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La alegría del Quijote

Exhortarles a la lectura del libro de las Españas es la sencilla felicitación navideña de este cronista para sus lectores

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Una de las maravillosas láminas creadas por Doré para El Quijote.

El espectáculo dado por un miembro de la Real Academia de la Lengua Española y el ministro de Educación, Cultura y Deporte de España no ha podido ser más lamentable no tanto por lo que ellos han dicho, casi una obviedad respondida con facundia burocrática, sino porque no ha dado lugar a un debate serio sobre el problema de fondo: la inmensa incultura nacional sobre el Quijote. No querer saber nada de la obra literaria clave de España revela el abismo ante el que se halla nuestra vida cultural y política. El académico, como si descubriera el Mediterráneo, ha dicho que el Quijote no lo lee ni Dios en nuestras escuelas y el ministro ha contestado que se estudia en no sé qué curso de la ESO o como se llame. La respuesta se comenta por sí misma. Nada. La verdad es que el sobrado de la Academia tiene tanta razón como responsabilidad, o mejor dicho, irresponsabilidad, por que no se lea el Quijote. ¿O es que acaso la Academia de la Lengua España no tiene culpa del analfabetismo literario que invade nuestro país? 

Promocionemos, pues, desde todas partes nuestra Biblia nacional. Es una forma excelsa de quitarnos el pelo de la dehesa de lo políticamente correcto que invade todas las instituciones educativas y culturales de España. Aquí y ahora, empieza a ser una tragedia que, mientras muchos son los especialistas en la obra de Cervantes que nos dan pelos y señales sobre el último descubrimiento cervantino, pocos son los lectores que lean por placer el Quijote. Leamos, sí, por placer y porque nos da la gana, o sea por libre, la novela de don Miguel de Cervantes. Lean, amigos, el Quijote, pero no se tomen con demasiada seriedad esta recomendación. Esto es solo un comentario, un anuncio, un aviso amigable para intentar compensar la gravedad, en realidad, la pesadez de los críticos oficiales de la cultura. Está lejos de mi ánimo actuar como un comisario, policía o experto en el Quijote. Ya digo, amigos, yo sólo lo leo por placer y por libre. Y como no quiero para los otros, naturalmente, lo que que no quiero para mí, lean por gusto y sintiéndose enteramente libres. Exhortarles a la lectura del libro de las Españas es la sencilla felicitación navideña de este cronista para sus lectores. Es una pequeña venganza contra las prescripciones de los bárbaros especialistas en el Quijote. Yo solo pretendo resaltar la amenidad de esta obra. El Quijote es el libro más ameno de la literatura universal. Y es que la cultura, incluida la cultura filosófica, o es alegre y amena, en cierto sentido, ligera, o no es cultura. Contra la Ineluctable Pesadez del Vivir, que dice el filósofo de la escuela de Heráclito, es aconsejable la levedad de la mejor novela de la historia de la literatura, es el modelo, el canon, de la narrativa de todos los tiempos: Don Quijote de la Mancha. Utilicen cualquier edición y comiencen ya a leer, y otros a releer, el prólogo de este libro, disfruten primero de la prosa y, casi al instante, se percatarán de la crítica divertida de Cervantes a los libros aburridos, llenos de citas y de falso saber que nada tienen que ver con una cultura vital. Alegre. En fin, frente al ruido, nunca viene mal, un poco de silencio. Y lectura. En estos momentos de pesadez, rigidez y opacidad del mundo tendremos que apostar por la ironía, levedad y transparencia del decir sencillo sobre el mundo.

Un ejemplo sobresaliente de ironía, inteligencia y levedad es el Prólogo de Cervantes a su Don Quijote. Como dice mi amigo colombiano Sebastián Pineda, sobre esos que se quejan tanto hay que decirles que erradiquen la idea de las injusticia de las cosas: como si las cosas en sus combinaciones ciega pudieran tener justicia o injusticia. Sepan los que pretenden reconstruir un pueblo -dijo Azorín- que el primero, el más hondo y fundamental de nuestros deberes es la alegría. Cervantes se ríe del mundo, sí, porque previamente se ha reído de sí mismo. Eso es el humor cervantino. Les deseo, pues, para estos días navideños que no pasen de la primera y superficial lectura que alguna vez hicimos de las aventuras de don Quijote y Sancho: Ríanse a mandíbula batiente; pero, ay, sospecho que la mayoría de ustedes no me harán caso y pronto se percatará de que detrás de tanta cachondeo hallaremos lo esencial de la obra: el fracaso del español. Este libro sigue destilando el mejor pensamiento para comprender el fracaso de España y la primera de nuestras verdades: "La libertad no se vende por todo el oro del mundo."

¡Vale!

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