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La historia perdida de Edith Wharton

La semana pasada se anunció en el Times Literary Supplement que había aparecido en Yale una historia perdida de Edith Wharton.

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Imagen de La Edad de la Inocencia | Archivo

Hay un lugar común que llama gran dama de la novela a cualquiera. A Doris Lessing, a P.D. James, a Ruth Rendell… Gran dama de la novela era Edith Wharton. Ni siquiera tengo muy claro poder aplicar el cliché a Nancy Mitford. Quizá a Deborah (lo de gran dama, no lo de las novelas, que ella escribía otras cosas). Edith Wharton, aunque americana, era más señorita de cuna meneada que todas las demás. Nació en Nueva York en 1862, durante la Guerra de Secesión, ese conflicto en el que, según Janet Flanner, unos propietarios se pelearon por los criados. Vivía en Francia desde 1907 y siempre vistió de Worth. Como Wharton era rica por su casa (incluso aunque se gastara mucho dinero en el flojo de su marido), podía permitirse el lujo de gastar los royalties de sus obras en flores. Y desde 1905, cuando publicó La casa de la alegría, todas sus novelas fueron éxitos de ventas. Ganaba unos 75.000 dólares anuales. Por los libros, por los derechos de la publicación de sus novelas por entregas en revistas o por la venta de los derechos teatrales y cinematográficos de La edad de la inocencia (lo hizo en 1929).

La semana pasada se anunció en el Times Literary Supplement que había aparecido en Yale una historia perdida de Edith Wharton. Una historia corta ambientada en la Primera Guerra Mundial que ella tan bien conoció. Se titula The Field of Honor y estaba en la parte de atrás de otro manuscrito. De las nueve páginas, seis están mecanografiadas. Parece que trabajaba en ella al mismo tiempo que pensaba en La edad de la inocencia, por la que ganaría el Pulitzer. Alice Kelly, quien encontró el relato, dice que es una obra que no se menciona en su correspondencia y cree que Wharton ni siquiera consideró publicarla. Porque era difícil hacerlo una vez la guerra hubiera acabado y, sobre todo, porque hacía una feroz crítica a la superficialidad de las mujeres que se involucraron como voluntarias en la Primera Guerra Mundial (las jesuisgrandeguerre de la época). Puede parecer que la de la escritora estadounidense era una literatura tranquila, de la de no molestar (salvo a quienes se vieron reflejados en La edad de la inocencia), pero, además de ser la cronista de un mundo que dejaba de existir, sus rejones son memorables. Por ejemplo, con respecto a los hijos. En La solterona, cuando habla del matrimonio de Delia: "Y a continuación, los bebés; los bebés que se suponía que lo compensaban todo, pero que resultaba no ser así… por más que fuesen criaturas entrañables. Una seguía sin saber exactamente qué se había perdido o qué era aquello que los hijos compensaban".

En la Primera Guerra acogió a mujeres desempleadas y dio cobijo a 600 huérfanos belgas. Además escribió artículos y libros (Fighting France, Le Marne), fue al frente y se manifestó en público y en privado contra la inicial neutralidad estadounidense. Recibió la Legión de Honor de Francia y fue nombrada Caballero de la Orden de Leopoldo en Bélgica. Cuando murió en 1937 a los 75 años, su ataúd lo llevaron veteranos.

Su primer libro fue sobre decoración de interiores. Siempre fue muy exigente en la materia: pasó veinte años buscando un papel pintado Chippendale chino del siglo XVIII del que sólo tenía un trocito. Aparte de meticulosa, fue la primera en muchas cosas. La primera mujer en recibir el Pulitzer y la primera en recibir la medalla de oro del Instituto Nacional de las Artes y las Letras. También la primera en recibir el doctorado en letras por la Universidad de Yale. A su muerte se descubrió que había legado su correspondencia y material bibliográfico a la Biblioteca de Yale, donde ha aparecido ese relato perdido. Su enorme producción fue publicada sólo por dos editoriales, Scribner y Appleton. Cuando su gran amigo Henry James (que al principio no le hacía ni caso) envejeció y dejó de tener éxito, Scribner le ofreció un dineral por una futura novela. El dinero salió de los derechos de Wharton.

Desde pequeña viajó mucho a España. Le reprochó ser tan española así de golpe. Igual que ella era tan dama así de golpe.

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