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El centenario de Buero Vallejo, ignorado por el Ministerio de Cultura

En la cárcel, el dramaturgo pintó un retrato a Miguel Hernández que se hizo bastante famoso. ¿Quién lo tiene?

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Buero Vallejo | Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Antonio Buero Vallejo hubiera cumplido estos días cien años. Nació en Guadalajara el 29 de septiembre de 1916. Quien revolucionara el teatro español en 1949 con el estreno de Historia de una escalera y diera a conocer posteriormente buen número de comedias dramáticas que ya están entre las más acreditadas de la segunda mitad del siglo XX de nuestra escena, no ha tenido en esta efeméride ningún reconocimiento oficial. Para el Ministerio de Cultura (y Deporte, claro), aunque en funciones, el centenario de uno de nuestros más grandes dramaturgos ha pasado inadvertido. La viuda de Buero, Victoria Rodríguez, manifiesta con amargura: "Me dicen que no hay dinero para montar una obra suya en estos días". Y ello sucede con quien dio a conocer veintisiete obras, era académico de la Lengua y fue premio Cervantes 1986.

En su juventud, Buero Vallejo pensaba dedicarse a la pintura y con tal fin ingresó en 1933 en la Escuela de Bellas Artes de Madrid. La guerra civil truncó aquellos estudios. Soldado raso republicano conoció en Benicarló a Miguel Hernández. Coincidiría con él después cuando cumplían presidio en la madrileña cárcel del Conde de Toreno, ambos condenados a la última pena. A Buero se la conmutarían por ocho meses y medio de cárcel. El destino trágico del poeta oriolano, ya es harto sabido.

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En una de esas negras jornadas carcelarias, Antonio se entretuvo en dibujar a lápiz un retrato de su compañero y amigo. Con el transcurso del tiempo esa imagen del rostro serio, de ojos vivaces del autor de las Nanas de la cebolla aparecería en los libros de texto. Millones de estudiantes hemos de recordar haberla visto más de una vez. Posiblemente sea uno el retrato de un poeta del siglo XX más reproducido, si excluimos fotos de García Lorca y Antonio Machado.

¿Dónde está el retrato?

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Retrato de Miguel Hernández

Una tarde quedé citado con Antonio Buero Vallejo en su casa de la calle Hermanos Miralles (hoy del general Porlier), en la zona de Goya del madrileño barrio de Salamanca. Piso antiguo, confortable pero modesto, algo sombrío. En una salita, a modo de gabinete, advertí en una de las paredes, colgado, el retrato de Miguel Hernández, insisto tantas veces reproducido, lo que de inmediato me produjo una especial sensación, sintiéndome privilegiado espectador de su visión. Pero Buero, me desilusionó en unos segundos:"No es el original". Le pregunté de inmediato quién lo tenía. Tardó unos largos segundos en responderme, cauto. Pero me confió, al fin: "Se lo quedó Juan Guerrero Zamora". Era un conocido realizador teatral de televisión. El dibujo lo tenía la familia de Miguel Hernández. ¿Por qué fue a manos de éste? Ya fallecido, ¿retornó a los herederos del poeta o a su Fundación? Nos gustaría saberlo.

Antonio Buero Vallejo siempre me pareció un hombre reflexivo, tal vez demasiado apesadumbrado, un punto tristón, acaso secuela de su pasado, aunque su viuda quita importancia a esa etiqueta y lo recuerda tierno en la intimidad, de conversación amena y divertida cuando se reunía con sus habituales contertulios. Era compañero de dominó de Fernando Vizcaíno Casas, vecino suyo en la sierra de Navacerrada, en vacaciones, tan distintos en su ideología pero con el que departía cordialmente. Buero Vallejo conoció a Victoria Rodríguez cuando formó parte de la compañía del Teatro Nacional María Guerrero que estrenó Hoy es fiesta, otra de las más aplaudidas comedias del autor alcarreño. Ella tenía veinticinco años, quince menos que él, del que se enamoró en seguida y tras un breve noviazgo se casaron el 5 de marzo de 1959. Victoria trabajó en unas cuantas obras de Antonio, pero no en tantas como él hubiera querido, ya que nunca quiso imponerla a ningún director para evitar ser acusado de nepotismo.

Feroz censura

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Antonio Buero Vallejo tuvo siempre que enfrentarse a una feroz censura que le impedía estrenar muchas de sus comedias. Ha de recordarse que Historia de una escalera se estrenó en el teatro Español de Madrid en 1949 por haber ganado el premio Lope de Vega, que obligaba a ello. Siendo un hombre represaliado por el régimen franquista, de ideología comunista, de la que fue distanciándose poco a poco aunque no de sus posturas de izquierda, es fácil comprender que estuviera en el ojo del huracán de aquellos severos censores. Pese a los cuáles, aunque tuviera que esperar años y aceptar el lápiz rojo de aquellos, pudo estrenar obras de gran entidad dramática y contenido social.

