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¿Pero de verdad Stalin pactó con Hitler?

El negacionismo es la nueva manera con que la izquierda se enfrenta a los hechos: o no existieron o son interpretables sólo con sus claves. Así, se puede presentar virginal ante los incautos, como en el amanecer de la revolución.

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Hitler y Stalin como amigos. Viñeta de David Low | Cordon Press

Después del derrumbe del bloque socialista en Europa, mientras la llamada derecha se fumaba un puro tras otro y hacía negocios, la izquierda se lamía las heridas y maquinaba su regreso.

A partir de 1989, año del desmoronamiento del Muro de Berlín, cualquiera podía ver las obras del ‘socialismo real’: espionaje y delación, campos de concentración, miseria, desastres ecológicos… Incluso se abrieron los archivos y aparecieron muchos documentos que probaban lo que los comunistas y sus cipayos occidentales (Sartre, La Pasionaria, Berlinguer…) ocultaban: el genocidio de Katyn lo perpetraron los soviéticos, Lenin fue el constructor del Archipiélago Gulag, el atentado contra Juan Pablo II lo gestaron los servicios secretos del Pacto de Varsovia, Stalin se repartió con Hitler Europa Oriental, el KGB elaboró el bulo de que el virus del SIDA se creó en un laboratorio de EEUU...

Una de las respuestas ha sido tratar de descalificar a sus enemigos, acusándolos de todo tipo de crímenes, como que la economía de mercado es responsable de millones de muertes en el mundo y del calentamiento global. Se han recuperado las consignas de la Guerra Fría de que la democracia tiene que ser antifascista, primero, y de que todo anticomunista es un fascista, segundo.

Y junto al ataque, la negación. "Ninguno de los genocidios, las matanzas o los golpes de Estado cometidos por los comunistas se realizaron en verdad. Es pura propaganda." Así, Carlos Sánchez Matopuede reivindicar el triunfo de la ideología más asesina de la historia: "Que el centenario de la más hermosa revolución de la historia, sea estímulo para la construcción de fraternidad internacional". Si alguien se atreviera a hablar de la misma manera del III Reich, a Sánchez Mato y sus camaradas les faltaría tiempo para exigir su encarcelamiento.

Revive el argumentario de la Guerra Fría

Este verano me he encontrado con comunistas que niegan la existencia del pacto entre la Alemania nacional-socialista y la URSS, en agosto de 1939, o bien, en una segunda línea de defensa, plantean que hay que entenderlo en una situación geopolítica en que el pobre Stalin estaba aislado, amenazado por Hitler y abandonado por las democracias francesa y británica (igual que la España republicana y antifascista, añaden). Ya lo hizo antes Pablo Iglesias en una crítica de la película Katyn.

En realidad, Stalin se dejó querer por los dos poderes que había en ese momento en Europa: el imperio británico y el Reich alemán.

El 28 de abril, Hitler denunció el tratado de no agresión Polonia y el tratado naval con Inglaterra. El 3 de mayo, Stalin destituyó al comisario de Asuntos Exteriores, Maksim Litvínov, que lo era desde 1930, y lo sustituyó por su hechura Viacheslav Mólotov. Uno de los motivos de la destitución fue que Litvínov era judío, lo que, claro, no agradaba a los nazis.

En la subasta, Stalin buscaba dos finalidades: azuzar la guerra entre las potencias capitalistas para luego irrumpir en Europa y una esfera de influencia en Europa Oriental. Como esta última sólo se la podía conceder Hitler, pactó con el alemán, por mucha que fuese su enemistad ideológica.

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Ribbentrop, Stalin y Molotov el 23 de agosto de 1939

El ministro de Asuntos Exteriores alemán, Joachim von Ribbentrop, hizo dos viajes a Moscú, el 23 y el 27 de agosto, para firmar el tratado de no agresión y los protocolos secretos, en que ambas potencias se repartían los Estados soberanos, entre el mar Negro y el Báltico. Los conocemos porque los encontró el Ejército británico en la Alemania ocupada en 1945, Mólotov negó la existencia durante los treinta años siguientes; pero la URSS los reconoció en diciembre de 1989.

Stalin, que brindó a la salud de Hitler, dijo después a sus camaradas (Simón Montefiori, en La corte del zar rojo):

Naturalmente el juego consiste en ver quién engaña a quién. Ya sé lo que trama Hitler. Cree que es más listo que yo, pero en realidad soy yo quien lo ha engañado. La guerra tardará en afectarnos todavía un poco.

Y el 1 de julio de 1940, el vozhd (jefe) explicó a su embajador en Japón que el motivo para firmar el pacto "lo dictó el deseo de desencadenar la guerra en Europa" (Richard Overy, en Dictadores).

El 1 de septiembre, el mismo día en que la Wehrmacht penetraba en Polonia, los diputados de Consejo Supremo de la URSS aprobaron la introducción del servicio militar obligatorio, una decisión, como destaca Víctor Suvórov, preparada desde tiempo antes (El rompehielos). ¿Por qué, si había un tratado de no agresión con Alemania?

A las dos de la madrugada del 17 de septiembre, Stalin comunicó al embajador alemán que cuatro horas más tarde atacaría Polonia. El 6 de octubre la campaña había terminado.

