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La Guerra Civil de Angola: todos los padres

La guerra de independencia se transformó en una guerra civil brutal cuya larga duración (1975-2002) ensangrentó a varias generaciones de angoleños.

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MIG soviético derribado en Cuito Cuanavale (Angola, 2001) | Fernando Navarro García

Una vez conocí un niño en Angola. Se llamaba Jerónimo y era huérfano. La noche aquella que hoy revivo es ya antigua y lejana pero recuerdo que las estrellas brillaban como nunca, en el 'mato' hacia frío y podíamos oír al otro lado del río Kuito las canciones de la guerrilla de UNITA. No había luna y solo veíamos los puntitos titilantes de algunas hogueras y una mezcla difusa de canciones de un enemigo emboscado, tan cerca del río, tan cerca de nosotros... Y aquella guerra civil llevaba entonces casi treinta años matando.

El horror había comenzado en 1961 cuando Angola era una provincia portuguesa y debió haber terminado el 11 de noviembre de 1975 cuando Portugal reconoció la independencia de su antigua colonia mediante el Tratado de Alvor. Había sido la guerra de descolonización más larga de todas las guerras de independencia africanas. Pero la paz no siguió a la guerra. Las diferentes guerrillas que habían combatido ferozmente a los portugueses, controlaban diversas zonas de enorme país y aspiraban todas ellas a controlarlo en su totalidad y se impuso el MPDL de clara inspiración marxista. Pero controlar un país en el que coexisten 17 lenguas y otras tantas etnias, a menudo enfrentadas por odios atávicos e ideológicos, no era cosa fácil.

Además en 1975 la dinámica de la 'guerra fría' supuso la intervención inmediata en el conflicto de la URSS y los Estados Unidos, a través de sus respectivos aliados geográficos (Cuba por parte de la URSS, Sudáfrica por parte de los Estados Unidos). No olvidemos que Angola es uno de esos países castigados por la 'maldición de los recursos' (diamantes, petróleo, pesca...), cuya abundancia a veces es también causa de su destrucción. Y así en 1975 la guerra de independencia se transformó súbitamente en una guerra civil brutal y cruenta, que durante décadas ensangrentó a varias generaciones de angoleños e hipotecó el futuro del país (hoy en día, más de quince años después de la paz, las minas antipersona y anticarro siguen causando víctimas).

Jonas_Savimbi.jpg

En los casi treinta años de guerra se firmaron dos acuerdos de paz en Lusaka, y en ambos casos los tratados fueron violados por la guerrilla de UNITA, cuyo fanatismo étnico se agudizó a medida que envejecía su líder Jonas Savimbi. Es difícil asegurar quien tenía la razón en aquel conflicto armado que duró 27 años, aunque mi impresión es que -al menos durante la última década de la guerra- las fuerzas armadas angoleñas del MPDL tuvieron un comportamiento menos inhumano que la guerrilla de UNITA, liderada despóticamente por Savimbi. Un ex guerrillero de UNITA me enseñó un día en su casa de Menongue, una filmación en VHS de una arenga de Savimbi. Imposible reproducir la furia y el odio combativo que transmitía en las 17 lenguas del país (que aparentaba conocer, pues saltaba de una a otra con suma facilidad), imposible explicar la reacción juramentada de los guerrilleros que acompasadamente repetían 'mobilização' al ritmo que marcaba su líder guerrero. Aquel hombre, enorme y recio, era claramente el tipo de combustible que necesita el fanatismo para arder, mutilar, violar y asesinar. De facto, la guerra terminó inmediatamente el día en que Savimbi fue abatido en una emboscada gubernamental en Moxico el 22 de febrero de 2002. Sin líder, UNITA estaba descabezada y la paz no tardó en llegar. Pero nada de aquello sabíamos aquella noche de julio de 2001...