Naturalmente utilizaba el simbolismo para burlarlos y en la visión de críticos y espectadores avezados podían encontrarse claves donde el autor planteaba su visión de la política franquista y la sociedad de su época, habituada a un teatro de costumbres; complacientes sus autores con el régimen. De aquellas obras espigamos títulos tan relevantes como En la ardiente oscuridad, La señal que se espera, Madrugada, Un soñador para un pueblo… Eso en la década de los 50.

En la siguiente reflejó, aportando su gran conocimiento de la pintura, las vidas de Velázquez y Goya en Las Meninas y El sueño de la razón, respectivamente. La ceguera, que naturalmente en su pluma llevaba aparejada la simbología de la situación política española, pudo desarrollarla con tacto e inteligencia para que no prohibieran El concierto de San Ovidio. Decenio en que se conoció El tragaluz, en 1967, otra de sus obras esenciales. Doce años permaneció en un cajón de su vivienda el original de La doble historia del doctor Valmy.

Su consagración definitiva

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Muerto Franco, se representó con gran éxito durante dos o tres temporadas, incluso con doble compañía, una para Madrid y la otra, como se decía sin ánimo peyorativo aunque lo pareciera, "por provincias". Es en la década de los 70 y 80 cuando Buero Vallejo se consagra definitivamente (pese a las feroces críticas de algunos como Eduardo Haro Tecglen) con La llegada de los dioses, La Fundación, Diálogo secreto, Las trampas del azar… Su teatro, donde exponía a veces crípticamente sus dudas sobre la razón humana, el comportamiento social, el desarrollo de acontecimientos que nos afectaran, tenía al final de su aparente pesimismo un signo de esperanza, de fe en el porvenir del hombre.

En una de las diferentes entrevistas que mantuve con el dramaturgo, me dijo entre otras cosas, lo siguiente:

Mi teatro intento que al mismo tiempo no deje de ser espectáculo, entretenga al público haciéndole olvidar problemas cotidianos, sirva para interesarle en otros, vivos, acuciantes, enfrentando a la gente y a mí mismo con ellos, pues creo que esos problemas han de ventilarse en escena. Si me exijo mucho al escribir es para no defraudarme a mí mismo. Demasiado sé que en el teatro hay caminos fáciles y chabacanos que no defraudan nunca al respetable. ¿Qué si sería capaz de escribir otros géneros ajenos a la escena? Sí, claro: he escrito ensayos, artículos, comentarios a mis propias obras y hasta cuando yo no era conocido intenté que me publicaran unas narraciones.

Me enteré que tenía escrita una ópera, titulada Mito sobre la que me dijo que no tenía ilusiones de que se llegara a estrenar, como así fue. Lo acusaban, insisto, en ser un escritor pesimista, a lo que retrucó en mi presencia:

Me acusan de ello, lo sé, pero no lo soy. Lo que sucede es que no debemos rehuir el enfrentamiento con casos negativos, por muy graves y sombríos que nos parezcan. La mirada a estos últimos aspectos de los que le hablo es pesimismo para el hombre superficial. Pero no lo es. Se dirige para no engañarnos respecto a lo real. Insisto en no ser pesimista. Defiendo que hay que reflejar muchas cosas de la vida y superar lo negativo.

Tenía fama de tacaño. No solía cambiar mucho su vestuario. ¿Vive usted sólo del teatro?, le pregunté. "Sí, pero discreta, modestamente. Sería hombre rico o acomodado si estrenara más. Pero escribo poco, por dos razones: la primera porque me invade la pereza y la segunda porque me cuesta encontrar temas que me satisfagan".

Lejos de la vida pública

La última comedia dramática que estrenó fue Misión al pueblo desierto, en 1999. Para entonces llevaba largo tiempo apenado, y lo traslucía en su rostro, de por sí ya taciturno: trece años atrás tuvo que enterrar al segundo de sus hijos, Enrique, joven actor, víctima de un accidente de tráfico. Ello lo alejó un tiempo de la vida pública, aunque era siempre un estrenista puntual, al que se le veía en cualquier acontecimiento escénico.

Antonio Buero Vallejo murió en Madrid el 29 de abril de 2000. Victoria Rodríguez le confesaba hace pocos días en Abc a nuestro querido colega Juan Ignacio García Garzón que "hay gente que lo celebra y lo reconoce… y lo estudian en las escuelas". Al menos, esto último nos reconforta, aunque coincidimos con la viuda de Buero Vallejo en que "en nuestro país la cultura es muy floja". La prueba, entre tantas que se conocen, es la de que el centenario del gran dramaturgo, que está en la Historia del teatro español, volvemos a repetir, ha sido triste e injustamente olvidado.

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