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"Arte Salvaje": Jim Thompson nos escupe desde la tumba

La biografía de Jim Thompson es más que una biografía: es un negrísimo viaje por la cultura popular americana del último siglo.

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Existen al menos dos tentaciones difíciles de esquivar al abordar la biografía de Jim Thompson. La primera consiste en comenzar el relato por el final, y arrancar con su muerte. Esa que él mismo salió a buscar tras décadas de febril coqueteo, macerándose en Jack-Daniels y ahumado en Pall Malls. Pero en 1977 Thompson se mató, literalmente, de hambre. La escritura había sido su sustento y tortura, y cuando los ictus le impidieron narrar, comer resultó un ritual ridículo. Se fue un Jueves Santo con 35 kilos y jurando volver en diez años, aunque no exactamente al mismo lugar. Ya que regresaba, lo haría para que la vida le pagara la cuenta que le debía: retornaría para triunfar, para paladear el éxito aunque fuera desde el otro lado. "Espera y verás. Me haré famoso unos diez años después de muerto", profetizó, pidiéndole a su mujer que guardara hasta el más mendaz de sus manuscritos. Y aquí emerge la segunda de las tentaciones, que pide a gritos un paralelismo entre Jim Thompson y John Kennedy Toole, como dos figuras exponentes del malditismo y de la gloria que llega cuando el autor ya es finado.

El propio Jim luciría encantado con un arranque que resaltara la ironía de unas exequias con apenas 25 dolientes y una esquela publicada demasiado tarde; pero es probable que carraspeara ante la comparación con Toole. Porque esa manera de contar entraña el riesgo de imaginarle como un don nadie que jamás logró publicar su primera novela, que nunca tuvo editor ni compadreó con la esfera intelectual estadounidense. Y si de algo sabía él era de formas de contar que esconden la verdad: "Existen treinta y dos maneras de escribir una historia y las he usado todas, pero solo existe una trama: las cosas no son lo que parecen", le confesó a su primo.

Hasta ahora, en lo que respecta a su vida, no hemos hecho más que dar vueltas en torno a esa treintena de leyendas, sin atisbar siquiera los tentáculos de la trama. Porque Thompson no fue el hombre que describieron las revistas de los cincuenta, ni el mito que alimentó fingiendo ser James Dillon en la autobiográfica Aquí y ahora. Tampoco conviene creerse todo lo que relató en Bad Boy o En Bruto. Jim publicó mucho. Casi todo lo que había escrito: 29 obras, de una grandeza que merecía más que esas cutres cubiertas de las editoriales de literatura popular. Se codeó con los grandes y recibió sus halagos, quedando escondido tras la sombra que proyectaban. Fue uno de los fundadores del género pulp, pero hubo que esperar tres años más de lo que vaticinó para que su figura resucitara directa al estrellato de los mejores escritores norteamericanos del siglo XX. El mundo decidió, de pronto, que Jim Thompson era un genio.

La salvaje y perra vida

Para conocer a Jim, al tipo, han hecho falta otro par de décadas. Ahora el escritor Robert Polito disecciona y exhuma su vida antes de que sea demasiado tarde y quienes le conocieron compartieran panteón con él. El resultado son las 600 páginas de Arte Salvaje (Es Pop Ediciones) que obligados por los convencionalismos deberíamos llamar biografía novelada o novela biográfica. En realidad, un retrato de la cultura americana de este siglo, un viaje por sus callejones y tugurios, tan inmisericorde como la lacerante prosa de Thompson.

