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Octubres calientes en Cataluña: ¿qué deberíamos aprender del 34?

Como observador del nacionalismo, he podido “adivinar” muchos sucesos que se han acaecido sin remisión. El truco es tan sencillo como revisar la historia y comprender que está reproduciendo un parámetro comportamental.

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Octubre de 1934, tropas enfrente del Parlamento catalán para hacer frente a los rebeldes | Cordon Press

No deja de ser apasionante descubrir lo terca que es la historia en replicarse a sí misma; sino literalmente, al menos en esquemas de comportamientos colectivos que se transmiten generacionalmente. Muchas veces he aconsejado inútilmente a políticos que se dediquen a leer historia para prever el futuro, pero es como predicar en el desierto … de sus inteligencias. Como observador del nacionalismo, he podido "adivinar" muchos sucesos que se han acaecido sin remisión. Algunos me acusan de brujo, pero el truco es tan sencillo como revisar la historia del catalanismo y comprender que está reproduciendo un parámetro comportamental. Ello se puede apreciar claramente en el actual Golpe de Estado de la Generalitat con el que protagonizó Companys en el 34. Evidentemente los epifenómenos son diferentes, pero hay una lógica de fondo que persiste.

No se hubiera producido un 6 de octubre de 1934, cuya justificación fue la formación de gobierno de Lerroux con miembros de la CEDA, si no se hubiera proclamado en el 31 ilegalmente la República. La República, aceptada inocentemente por un sector de la derecha, la izquierda siempre la contempló como "propiedad" suya. Que gobernara la derecha venía a ser como un sacrilegio que había que castigarse con la revolución (Asturias) o la sublevación (Cataluña). La transición democrática, es considerada por la actual "intelectualidad" de izquierdas como una prolongación del franquismo y, por ende, debe ser liquidada. Por eso, que la derecha gobierne en España viene a ser para ellos como un acto contranatura. Pues en lo más profundo de su ser piensan que la Democracia sólo puede ser de izquierdas (y en cierto modo tiene razón).

Tampoco hubiera habido República sin la tremenda crisis de la monarquía alfonsina, y el desgaste de la Constitución de 1876, que conllevaba un bipartidismo caciquista. En última instancia cuando el desmorone del sistema, la crisis social y la violencia empezaron a apoderarse de las calles, el burguesía catalanista apoyó el Directorio de Primo de Rivera y ahí empezó su decadencia política. El último intento de salvar la monarquía con un directorio militar, liquidó en el 1931 a la institución y todo un régimen.

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En el 31 la izquierda pretendía ejercer la supremacía moral política en toda España y ERC en Cataluña, despreciando a la Lliga de Cambó. Esta era un partido que debía desaparecer del panorama catalanista por burgués y promonárquico. El intento de la Lliga de maquillarse de catalanismo radical de nada sirvió. Muerto Macià, Companys como nuevo presidente de la Generalitat, quiso su cuota de protagonismo en la historia y se lanzó a la aventura sediciosa de octubre del 34. El President calculó muy mal los tiempos, la fortaleza de los aliados y fuerzas que se le opondrían. Contra lo que soñaba, el pueblo catalán le siguió en su aventura y una breve y contundente acción del Ejército liquidó en menos de 12 horas la sedición. Ciertamente hubo amagos revolucionarios, protagonizados por los antisistemas de la época (los anarquistas), pero se envió a la legión y en dos días toda Cataluña estaba pacificada. Companys fue juzgado y condenado a muerte.

Pero al poco, Companys fue indultado (por cierto, por él intercedieron desde prohombres de la Lliga y hasta el mismo Obispo Irurita). Llegando las elecciones de febrero del 36, Companys fue amnistiado y retornó a su cargó de President.

A mi pobre entender, los paralelismos con el octubre caliente que vamos a iniciar este 2017, me resultan más que evidentes. Sólo frente a un gobierno conservador, Puigdemont se ha atrevido a lanzar un órdago al gobierno central. Cosa que evidentemente nunca hubiera hecho contra un gobierno del PSOE. Puigdemont, al abandonar la legalidad vigente, y no poder sustentarse en la nueva legalidad autocreada de la nada, tiene que apoyarse en otra "legitimidad": la calle. Pero la historia nos demuestra quelas calles cuando son tomadas ya no tienen amo y los que alientan las turbas suelen acabar bajo sus botas inmisericordes. En el 36, Companys tuvo que dárselas de más revolucionario que los anarquistas para sobrevivir a su embate y manejarlos a su antojo. Igualmente Puigdemont ya nada tiene que ver con su partido conservador (al que nadie quiere ver ni en pintura). Más bien parece un antisistema cuarentón reviviendo una segunda juventud universitaria que nunca culminó (pues dejó los estudios).

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El coronel Francisco Macià, Primer Presidente de la República catalana y fundador de Esquerra

La victoria del Gobierno central en esta primera ola del choque de tren contra el triciclo, la ganará el Estado. Será una victoria jurídica y policial, pero no política. Habrá cientos de encausados o imputados, contando a los alcaldes comprometidos. Pero el martirologio nacionalista aspira a ser de "low-cost". En cuanto vuelva a gobernar en Madrid la izquierda, sino antes, veremos una amnistía casi general, acompañada de unas ofertas generosas del papa Estado a la niña caprichosa y malcriada de la autonomía catalana. El gobierno central querrá apaciguar "definitivamente" una vez más al nacionalismo catalán. Todo apunta que se pactará un blindaje de la educación y la lengua catalana y un disimulado cupo a lo vasco, con un nombre menos provocador. Y, lo peor, una "leve" y consensuada reforma Constitucional que permita introducir, aunque de modo muy sutil, el artefacto conceptual del federalismo (la obsesión de los socialistas). Esto lo acabarán consiguiendo los socialistas sí o sí, con la connivencia del PP.

Pero lo que aparentemente es una táctica de domesticación del nacionalismo, finalmente simplemente será haber alimentado más a la bestia. Entonces vendrá un segundo embate y esta vez la Inmaculada Constitución ya estará mancillada y con un troyano introducido por la Reforma Constitucional. Si llegara el caso, que he descrito hipotéticamente, todos lo que han fiado en el texto constitucional la unidad de España, se quedarán con cara de póker. No olvidemos que la consecuencia del 34, fue el 36. Por mi parte, he realizado mi labor de prognosis y, créanme, me gustaría equivocarme.

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