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Simon Leys, clásico sin quererlo

Si la belleza es la intuición de la libertad, el aburrimiento es el principal enemigo del arte.

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En una de sus Cartas desde las antípodas, Simon Leys recuerda una anécdota del pensador Zhuang Zi, a quien un conocido dedicado a descifrar los misterios de la lógica preguntó cómo podía saber que los pececillos del arroyo que estaban cruzando eran felices, como Zhuang Zi acababa de decir. La discusión terminó cuando Zhuang Zi aclaró que, desde el puente donde él estaba, se veía que los pececillos eran felices. En otras palabras, comenta Simon Leys, el saber que existe la verdad, o la experiencia de la verdad, es un requisito previo y necesario a su conocimiento.

La inteligencia traducida en una imagen concisa y fulgurante fascinó siempre a Simon Leys. Nació en Bruselas en 1935 y acabó viviendo en Canberra, Australia, desde 1970. Falleció allí hace unos días. De lengua francesa, viajó a China en 1955, le fascinó el país y su cultura, aprendió chino y vivió mucho tiempo en los aledaños del imperio, mientras iba conociendo su literatura y su pintura, que serían los dos grandes campos de su predilección. China era para él la alteridad absoluta, aquello que es necesario conocer para saber lo que somos.

Volvió a China en 1966 y a consecuencia de este viaje publicó, en 1971, un panfleto sobre la llamada revolución cultural. Ni revolución, ni cultural: una intriga de palacio que propició una campaña devastadora contra la más sofisticada de las civilizaciones. Fue Los trajes nuevos del presidente Mao, así titulado por el cuento de Andersen que a su vez recoge la tradición española que Cervantes puso en escena en El retablo de las maravillas. Con este libro estrenó el seudónimo de Simon Leys, sacado de una novela de Victor Segalen, otro escritor amante de China. Simon Leys sería a partir de ahí un prototipo de "anarquista conservador", como él recuerda que Orwell gustaba de llamarse a sí mismo.

El panfleto provocó la inquina de los intelectuales izquierdistas franceses, histéricos fascinados con el maoísmo, pero la denuncia política –tan precisa, tan clara y tan demoledora, luego continuada en Ombres chinoises, entre otros textos– no era lo que más le interesaba. Le fascinó George Orwell, al que dedicó un gran ensayo, "Orwell o el horror [el asco, más propiamente dicho] a la política". Como a Orwell, a Leys le gustaba descubrir aquello que el totalitarismo, la ideología o, muchas veces, el simple ejercicio de la política se encargan de destruir: la humanidad, la complejidad moral, la continuidad, siempre frágil.

Ese es el hilo paradójico de su obra. Es lo que subyace a sus estudios sobre pintura china, en la que predomina la idea, la imagen mental y el vacío, en el que de pronto surge una realidad evidente hasta lo inconcebible. Aparte de su traducción (y sus comentarios) de las Analectas, es bien conocida la de las memorias de Shen Fu, un clásico que cuenta una vida sin relieve, sin sentido aparente y más bien desgraciada, de la que el autor se esforzó por relatar, con la máxima sencillez y una ingenuidad desconcertante, los momentos de emoción.

Y eso mismo, la relación entre realidad e irrealidad, entre el instante y el hilo de la vida, subyace a sus ensayos literarios, un vagabundeo elegante, humanista e irónico, nunca aburrido. Si la belleza es la intuición de la libertad, el aburrimiento es el principal enemigo del arte.

Le gustaba Stendhal, claro está, el Príncipe de Ligne –un aristócrata y escritor belga, como él, del que solía citar el comentario según el cual un hombre feliz es aquel que no ha visto cumplidos sus deseos– y, como era de esperar, Nicolás Gómez Dávila. Dejó de dar clase en la universidad cuando se dio cuenta de que la Universidad había abandonado la tarea de formar al ser humano, y siempre presumió de que su tesis doctoral –sobre Shitao, que con su espíritu humorístico y lírico revolucionó la pintura china– y su exhaustivo estudio sobre Su Renshan, otro pintor al margen de las grandes corrientes, olvidado incluso en su país, nunca habían dejado de ser reeditados, y los leían más los pintores que los sinólogos. (No sabemos cómo lo sabía, claro).

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