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Así se vivió en España la Revolución Bolchevique

El golpe bolchevique de 1917 tuvo su reflejo en las librerías y quioscos españoles y, aún hoy, llega su estela en el diseño de interiores.

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La variada propaganda de la Revolución Rusa

Durante las décadas de los 20 y los 30 del siglo pasado, en España se desata un gran interés editorial por Rusia. Las librerías se llenan de clásicos de la literatura y la filosofía soviéticas, en muchas ocasiones traducidos por emigrados rusos, pero, junto a ellos, toman fuerza las novelas comunistas. De forma paralela, la prensa española comienza a incluir referencias a los sucesos de Petrogrado, aún no usando la palabra "revolución" ni tampoco "bolchevique". El inicio de la Revolución Rusa se cuenta en nuestro país solo como un episodio más de la I Guerra Mundial.

Cómo se vivió en España la Revolución Rusa ha sido el objeto de estudio de una de las actividades organizadas por la Universidad CEU San Pablo con motivo del aniversario de este acontecimiento histórico, para lo que se organizó una exposición de portadas de prensa española con los principales acontecimientos de la Revolución, junto a una muestra bibliográfica y una selección de carteles.

"Desde los años 20, en España había mucho interés por la literatura rusa. Se leía mucho a Chéjov, por ejemplo. La filosofía rusa también era muy apreciada en ese momento, pero ya en esta década empiezan a aparecer un nuevo tipo de obras que cuentan lo que está siendo la Revolución, del tipo El Terror rojo en Rusia, de Sergei Melgunov, o La noche roja, de Valentín Speranski, ilustrada con fotos espeluznantes de la casa donde asesinaron a los zares", explica Milagrosa Romero, profesora de los Grados de Historia e Historia del Arte y una de las comisarias de la exposición.

También llegan obras de los revolucionarios, como La revolución permanente de Trotsky. "A nivel popular, se vendían más las novelas de corte socialista porque las obras teóricas son más difíciles de dirigir pero, aún así, Trotsky se hizo muy popular", cuenta Romero. Los traductores de estas obras eran en su mayoría disidentes, con lo que eso conllevaba: "A Trotsky lo tradujo Andreu Nin, del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), que fue aniquilado por agentes soviéticos en el trascurso de la Guerra Civil. Lo mismo le ocurrió al traductor de John Dos Passos, José Robles. Era comunista pero también lo liquidaron por no estar de acuerdo con Moscú".

Se cuenta el horror

En el año 25, la Revista de Occidente publicó un artículo sobre la Checa soviética. "No se puede decir que no se sabía lo que estaba pasando porque se sabía. Llegaba hasta en cómic con Tintín en el país de los Soviets, que es una denuncia tremenda", explica Milagrosa Romero.

La atracción por Rusia fue más allá. A finales de la década de los 20 nacen editoriales especializadas en propaganda procomunista y prosoviética, como la editorial Cénit (1928), impulsada por Diego Hidalgo, un notario comunista adinerado que financia novelas de corte socialista y de autores comunistas. En el año 37, se publica un libro propagandístico, con fotos "de gran formato y gran calidad", con texto del periodista y agente del Comité Judío Antifascista Ilyá Ehrenburg, con las consignas clásicas: el obrero con el puño en alto, la mujer campesinas, el "no pasarán". Como nota curiosa, este libro incluye una gran panorámica de la plaza de toros de Barcelona durante la celebración de un mitín del partido comunista.

A partir de 1945, los españoles comienzan a interesarse por otro tipo de libros. "Se publican un número importante de obras de exiliados de la aristocracia y la realeza rusa, como Educación de una princesa, de María la gran princesa de Rusia, y, sobre todo, de miembros de la nomenklatura soviética perseguidos por Stalin, como Kravchenko o Krivitsky".

Fenómeno de la disidencia

Desde finales de los años 50, crece el interés por el fenómeno de la disidencia y comienzan a lanzarse títulos de literatura rusa clandestina. Autores como Sholojov o Solzhenitsyn se convierten en fenómenos editoriales. "Hubo un auténtico bombazo editorial, sobre todo cuando comenzaron a ganar Premios Nobel, como Andréi Sájarov, Aleksandr Solzhenitsyn o Mijaíl Bulgakov", dice la comisaria. Al comenzar la Guerra Fría, explica Milagrosa Romero, se publican testimonios de gente como Walter Krevisky, jefe de los servicios secretos militares soviéticos que escapó, aunque "Stalin finalmente le echó el guante y lo mató". También de españoles comunistas como Díaz de Villegas o Hidalgo de Cisneros: "Son textos de gente que, siendo comunistas y habiendo ido voluntariamente, escapan porque no soportaban las condiciones de vida y la represión política. Esto se publica mucho".

