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Las últimas palabras de Unamuno

La amenaza de la ruptura de España le preocupaba tanto que ya incluso en el verano de 1931 advirtió sobre ella. Unamuno se distinguió por garantizar la enseñanza del idioma nacional.

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Entre los pocos españoles que sufrieron persecución por oponerse a la monarquía de Alfonso XIII, se encuentra el pensador vasco Miguel de Unamuno. Al enfrentarse a la dictadura de Primo de Rivera, fue desterrado a Fuerteventura y luego se exilió a Francia. Regresó en 1930 y en las elecciones municipales de 1931 figuró en la lista de la conjunción republicano-socialista al Ayuntamiento de Salamanca. El Gobierno Provisional le restituyó en el rectorado y fue elegido diputado a las Cortes Constituyentes.

Como tantos otros intelectuales que habían jugado a la política, en seguida entonó el "no es esto" de Ortega y Gasset. Su evolución, del republicanismo al apoyo a los militares alzados en 1936, se puede reconstruir a través de sus palabras. Yo he recurrido al libro de Emilio Salcedo Vida de Don Miguel de Unamuno.

"Un pueblo no tiene derecho al suicidio"

La amenaza de la ruptura de España le preocupaba tanto que ya incluso en el verano de 1931 advirtió sobre ella.

Discurso en el Ateneo contra el estatuto de autonomía catalán recogido (ABC, 1-7-1931):

"Un pueblo no tiene derecho al suicidio, porque no se suicida «para él sólo», sino que se suicida también «para los demás», y eso hay que evitarlo, aunque sea por la fuerza."

En El Sol (23-8-1931):

"Sé que los ingenuos españoles que voten por plebiscito un Estatuto regional cualquiera tendrán que arrepentirse, los que tengan individualidad consciente de su voto cuando la región los oprima, y tendrán que acudir a España, a la España integral, a la España más unida e indivisible, para que proteja su individualidad."

Apertura del curso universitario (1-10-1931):

"En nombre de Su Majestad España, una soberana y universal, declaro abierto el curso 1931-1932 en esta Universidad universal y española, de Salamanca, y que Dios Nuestro Señor nos ilumine a todos para que con su gracia podamos en la República servirle, sirviendo a nuestra madre patria."

En las Cortes Constituyentes, Unamuno se distinguió por garantizar la enseñanza del idioma nacional en las regiones que accedieran a la autonomía, porque conocía el odio y el racismo de los abertzales del PNV a cuyo fundador, Sabino Arana, había tratado en Bilbao.

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El 29 de octubre de 1931, el rodillo republicano, socialista, catalanista y masónico rechazó una enmienda de Unamuno en la que proponía que el artículo 48 de la Constitución, dedicado a la enseñanza, obligara al Estado a garantizar la enseñanza en castellano en todos los grados, sin perjuicio de que en las regiones autónomas también hubiera enseñanza en las otras lenguas oficiales.

El vasco, decepcionado, se retiró de la política.

Invocaciones a la paz ante los jóvenes y los niños

El sectarismo de los republicanos le asqueaba. Así concluía un artículo que en noviembre de 1931 envió al diario El Sol, que presumía de liberal y democrático, y que éste le rechazó. Unamuno pasó a publicar en Ahora:

"No daré ni un viva a la República aunque deseo que viva, mientras no se pueda dar un viva al rey, a un rey cualquiera."

El 1 de octubre de 1934, pocos días antes del golpe de Estado del PSOE, la UGT y la Esquerra Republicana contra la República por haber perdido las elecciones del año anterior, Unamuno dictó su última lección en el Paraninfo de la Universidad. Sus profundas angustias sobre la degradación de la vida pública las empeoró la impresión que le produjo el descubrimiento por la Policía de un alijo de armas en la Ciudad Universitaria de Madrid, traído por los socialistas. Se dirigió a los estudiantes para tratar de separarles de la violencia.

"Salvadnos, jóvenes, verdaderos jóvenes, los que no mancháis las páginas de vuestros libros de estudio ni con sangre ni con bilis. Salvadnos por España, por la España de Dios, por Dios, por el Dios de España, por la Suprema Palabra creadora y conservadora."

En 1935, el presidente de la República le encargó un mensaje de Reyes a los niños y en el parlamento también apareció el temor a la guerra civil:

"venimos a que nos perdonéis. A que nos perdonéis muchos pecados contra vosotros, y, sobre todo, el que no siempre os dejemos jugar en paz. (…) Perdón, niños de España para vuestros mayores."