"Leer una novela de Thompson es como estar atrapado en un refugio antibombas con un maníaco parlanchín que además resulta ser el controlador antiaéreo", arranca Polito en la introducción. En adelante, se nos presenta un trayecto dentro de ese refugio, que comienza en La Mancha estadounidense de Oklahoma donde nació y que nos hace, sino comprender, sí conectar aún más con su escurridiza narrativa criminal. En ese escenario pintado de resaca y quemado por el sol floreció el nihilismo descarnado del hijo del sheriff 'Big Jim' que vino al mundo sobre las celdas de una prisión. Desde esos "lindes del infierno", el autor reconstruye la verdadera historia del padre que el escritor proyectó en los sheriff psicópatas de sus novelas, restándole slang y añadiendo una labor documental exhaustiva. Todos los ritmos de su prosa están ahí, en esos paisajes del Oeste polvoriento, en Oklahoma, Nebraska y después Texas, donde Jimmie se nutrió del desánimo y la aridez que iba plasmando en su libretita negra. Su crueldad anida ahí mismo, en esa infancia que el poeta Randall Jarrell describió como "campos de concentración de Dios" en los que los largos días se suceden entre las palizas, los abusos y los incestos; cuya desazón resultante desperdigará el Jim adulto por los márgenes de su obra. Incluso de la apócrifa, que Polito desentierra en las páginas de Arte Salvaje por primera vez.

Se acostumbra a decir que alguien tuvo una vida apasionante cuando su existencia se ha desarrollado en diversas facetas, más o menos excitantes pero bien lejos del grisáceo manto de la rutina. En esos términos, la de Jim Thompson lo fue, porque Jimmie fue muchas cosas, tantas como los personajes que poblaron sus novelas: panadero, viajante de comercio, cobrador, jornalero en los oleoductos, botones, proyeccionista de cine, obrero en una fábrica de aviación, periodista, comprador de oro y timador. Pero cualquiera que se haya dejado las tripas entre las líneas de El asesino dentro de mí o 1280 almas supone acertadamente que no fue la suya una vida palpitante. Y lo sabe porque toda esa negrura, esa asfixia y esa desesperanza psicótica no sale del magín de una existencia apasionante, sino de una vida bien perra. De alguien que sobrevivió a la posguerra hambrienta, a la Gran Depresión, a la ruina económica y moral, a la Caza de Brujas de McCarthy y -quizás su herida más profunda, tras la paterna- a los portazos en la cara de medio Hollywood y medio sector editorial estadounidense. Porque sí, Jim Thompson llegó al Monte Lee, pero estuvo lejos de coronarlo a pesar de escribir dos de las grandes películas de Stanley Kubrick (Atraco Perfecto y Senderos de Gloria) y de ver su novela La huida en la gran pantalla de mano de Sam Peckinpah.

Solo con las cenizas de Jim Thompson bien disueltas en el Pacífico llegaron los codazos y los empellones para hacerse con los derechos de sus libros. En vida, el "Albert Camus del crimen" peregrinó su cirrótico cuerpo por despachos hasta cruzar ese mismo océano y lograr que su mejor creación (1280 almas) llegara al papel en la editorial Gallimard, en Francia.

Era imperativo que la biografía de Jim Thompson estremeciera. Y a fe que Arte Salvaje hace honor a su título y a su autor. Tanto que, por tópico que suene, parece escrita por quien hoy está sentado a la derecha de Chandler y a la izquierda de Hammet. Si él lanzó a una picadora las constantes realistas de la ficción criminal, lo que hace Robert Polito es congelarlas y contextualizaras para que sea Thompson quien nos las escupa a la cara. En Arte Salvaje tampoco hay asidero al que aferrarse, ni una esperanzadora redención en la luz al final del túnel. Ni siquiera hay luz. No habría sido propio de Jimmie, del salvaje medio cherokee que asestó puñaladas de prosa al corazón del sueño americano. Lo suyo era noir puro, porque como decía Stephen King: "Alguien tiene que examinar las heces de la sociedad; alguien tiene que describir esos tumores que repelen a los miembros más refinados de nuestra sociedad. Jim Thompson fue uno de los pocos que se atrevió". Y a diferencia de Toole, no tiene que estar revolviéndose en la tumba contemplando su éxito tardío. Debe de estar escupiéndonos desde ella.

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