La prensa

El 13 de marzo de 1917, la prensa española da cuenta por primera vez de lo que está sucediendo en Rusia. No se habla de bolcheviques sino de "maximalistas". La profesora de Historia Contemporánea y Doctora en Periodismo Cristina Barreiro, tras rastrear las publicaciones de la época, concluye que "lo que importa es la I Guerra Mundial" mientras que la Revolución Rusa "es solo un episodio más". Lo único que interesa en saber "cómo iba a afectar a uno de los dos bandos".

Las primeras referencias las encontramos en marzo – febrero en Rusia- en El Debate, publicación impulsada por la Asociación Católica de Propagandistas y dirigida por Ángel Herrera Oria. "Dice que los disturbios se deben a la escasez de alimentos, no se habla de anarquía", explica Cristina Barreiro. El Heraldo de Madrid, el 18 de marzo titula "la Revolución en Rusia", acompañado de una fotografía sobre la abdicación forzosa del zar. La época, periódico conservador, menciona "la muerte del monje Rasputín" y La Correspondencia habla de "los sucesos de Petrogrado" asegurando que "ha triunfado en Rusia el partido de la Guerra".

El imparcial, periódico de tinte cultural, contaba con la firma desde Londres de Salvador de Madariaga, que "hace una síntesis de la situación rusa dejando espacio a la interpretación", dice Barreiro. Titulaba: "Monarquía o República".

ABC publicó una impactante fotografía del zar retenido en su palacio, tomada de un periódico británico. "Es de las últimas imágenes del zar con vida", incide la comisaria. El Socialista, por su parte, muestra otro punto de vista. La Revolución centra las opiniones de dos de sus principales firmas: Pablo Iglesias y Luis Araquistaín.

Los carteles de la revolución

Durante la llamada Revolución de Octubre se desarrolló un método de agitación social de gran efectividad, los carteles políticos. De forma poco costosa, hacían llegar al pueblo sus denuncias contra la burguesía, el hambre o la miseria. "Han dejado una estela enorme en el cartel posterior y en la actualidad", explica María Jesús Aparicio, profesora de Historia del Arte y comisaria de la exposición. "Hay diseños totalmente actualizados. Vemos su influencia en portadas de discos como la de Franz Ferdinand, en diseños de mueble o en el arte minimalista tan de moda a nivel de diseño gráfico, de interiores o en construcciones arquitectónicas".

El cartelismo en esta época era "subsidiario de la política". Los colores son muy simbólicos: rojo, beige y negro. Se podían leer lemas como "Alístate", "Ven con nosotros" y otras llamadas a los jóvenes para unirse a las armas y combatir. Otros, tenían tintes más económicos relacionados con "la hambruna, la educación, los orfelinatos y el papel que jugaba la sociedad", explica la comisaria. "El cartelismo, por una parte, no deja de ser una forma de promulgar y llamar a la ciudadanía a que forme parte de esa Revolución, y por potra parte, está el aspecto plástico. Están hechos por artistas contemporáneos que han formado parte de la vanguardia. Los artistas formaron parte de la Revolución, se entienden como obreros, no como creadores ni creativos".

Se conocieron como "artistas panfletos". Usaban sencillas formas geométricas, acompañadas de un breve texto comprensible para las masas, que "marcó un antes y un después en la disciplina". "El 90% de los ciudadanos eran analfabetos, la imagen está por encima de la palabra. Son carteles que empapelaron la ciudad de Moscú. Había voceros que explicaban su contenido a la gente que se arremolinaba entorno a ellos".

Los artistas, parte de la maquinaria comunista

Cada cartel, como explica Aparicio, tenía tres aspectos: era un reclamo, buscaba una afiliación y tenía una función artística. "No es descuidado", dice. "Los artistas elegidos eran próximos a los políticos. Eran parte del engranaje, de la maquinaria comunista. El artista era muy libre, decide el mensaje, la iconografía y la propia imagen del cartel. El arte ruso en este momento cobra relevancia y es vanguardista a través del cartelismo".

Los sucesivos gobiernos de la URSS se sirvieron de la cartelería para difundir el ideal comunista entre los ciudadanos, pero desde el punto de vista iconográfico fueron totalmente distintos.Stalin impuso el realismo socialista como forma de expresión artística. "Durante la Revolución es puro constructivo, es simplificación al máximo, mientras que posteriormente se da un arte más imperial. Se retrataban a los líderes como si fueran los antiguos emperadores romanos, personajes muy magnificados, con paisajes idílicos…Son iconos que compartieron con el nazismo".

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