Salvar "la civilización cristiana"

Cuando un sector del Ejército se sublevó, Unamuno se puso del lado de los militares con tal pasión que aceptó participar en la constitución del nuevo Ayuntamiento. En este acto, el 26 de julio, dijo:

"Hay que salvar la civilización occidental, la civilización cristiana, tan amenazada. Bien de manifiesto está mi posición de los últimos tiempos, en que los pueblos estaban regidos por los peores, como si buscaran los licenciados de presidio para mandar los pueblos."

Los periodistas extranjeros acudían a él, uno de los españoles más célebres del mundo, para obtener declaraciones explosivas contra el Frente Popular.

International News (agosto de 1936):

"Yo no estoy a la derecha ni a la izquierda. Yo no he cambiado. Es el régimen de Madrid el que ha cambiado. Cuando esto pase, estoy seguro de que yo, como siempre, me enfrentaré con los vencedores."

La Matin (agosto de 1936):

"El poder está en las manos de los presidiarios que fueron libertados y empuñaron las armas. Azaña nada representa. Lo imagino muy bien en su palacio, porque lo conozco hace treinta años. Se perdió en un sueño ocupado en tomar notas para escribir sus memorias. Es él el gran responsable de lo que acontece."

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BOE, 23 de agosto de 1936

El 22 de agosto el Gobierno presidido por José Giral dictó un decreto, firmado por el presidente Azaña, por el que se destituía a Unamuno de todos sus cargos, se le retiraban los honores concedidos y se le reprochaba su traición, no haber guardado lealtad, "a la que estaba obligado", a un régimen que le había reservado "las máximas expresiones de respeto y devoción". En Bilbao, el PNV se unió alegre al linchamiento.

La Junta Técnica, el embrión de Gobierno de los rebeldes, en un decreto del 1 de septiembre confirmó a Unamuno en todos sus cargos y honores, y elogió "la adhesión fervorosa y el apoyo entusiasta" que el "ilustre prócer" prestaba a la "cruzada emprendida por España".

Sin embargo, las represalias que Unamuno conocía por gente que le pedía socorro, le causaban desazón.

"Vencer, pero no convencer"

Para conmemorar el Día de la Raza (entonces fiesta nacional mantenida por la República), asistió a un acto en el Paraninfo de la Universidad. El rector Esteban Madruga le preguntó el 11 de octubre si quería hablar y el catedrático jubilado contestó:

"No, no quiero hablar, pues me conozco cuando se me desata la lengua."

Después de escuchar unos discursos exaltados por el ambiente de la guerra, en los que saltaron insultos a vascos y catalanes, Unamuno pidió un turno de palabra. De su intervención, de la que no existen ni grabaciones ni notas, sino que se reconstruyó por los recuerdos de los escasos asistentes, sobresalen las siguientes frases:

"Vencer no es convencer y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión, el odio a la inteligencia que es crítica y diferenciadora, inquisitiva, más no de inquisición."

El general Millán Astray replicó con dureza, jaleado por la mayoría de los asistentes, muchos de los cuales habían sido republicanos hasta hacía unas semanas. Este mismo militar y la esposa del general Franco, Carmen Polo, escoltaron a Unamuno fuera de la Universidad para evitar cualquier agresión. La versión más completa del incidente, al que no se le dio ninguna importancia hasta finales de los años 60, se encuentra en la biografía de Millán Astray del historiador Luis Togores.

A continuación, los civiles, en la Universidad, el Ateneo y el Ayuntamiento, despojaron a Unamuno de sus cargos y honores. El desolado filósofo se quedó en su casa, sin apenas salir.

Dios y España

A las cuatro y media de la tarde del 31 de diciembre, mientras el viento frío sacude las maderas de las casas, el profesor Bartolomé Aragón, falangista, visita a Unamuno en su casa. Éste lo primero que hace es agradecerle que no vaya vestido con camisa azul y luego pronuncia un monólogo trabado de recuerdos y de opiniones sobre lo español y los españoles. Hablan un poco más. Aragón dice: "La verdad es que a veces pienso si no habrá vuelto Dios la espalda a España disponiendo de sus mejores hijos."

Unamuno golpea la mesa camilla alrededor de la que están sentados y alza la voz:

"¡No! ¡Eso no puede ser, Aragón! Dios no puede volverle la espalda a España. España se salvará porque tiene que salvarse."

Unamuno se reclina en su sillón y agacha la cabeza. Se hace el silencio. El visitante se da cuenta de que las zapatillas de Unamuno se están quemando en el brasero, pero que él no se mueve. A las seis de la tarde, la noticia se extiende por Salamanca: don Miguel ha muerto.

A las once la mañana siguiente, se ofician sus funerales. Los presiden el rector y dos hermanos de Unamuno. Se le entierra en el cementerio junto a su hija Salomé. El epitafio que cierra su tumba lo escribió él mismo:

"Méteme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar."

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