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El ‘privilegio español’ por la Inmaculada

Quienes acudan a misa en la fiesta de la Inmaculada, patrona de España, verán al sacerdote revestido con una casulla azul celeste. Se trata del ‘privilegio español’. Ésta es su historia.

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Inmaculadas pintada por Bartolomé Esteban Murillo | Inmaculada Concepción

La Iglesia católica ha definido cuatro dogmas sobre la Virgen María: la Maternidad Divina, proclamada por el Concilio de Éfeso en 431; la Perpetua Virginidad de María, proclamada en el Concilio de Constantinopla, en 553, y confirmada por Pablo IV en el Concilio de Trento, en 1555; la Inmaculada Concepción, definido por Pío IX en 1854; y la Asunción de la Virgen al Cielo, declarado por Pío XII en 1950.

La Inmaculada Concepción (que María nació de sus padres, San Joaquín y Santa Ana, sin pecado original por gracia de Dios) fue no sólo creencia arraigada en España desde los tiempos del reino godo, sino, también, política de estado. El godo Ervigio obligó por una ley a los judíos a no trabajar en determinadas fiestas cristianas, una de las cuales era la Concepción de la Virgen. Fernando III, rey de Castilla y de León, llevaba en su estandarte una imagen de la Madre de Dios, y el aragonés Alfonso el Magnánimo envió al Concilio de Basilea (abierto en 1431) un embajador, el cisterciense fray Bernardo Serra, su limosnero regio, para solicitar la declaración dogmática. Los Austrias y Borbones trataron de que los papas declarasen el dogma.

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Por la Preservada Virgen también participaron teólogos, santos, santas, juristas, escritores… Por obra de San Ildefonso, arzobispo de Toledo (657-667), apodado ‘el capellán de la Virgen’ se incorporó al calendario y la liturgia hispanas la fiesta de la Concepción Inmaculada.

Muchas instituciones españolas, como universidades (la de Salamanca desde 1218), colegios profesionales y cofradías, exigían a sus miembros la adhesión a la Purísima. La insistencia de los teólogos españoles consiguió que en Trento se excluye expresamente a la Virgen del decreto sobre el pecado original.

La patrona de España

En 1760, el papa Clemente XIII (el mismo que suprimió a los jesuitas) proclamó a la Inmaculada como ‘Patrona Universal de los Reinos de España e Indias’ mediante la bula Quantum Ornamenti.

Carlos III instauró en 1771 la Orden que lleva su nombre y la puso bajo la advocación de la Inmaculada Concepción, de la que el monarca era devoto en agradecimiento al nacimiento del primer hijo del príncipe de Asturias. El color de la vestimenta de la Orden es el azul y las insignias (medallas y placas) llevan un grabado de la Inmaculada. Entre los deberes de los caballeros estaban su compromiso de defender el Misterio de la Inmaculada y comulgar en el día de esta fiesta o en su víspera. Estas obligaciones espirituales se suprimieron en 1847, cuando se reservó para premiar servicios al Estado.

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El esfuerzo español tuvo su recompensa y el papa Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción mediante la bula Ineffabilis Deus. En ella no se mencionaba a España, pero el pontífice dio muestras de agradecimiento en los años siguientes.

Por ejemplo, el 8 de diciembre de 1857, en la inauguración de un monumento a la Inmaculada en la Plaza de España, donde se halla la embajada española desde hace siglos, al bendecir la imagen, Pío IX declaró:

Fue España la nación que trabajó más que ninguna otra para que amaneciera el día de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

En 1864, el mismo papa concedió el ‘privilegio español’. Aunque el tiempo litúrgico es el Adviento y a éste corresponde el color morado, que indica penitencia y el deseo por encontrar a Jesús, con la excepción del tercer domingo, en que se permiten ornamentos rosas, los sacerdotes en España y sus antiguas provincias de Ultramar podrán oficiar vestidos de azul (el color de la Virgen, tal como se aprecia en infinidad de cuadros), en la fiesta de la Inmaculada y en su octava (los ocho días posteriores). También podrán usar vestiduras azules en todos los sábados en que se permitan las misas votivas de la Santísima Virgen.

Desde entonces, los españoles han seguido dando muestras de su acendrado carácter mariano. En 1892, la Inmaculada se convirtió en patrona del Arma de Infantería española debido al milagro de Empel, ocurrido en Flandes en 1585. Y el cuadro del pintor Murillo, robado en Sevilla por el general francés Soult, regresó a España dos días antes de la fiesta de la Inmaculada de 1940.

En su primera visita a España, Juan Pablo II alabó en Zaragoza el 6 de diciembre de 1983 el compromiso de los españoles con la Virgen María:

El amor Mariano ha sido en vuestra historia fermento de catolicidad; y ha impulsado a las gentes de España a una devoción firme y a la defensa intrépida de la grandeza de María, sobre todo en su Inmaculada Concepción.

Y ese amor mariano hace que muchos sean más respetuosos ante la Virgen que ante su Hijo… y no digamos ante los obispos.

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