A este lado del río Kuito los soldados andaban nerviosos y bebían y bebían. Los rumores corrían por todas partes y nadie dudaba ya que al amanecer empezaría el ataque definitivo hacia las ascuas, hacia el otro lado del río, hacia otros hombres, que también eran padres y hermanos y que también creían estar en el bando correcto. Y entonces llegó el enorme camión que traía a Jerónimo y al resto de niños huérfanos. Era una veintena de pequeños y andrajosos y sus miradas transmitían la pena más profunda y el terror más paralizante. Pero aquellos huérfanos ya se sabían hombres y no lloraban y los mayores, de apenas 8 ó 9 años, portaban en sus brazos a algunos bebés o incluso a sus hermanitos más debilitados por el largo viaje y el hambre y la enfermedad que a tantos niños mataba en Angola.

Y es que aquellos pequeños mártires habían dejado de ser niños hacia muy pocas horas. Hacía un día, o quizás dos, un enemigo invisible había matado a sus padres y con ellos también habían muerto para siempre los juegos y travesuras que ni siquiera la guerra impide cuando te sabes protegido por la mirada reconfortante e indestructible de los padres.

Pero aquellos niños que bajaban temblorosos del camión militar, habían visto morir a sus padres, a todos sus padres. Y no habría fotos ni vídeos para recordarlos, y sus rostros poco a poco se irían difuminando como dicen que le sucede al ciego cuando deja de ver su imagen. Todos eran huérfanos y ya no habría más juegos para ellos, ni más seguridades ni la certeza indiscutible de que papá es el más fuerte y siempre me protegerá. Y en un instante, el reino infantil en donde nadie muere jamás y los padres son eternos había sido arrasado por una tormenta de incomprensible dolor para aquellas pequeñas almas que miraban a la negra noche tratando de descubrir nuevos horrores...

Teníamos que esperar la llegada de otro vehículo civil, para trasladar a los niños a un orfanato regentado por unas monjitas, de esas a las que aquí en Occidente nos gusta tanto ridiculizar pero que allí, en Angola, eran de las pocas que aún seguían con lo suyo en un territorio en el que nadie quería pasar más de 5 minutos. La espera se prolongó durante casi toda la noche y los niños se fueron durmiendo, unos sobre otros, abrazados, juntas las mejillas húmedas de lágrimas y azules de frío. La luz de la hoguera recorría con oscilante ocre sus cabecitas rapadas al cero y yo hubiera querido abrazarlos a todos y trasmitir mi calor a sus cuerpecitos helados y heridos. Y fue esa larga noche cuando me hice amigo de Jerónimo, el hijo de Jerónimo a quien el ejercito que ganó la guerra había matado hacia apenas unas horas. No lo vio morir, solamente se lo dijeron algunos soldados que huían en desbandada.

Pero Jerónimo supo o intuyó que su padre, como todos los padres, había muerto con valor y mirando de frente a su enemigo. Y yo, aquella larga noche en que me hice amigo de Jerónimo, le quise contar la historia del indio Jerónimo, tan valiente como su padre, tan victorioso en la derrota como todos los padres que luchan y mueren por sus hijos. Le conté a Jerónimo esta historia recurriendo a todos mis recursos imaginativos y el me escuchaba embelesado, como muchos años después me escucharían mis hijos al contarles la historia de mis dos Jerónimos: el indio americano que luchó por la dignidad de su pueblo y mi pequeño niño angoleño cuyo padre murió en la guerra. Y Jerónimo esa noche me miraba desde la esperanza de que yo, el extraño blanco que vivía allí, le confirmara mí más absoluta seguridad en la grandeza y valentía y honorabilidad de su padre y entonces, solo entonces, se durmió Jerónimo apoyando su cabecita en mis piernas y yo recé a mi manera para que aquel pequeño pudiera sentir en sueños un último beso de su padre.

Cuito_Cuanavale_Angola.jpg

Años después regrese a Angola y busqué a Jerónimo. Había sobrevivido a la guerra y trabajaba en el orfanato. No reconocí en aquel adolescente ágil y sonriente, al niño triste y menudo del pasado, pero el si me recordó y en sus ojos vivaces percibí el brillo esperanzado de aquella noche fría en Cuito Cuanavale, cuando nos hicimos amigos. Jerónimo, mi amigo Jerónimo...

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