negro, como todo tipo de arte, puede ser ingenioso y brillante o brutal, soez, infantil y hasta criminal.

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El humor negro o patibulario es un subgénero literario en el que se usa el humor relacionándolo conscientemente con hechos luctuosos que, desde otra perspectiva, suscitarían piedad, terror o lástima. La conciencia de estar bromeando es lo que le da el carácter de humor negro. Si no fuera así se trataría de pura crueldad, una ofensa o un crimen. Es difícil identificarlo pues no se trata de un género "puro" y puede confundirse o entremezclarse con la ironía, la sátira o la parodia.

El humor negro, como todo tipo de arte, puede ser ingenioso y brillante o brutal, soez, infantil y hasta criminal. Muy a menudo es cobarde, pues pretende disfrazar o camuflar bajo la respetabilidad del humor, odios y fobias profundos que una persona no se atreve a declarar abiertamente. La excusa del humor negro es perfecta para camuflar un sentimiento hostil o criminal hacia una idea, persona o colectivo. No es extraño que esta instrumentalización del humor negro vaya dirigida siempre o mayoritariamente hacia un mismo grupo (negros, mujeres, homosexuales o judíos) al que se considera predestinado para recibir el odio vomitimo de los opresores de cualquier ideología.

Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda del nazismo, hizo un uso mefistofélico del humor negro contra los judíos, controlando todos los medios de comunicación (cine, prensa y radio, ya que entonces no había redes sociales desde las que bombardear con tuits). Julius Streicher, director del pasquín nazi Der Stürmer basó sus continuas campañas antisemitas en las viñetas y en el humor negro gracias al cual los judíos fueron primero ridiculizados, después cosificados y finalmente exterminados. Eso no fue nada divertido, como la historia nos ha demostrado.

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Jorge Vigil Rubio en su insuperable y riguroso Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales define parcialmente la iconoclastia – bajo cuyo pretexto se camufla en ocasiones el más abyecto humor negro - como una "pose de malabaristas profesionales de la palabra, sobreactuación destructiva..." ¿Qué más decir?

Maestro del humor negro fue Jonathan Swift con su ensayo Una modesta proposición (1729) en el que proponía solucionar la pobreza y hambre del país mediante el sencillo sistema de que los padres pobres "vendieran a sus hijos pequeños a los ricos terratenientes para que estos se los comieran". Obviamente, como le sucede a los precursores, no fue entendido en su día y la ironía y crítica social que ocultaba pasó totalmente desapercibida. La sociedad puritana de su época se quedó mirando el dedo de Swift, no la luna que señalaba.

Un siglo más tarde Thomas De Quincey escribió una de las obras maestras del humor negro: El asesinato considerado como una de las Bellas Artes (1827) cuya frase más famosa merece un lugar de honor en el Panteón del Humor Negro y también del surrealismo:

Si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que uno empieza a deslizarse cuesta abajo ya no sabe dónde podrá detenerse. La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron importancia en su momento.

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La obra está construida en tres partes, claramente diferenciadas. Las dos primeras, escritas entre 1826 y 1839 son claramente humorísticas y en ella predomina el humor negro. Es precisamente aquí cuando De Quincey establece los principios de un "buen asesinato": que la víctima sea una buena persona, que goce de buena salud y -si es posible- que tenga hijos pequeños dependientes "con el fin de dar mayor profundidad al patetismo". Leídas hoy en día, parecen ser seguidas al pie de la letra por los programadores de los Reality Show televisivos. Sin embargo, De Quincey, poco antes de morir escribió un "post scriptum" a su obra más conocida y malinterpretada. Este cierre de su obra en 1854 no tiene nada de divertido. En ella analiza tres horribles asesinatos reales de su época y lo hace con una frialdad de cirujano. Hay nombres y apellidos de las víctimas y De Quincey evita toda ironía, pues sabe que existe detrás de sus letras un dolor ajeno perfectamente identificado. Aquí ya no quiso bromear, pues el dolor era real y De Quincey fue, además de un gran escritor, un alma sensible (quien lo dude que lea sus recuerdos de infancia en Suspira de profundis).

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El maravilloso siglo XIX nos brindó nuevas joyas del humor negro. Ambrose Bierce, el imaginado "Gringo Viejo" de Carlos Fuentes, alcanzó cotas sublimes con El clan de los parricidas, uno de cuyos cuatro relatos cortos empieza así: "En 1872 asesine a mi padre, hecho que me produjo una tremenda impresión…". Bierce alcanzaría su magisterio humorístico y al mismo tiempo filosófico con su inclasificable Diccionario del diablo, una obra del humor cínico, canalla y negro de la que resulta imposible elegir una sola entrada pues todas ellas son perfectas. Nigel Barley, el antropólogo británico, escribió un ensayo sobre costumbres funerarias en el mundo plagado de humor negro: Bailaré sobre tu tumba. El sensacional e inclasificable ilustrador Gorey publicó una pequeña joya de humor negro ilustrado: Los pequeñines macabros ¿Y qué decir de la fabulosa revista satírica La codorniz o de algunas de las mejores películas de Berlanga, como por ejemplo El Verdugo?

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El cine no ha sido ajeno al humor negro: la maravillosa Arsenico por compasión (1944), La vida de Brian (¡esa crucifixión final!), Ser o no ser, El gran dictador, Misterioso asesinato en Manhattan, El quinteto de la muerte o las series de televisión La familia Munster o Los Simpson. Añadamos los peculiarísimos Premios Darwin a la muerte más estupida y prácticamente todo el cine de Tim Burton, Tarantino y las películas de acción de los ochenta y noventa en las que la muerte de los villanos casi siempre va acompañada de un chiste. Hay una escena genial en Comando, aquella película ochentera para mayor gloria de Arnold Schwarzenegger. El héroe está a punto de matar a uno de los villanos y este, desesperado, le recuerda: "¡Oye, oye, me dijiste que sería el último al que matarías!". Y el implacable Schwarzenegger responde lacónico: "¡Te mentí!".Y lo mata, claro. Y todos nos reímos. Humor negro de palomitas de maíz. ¿Pero no es el spaguetti-western un género que no podría sostenerse sin el humor negro?: "Los tipos como tu me gustan porque al caer hacen mucho ruido" le dice el vaquero bueno al villano que lo ha provocado en el Saloon.

Pero creo que en donde realmente he encontrado el mejor humor negro es cuando el humorista se refiere a si mismo (o "a los suyos") y se encarniza con los propios defectos o debilidades, antes que con las de terceros o, lo que es peor como hemos visto, con las del enemigo u opositor. Es ahí en donde los grandes Ernest Lubitch, Billy Wilder o Woody Allen resultan extremadamente divertidos, incluso cuando se aventuran a bromear con la tragedia de la II Guerra Mundial ("No me gusta Wagner, cada vez que lo escucho me entran ganas de invadir Polonia") o con las creencias religiosas…

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Art Spielgeman con su cómic Maus (en donde unos nazis con forma de gato aterrorizan y asesinan a los judíos con aspecto de ratón) ha conseguido expresar con una aparente trivialidad o ligereza – pero también con enorme sensibilidad- el horror del exterminio judío que sufrieron sus propios padres. De nuevo es el protagonista quien decide bromear con el trágico destino.

Uno de nuestros más grandes genios del humor, Don Pedro Muñoz Seca, antes de ser fusilado en noviembre de 1936 en Paracuellos del Jarama le dijo a sus verdugos: "Podéis quitarme la hacienda, las riquezas, la vida… pero no podéis quitarme el miedo que tengo ahora". Eso es humor negro del bueno. Y también es valentía.

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