La Pasionaria defiende la invasión de Polonia

Después de engullir más de media Polonia, prosiguió la colaboración entre los ‘dos bigotes’, simbolizada en el desfile conjunto en Brest-Litovsk, antigua ciudad rusa ocupada por los alemanes y entregada a los soviéticos, que se celebró el 22 de septiembre. A finales de octubre, el gobernador alemán de Polonia, Hans Frank, ahorcado en 1946, ofreció "con regocijo" un banquete a una delegación soviética (Laurence Rees, en A puerta cerrada).

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Unidades alemanas y soviéticas en Brest-Litowsk

La NKVD, dirigida por el siniestro Lavrenti Beria, empezó las deportaciones de la oficialidad y la intelectualidad polacas. En la zona anexionada se registraron entre septiembre de 1939 y junio de 1941 unas 110.000 detenciones.

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Los PC de todo el mundo recibieron la orden de justificar la invasión de Polonia, culpar a las agresivas Francia y Reino Unido de la guerra y alabar el genio de Stalin. Así lo hizo, por ejemplo, Dolores Ibárruri.

Los periódicos europeos y americanos publicaban caricaturas de ambos tiranos como buenos amigos.

El imperialismo de la URSS

Algunos canallas han tratado de disculpar la guerra de Invierno, que acarreó la expulsión de la URSS de la Liga de Naciones, aduciendo acuerdos secretos entre Finlandia y Alemania en 1938. Baste replicar que el Consejo Nacional de Defensa, presidido por el mariscal Gustav Mannerheim, propuso varias veces ampliar el Ejército hasta las 16 divisiones, pero el Gobierno siempre se negó, de modo que cuando la URSS atacó sólo había nueve divisiones preparadas más tres de reserva (Martin Gilbert, en La Segunda Guerra Mundial). ¡Curioso agresor que no apresta su ejército para una guerra que ha planeado!

En febrero de 1940, ambas potencias firmaron un tratado comercial por un año, que se prorrogó y sólo se interrumpió con la invasión de la URSS. En el tiempo en que estuvo vigente, la URSS suministró millones de toneladas de materias primas y alimentos que la máquina de guerra nazi necesitaba; incluso caucho comprado en la India.

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Una viñeta inglesa de la II Guerra Mundial publicada en el Daily Express

También hubo colaboración militar. El 11 de mayo de 1940, el Gobierno británico supo que tropas alemanas se estaban trasladando por tren desde Leningrado a Murmansk para atacar el norte de Noruega en un movimiento de tenaza (Gilbert, de nuevo). Y en el verano de 1940, la flota soviética ayudó a que el crucero alemán Komet atravesara el océano Ártico y saliera al Pacífico para atacar buques y posesiones británicas.

Stalin y su camarilla se sorprendieron cuando Alemania derrotó en unas semanas a Francia y expulsó a los ingleses de Europa: la larga guerra que esperaban se había convertido en una blitzkrieg.

¿Se adelantó Hitler al ataque de Stalin?

La ruptura se produjo en otoño de 1940, cuando Molotov fue a Berlín, para negociar la incorporación de la URSS al Pacto Tripartito (firmado por Alemania, Italia y Japón en septiembre y al que España rechazó su incorporación). Hitler propuso al comisario de Asuntos Exteriores de Stalin que la URSS se expandiera hacia la India y el golfo Pérsico; pero Moscú, que no quería enfrentarse con el Imperio británico, prefería aumentar su influencia en Finlandia, Bulgaria y los Dardanelos.

Entonces Hitler comprendió que ya no podría sacar más de la URSS y ordenó que se acelerase la elaboración de los planes de invasión que habían empezado en el verano. Su cálculo era una campaña de una duración de cuatro meses, tiempo que algunos generales reducían a dos meses.

Stalin desoyó todos los avisos (de su red de espías en Europa y Japón, de Winston Churchill y de desertores alemanes) sobre la inminencia de Barbarroja. Pero también es cierto que no se quedó inmóvil: ordenó preparar al Ejército Rojo para el ataque, no para la defensa. En un célebre discurso pronunciado el 5 de mayo de 1940 ante los oficiales recién graduados, cuyo texto original nunca se ha publicado, anunció que había concluido la "política pacifista" y la URSS, ahora que se había reforzado, iba a pasar al ataque. ¿Contra quién?, ¿contra Irán, Mongolia o Japón? No, Alemania.

Así ocurrió que cuando Hitler desencadenó Barbarroja, la superioridad militar de la URSS en soldados, tanques, cañones y aviones fue anulada. A la sorpresa, se unió un despliegue erróneo: en vez de preparación para la defensa, preparación para el ataque; no había reservas disponibles ni planes de retirada o contención ni fortificaciones... Entre junio y diciembre de 1941, el Ejército Rojo tuvo 2,6 millones de muertos y 3,3 millones de prisioneros, mientras que la Wehrmacht sólo registró 164.000 fallecidos.

Es decir, la nefasta política de Stalin fue responsable de la muerte de millones de sus súbditos en los primeros meses de la campaña. Para salvar la URSS, el vozhd tuvo que recurrir al patriotismo para galvanizar a los rusos (la expresión Gran Guerra Patriótica apareció en el Pravda al día siguiente del comienzo de la invasión) y, también, a los suministros de EEUU. Todo un fracaso para la ideología marxista.

Si en la posguerra, Stalin se convirtió en uno de los vencedores y una figura admirada fue gracias al océano de sangre con que compró su asiento en Yalta y Potsdam.

"La falsificación del pasado es la manera como la izquierda ha pretendido elaborar el futuro", dijo Nicolás Gómez Dávila. De nosotros depende que no venzan y menos este año.

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